Deuda a 100 años: sufrir hasta los tataranietos

El epistemólogo y docente de la UNCUYO analiza la deuda que tomó en los últimos días el Gobierno nacional, cuyo plazo se extenderá por un siglo. Qué perjuicios conlleva tal decisión.

Sociedad Columnas / Publicado el 29 DE JUNIO 2017

A las tensiones políticas que se dan cuando hay proyectos antagónicos en juego (y sin dudas que lo son, el del actual gobierno nacional respecto del anterior), se suma en este momento la condición preelectoral, con la hipersensibilidad de cada sector respecto de salvaguardar a toda costa su "buen nombre y honor". Esto conlleva un enorme deterioro del debate y la palabra pública. Si ya bastante han hecho los medios electrónicos en este sentido –bastardeando los argumentos y entregándose a la producción de "verdades" puramente visuales y efectistas–, en este momento es poco lo que pueda decirse por fuera de las urgencias partidarias y las identificaciones rígidas, casi dignas de hinchadas de los equipos de fútbol.
Pero la no reflexión, podemos pagarla cara. La imposibilidad de pensar más allá de lo inmediato nos puede traer fuertes consecuencias en lo mediato. La ceguera en el tomar partido nos puede llevar a hacerlo al punto de no reconocer nuestros propios intereses como sociedad, o como país.  
 
Se ha tomado deuda externa para pagarla a 100 años. No al final de los 100 años: todos los años –en verdad todos los semestres– durante 100 años. Nada menos.
 
Lo insólito de la situación –que llegará a nuestros tataranietos, o a los hijos de estos– no debería opacar su capacidad de daño. 100 años pagando.
 
Además, se hará a casi el 8 % anual, una tasa mucho más alta que la que asumen otros países. Lo ubicado en bonos de deuda externa son en este caso 2750 millones de dólares. En unos 13 años se habrá devuelto esa cantidad: los otros 87 años se pagarán excedentes, y al final se deberá devolver el capital completo. 
 
Haciendo cuentas, devolveremos "solamente" 22 000 millones a cambio de menos de 3000 que nos prestaron. Pero, bueno, como una parte la pagarán los bisnietos de nuestros bisnietos, algunos piensan que es cuestión menor.

Cuando la deuda se hace impagable, todo quiebra. No más depósitos bancarios asegurados, no más jubilaciones, no más escuela pública, no más salarios a los docentes y estatales en general, no más salud en hospitales y obras sociales. Knock out al país. Es lo que ocurrió en 2001. ¿Es que no podemos verlo ahora, cuando la deuda tomada en los últimos tiempos es de más de 100 000 millones de dólares?

Se ha imputado judicialmente al responsable máximo de esta medida en la administración nacional (Luis Caputo), y el Financial Times, desde EE. UU., ha mostrado esta toma de deuda argentina como "la máxima locura financiera" de los últimos tiempos, según resultó de una encuesta. Sin dudas, un logro internacional nada deseable.

No es fácil pensar fuera de nuestras anteojeras: con ellas mismas pensamos cómo mirar sin ellas. Pero un margen de descentramiento subjetivo podemos lograr: está la memoria del angustioso 2001, con el país deshaciéndose; está la posibilidad de pensar imaginando que uno está en otro país o en otro tiempo, y así salir un poco del ahogo cotidiano.

Asumamos seriamente la cuestión de la deuda externa que como país estamos tomando: no importa en esto de qué partido seamos, la deuda nos implica a todos. A la hora de la crisis estructural, el desastre no pregunta por nuestras creencias o nuestro partido político: arrasa con todo, ahoga cualquier posibilidad de futuro y liquida cualquier margen de esperanza.

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