El Juicio: aquel oscuro abril

La causa “Operativo de Abril de 1977”, que se trata en el 4.° Juicio por delitos de lesa humanidad, fue una serie de operativos conjuntos entre el Ejército, la Fuerza Aérea y la Policía Provincial cuyo resultado fue el asesinato o desaparición de quince personas, entre las que se encontraba Elvira Orfila Benítez.

El Juicio: aquel oscuro abril

María Victoria Benítez al finalizar su testimonio

Derechos Humanos

Unidiversidad

Guadalupe Pregal

Publicado el 17 DE NOVIEMBRE DE 2014

Julio Pacheco, apodado “el Lobo”, y su esposa Nora Otin se instalaron en el Departamento de Las Heras, lugar en el que también residían transitoriamente Elvira Orfila Benítez y su pequeña hija María Victoria. Benítez era oriunda de San Juan y pesaba sobre ella un pedido de captura, por lo que vivía en la clandestinidad en Mendoza.

El 7 de abril de 1977 Pacheco salió de su casa rumbo al trabajo a las 6.30, pero nunca llegó. Trabajaba en la empresa constructora de Natalio Faingold en Godoy Cruz. Esa misma mañana, alrededor de las 9.00, Nora Otín salió del domicilio para ir al médico y regresó cerca del mediodía. Allí se encontró con la casa ocupada por civiles armados que la interceptaron rápidamente. Antes de ser secuestrada, Otín comprobó que Elvira Benítez ya no estaba allí.

Por su parte, Elvira Benítez había permanecido esa mañana en el domicilio de los Pacheco junto a su hija cuando, cerca de las 11.00, un grupo numeroso de personas que vestían de civil y portaban armas de diversos calibres habrían ingresado por la fuerza a la casa. Desde entonces no se supo más de ella.

Estas y otras detenciones se realizaron en el marco del “Operativo Abril de 1977”, que tenía el objetivo de secuestrar militantes de la Juventud Peronista y de la Organización Montoneros considerados “subversivos residuales”, es decir, personas que pese a su intensa búsqueda no habían caído aún en manos del aparato represivo. Quince hombres y mujeres fueron asesinados o desaparecidos en el operativo, que conforma una de las causas que se ventilan en el Juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en Mendoza.

Elvira Benítez había estudiado en la Universidad Nacional de San Juan, donde se recibió de profesora de Educación Especial para personas con discapacidades profundas. Aunque obtuvo excelente calificaciones no pudo ejercer por mucho tiempo su profesión, debido a que tuvo que pasar a la clandestinidad por la persecución política que vivía. “Mi mamá –bueno, por los relatos de mi familia, a mí me criaron mis abuelos maternos–, era muy muy alegre, una persona solidaria y estudiosa. (…) Me parecían importantes no sólo las buenas notas que tenía sino los diplomas de mejor compañera, y estas son las cosas que me dejaron” dijo María Victoria, mientras mostraba un manojo de hojas y fotos que traía dentro de un folio.

Elvira militó en el peronismo y cuando estaba en la Universidad, donde conoció a Carlos Pardino, padre de María Victoria, comenzó a militar en Montoneros. “Mi papá de corazón era mi abuelo, Segundo Benítez fue el pilar, el que me crió. Ya a mi papá recién lo conocí o hablé con él cuando volvió la democracia y le dieron la libertad, estuvo preso porque también era montonero. Estuvo preso desde que mi mamá estaba embarazada de mí hasta que volvió la democracia, todo el tiempo. Así que yo sabía que existía, sabía que mi abuelo no era mi papá, pero en realidad era mi viejo porque es el que me crió, me enseñó todo lo que sé y me ayudó a estar parada firme ahora como estoy acá, entonces yo no tuve mucha relación con mi padre, Pardini”, explicó María Victoria.

Pardini y Benítez iniciaron su vida en la clandestinidad en San Juan, cuando se fueron a vivir a la Villa del Carril. Luego se trasladaron al Mendoza, buscando escapar de la persecución que se cernía cada vez más sobre ellos. Ella comenzó a hacerse llamar Carmen Espósito.


Relatos de la clandestinidad

Elvira vivió un tiempo con Rosa Pérez y su marido. Luego se mudó a la casa de Julio Pacheco y Nora Otín en el departamento de Las Heras, hasta el 7 de abril del 77. Muchos de los lugares donde estuvo no se han podido dilucidar.

María Victoria relató que “ella estaba con mi papá viviendo no sé en dónde, y cayó un grupo de la policía. A él se lo llevaron y ella se hizo pasar por la empleada, haciendo uso de nuestra tonada sanjuanina llorona. Como que la arrastró más a la tonada, dijo que ella era la empleada y que no sabía que este tipo andaba en esas cosas, y zafó. Se fue la policía y ahí nomás se escapó por los techos. Después volvieron porque se habían dado cuenta y ella se había escapado. Estaba embarazada de mí”.

En ocasión de que el Equipo Argentino de Antropología Forense fuese a San Juan en busca de muestras de sangre de la familia Benítez, unos tíos le comentaron a María Victoria que mientras estaba embarazada de ella, Elvira se comunicó con su padre “y le dijo que tenía una dolencia en un pecho que no daba más, que estaba embarazada y que tenía fiebre, que estaba muy mal. Mi abuelo consiguió al Dr. Feldman, que era un doctor muy conocido, un ginecólogo muy conocido en San Juan y él como que se arriesgó. Ella fue a San Juan y la operaron con un grupo electrógeno, medio a oscuras, y le sacaron un tumor del pecho estando embarazada de mí, en el Instituto Médico San Juan, y después ella se volvió para Mendoza”.

María Victoria “Bachi” Benítez nació el 27 de noviembre de 1975 en el Hospital Español de Mendoza. Casi cumplido el mes, Elvira se trasladó a San Juan. “Mi mamá tenía un nombre falso, se llamaba Carmen y a mí me decían “Bachi”. Por eso también es muy difícil reconstruir cosas, porque ni siquiera el nombre real uno tenía. En mi documento figura 24 de diciembre, que es cuando en realidad me anotó mi mamá, en San Juan, con testigos falsos, todo falso (…) Pasó la Navidad con mis abuelos y ahí me dejó a mí, porque les dijo que estaba muy complicada, que la estaban… estaba como muy al horno, la estaban persiguiendo mucho y aparte no la estaba pasando bien económicamente. (...) Yo estuve desde diciembre hasta mayo o abril. Como a los seis meses llamó por teléfono y le pidió que me llevaran. (…) Mis abuelos contaban que me trajeron a Mendoza y ahí tuvieron instrucciones muy precisas, no saben de quién, de tomarse tal colectivo, bajarse acá. Se encontraron con mi mamá y ahí me dejaron, y esa fue la última vez que la vieron”, explicó María Victoria.

 

El 7 de abril

“Estábamos en la casa de Las Heras, era temprano, era la mañana y llegaron estas personas. Entraron a la casa, se llevaron a mi vieja y la golpearon”, recordó María Victoria. Ella se quedó unos siete días en la casa de unos vecinos hasta que sus abuelos la fueron a buscar. Cuando hablaban de lo sucedido, su abuela le contaba que ella repetía siempre que a su mamá se la habían llevado en un jeep y que había gritado e insultado. María Victoria relató que cuando sus abuelos la fueron a buscar, “llegaron acá y la casa donde habíamos vivido estaba toda rota, todo tirado, todo destruido, todo, todo, todo. Ellos no quisieron tocar nada, solamente me trajeron a mí. Que los vecinos eran unos pibes jóvenes que no aportaron datos, que estaban como con miedo. Me llevaron a San Juan y mi abuela contaba sobre todo cómo yo le contaba de cómo se la habían llevado. Que la crianza era muy llamativa, que yo era una nena muy ordenada, muy dada con todos, a todo el mundo le decía 'tío' y me podía quedar con cualquier persona, y que contaba todo el tiempo cómo se habían llevado a mi vieja”.

“Yo tenía 2 años y medio. Tenía como flashes, una cosa que era como una tortura, porque la verdad que yo no sabía si era o no era, yo me acordaba de mi vieja, los gritos y esas cosas. Me acordaba de la casa, que (...) mi abuela me comentaba que ella le decía conventillo. El lugar era humilde y para mí tenía un arenero en el fondo. Después la chica Tenembaum contó que había un poco de arena tirada, no había un arenero, yo lo había maximizado porque yo ahí jugaba. De mi vieja me acuerdo canciones y mucho de olores. Me acuerdo de situaciones que, después, supongo que han sido las que me ha perseguido durante años en sueños, era como hacer una especie de transmisión del miedo que me daba. Yo soñaba que se llevaban a mis abuelos y los mismos gritos. Yo he pensado mucho en esto pero de las caras no me puedo acordar, de la cara de mi mamá, lamentablemente, no me acuerdo”.

En San Juan su casa estaba siempre custodiada. María Victoria Benítez relató que su abuelo siempre le decía que su mamá “no había hecho nada, que éramos Benítez y peronistas, y con la frente en alto, y que si los pibes me discriminaban en la escuela era porque sus padres eran unos ignorantes. (…) Mis compañeros no se querían juntar conmigo, era muy difícil siempre ser el distinto, en el recreo a mí el Falcon me perseguía y yo era muy chiquita. En el recreo no se querían juntar porque los padres les habían dicho que mi vieja era asesina, era subversiva, que era montonera. El vacío de los vecinos... Era muy difícil la cuestión de la crianza en la casa, el estar orgullosos de algo y salir a una realidad que era completamente distinta. No tener que tener miedo y en realidad me daba culpa, porque sí tenía miedo, les tenía miedo a los milicos cuando era cría, me daban frío y la verdad que fue muy difícil. Incluso ahora, el tema de no poder cerrar la historia. O sea, racionalmente yo soy una mujer que tiene hijos, una mujer grande, sé que está muerta mi vieja, pero es una necesidad humana cerrar una historia. (…) Mi abuelo me decía: “No hay que tener miedo”, les pasaba por al lado y decía: “¡Qué olor a mierda!”, y a mí me daba tanto miedo y él era tan fuerte. Mi abuela me decía que ella podía perdonar cualquier cosa excepto a los asesinos de su hija”.

Benítez recordó que en una ocasión fue con su abuela a la Iglesia de Guadalupe para ver al cura Capitán Marinero, que era el cura del RIM22. “Ella era una mujer muy grandota, así como yo, y gesticulaba mucho con las manos. Se fue a confesar a un lugar que tenía un vidrio; ella le hablaba al cura, de repente se paró con su metro ochenta, le metió una piña al cura y lo largó para atrás, y me dijo: 'Vamos m'hijita, no venimos nunca más', y nunca más pisó una iglesia”. María Victoria explicó que el cura le había dicho: “Mire, si a su hija se la llevaron es porque algo habrá hecho, entonces usted tiene que perdonarlos porque algo habrá hecho seguro”, algo que su abuela le contó con el paso del tiempo.

“En mi casa no se hablaba mucho de esto. No era una cuestión de ocultar, me criaron siempre diciéndome la verdad, obviamente con un lenguaje que yo pudiera entender porque era chica, pero era como para mitigar el dolor porque mi abuela, desde que yo tengo uso de razón hasta que se murió, todos los días lloró por su hija, todos los días. (…) Es muy fuerte tener un desaparecido en la casa, o ser hijo o ser la madre o padre de un desaparecido, entonces no se hablaba mucho de esto. Era como para mitigar el dolor diario de vivir con la mochila de que no sabíamos dónde estaba, todos los días pensaba que iba a volver, cuando tocaban el timbre me imaginaba de mil formas. Yo recién la pude volver a ver cuando volvió la democracia, porque no nos habían dejado ni una foto de ella, nada teníamos de ella. Mi abuela había alcanzado a esconder en el fondo, en un pozo, esa foto y un par cosas más. Acá está la foto del documento, teníamos una foto más y nada más. Yo me la imaginaba de diez mil formas, me acordaba de la negrura del pelo, de los olores, de los gritos cuando se la llevaron, de canciones, pero más que eso, nada. (…) Lo que yo tengo de mi vieja es el fervor y esa bolsa que está ahí, lo demás se lo llevaron todo en los allanamientos. Yo quiero los restos de mi vieja, yo quiero ir con mis hijos y llevarle flores a mi vieja. (…) Estos señores se la llevaron y la mataron porque eran dueños de la vida y de la muerte”.

Al terminar su testimonio, María Victoria manifestó: “No sé si es un consuelo, pero a pesar de no haber traído a mis hijos acá, esto es lo que yo quiero para mis hijos, este es el país donde la gente que cometió crímenes pueda ser juzgada y esté en la cárcel en serio, esa posibilidad que mi vieja no tuvo”.

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