Lo dice la ciencia: somos lo que hablamos

Breve ensayo donde se indaga sobre la importancia del lenguaje de género.

Lo dice la ciencia: somos lo que hablamos

Imagen ilustrativa. Fuente: Conicet.

Sociedad Unidiversidad por Unidiversidad / Sol Minoldo y Juan Cruz Balián para El Gato y la Caja / Publicado el 09 DE AGOSTO 2018

En julio de 2018, el portal de divulgación científica El Gato y la Caja publicó un artículo de la socióloga Sol Minoldo y el escritor Juan Cruz Balián titulado "La lengua degenerada". Se trata de un breve ensayo, escrito parcialmente en lenguaje neutro, en el cual se exponen diversos experimentos que demuestran la incidencia de los géneros en el lenguaje y la construcción que los hablantes hacen de la realidad por medio de este.

A continuación, exponemos una breve síntesis de ese trabajo. Ppara leer la nota completa, donde además se exponen gráficos que ilustran los resultados de los experimentos realizados, se puede hacer clic aquí.

 

La lengua degenerada

Una de las capacidades más poderosas de cualquier lengua es la capacidad de nombrar. Poner nombres, categorizar, implica ordenar y dividir. Y desde que nacemos (incluso antes), las personas somos divididas en varones y mujeres. Nos nombran en femenino o masculino, se refieren a nosotres utilizando todos los adjetivos en un determinado género.

A esa inmensa construcción social, que se erige sobre la manera en que la sociedad da importancia a ciertos rasgos biológicos (en este caso, relacionados con los órganos sexuales y reproductivos), es a lo que refiere el concepto de ‘género’. Lo que los estudios sobre el tema han teorizado y documentado es que la división de géneros no es una división neutral, sin jerarquías: por el contrario, las diferentes características y los diferentes mandatos que se atribuyen a una persona según su género devienen, a su vez, en desigualdades que giran en torno a una predominancia de los individuos masculinos.

Haber identificado que esas desigualdades tienen su correlato en el modo en el que hablamos es lo que motivó que se plantee desde el feminismo y desde algunos ámbitos académicos y oficiales la importancia de revisar el uso del lenguaje sexista. Es decir: nombrar ciertos roles y trabajos sólo en masculino; referirse a la persona genérica como "el hombre" o identificar lo masculino con la humanidad; usar las formas masculinas para referirse a ellos pero también para referirse a todes, dejando las formas femeninas sólo para ellas; nombrar a las mujeres (cuando se las nombra) siempre en segundo lugar.

 

Existir a través del lenguaje

Desde la lingüística, en los años 50 vio la luz una teoría que proponía que la lengua "determinaba" nuestra manera de entender y construir el mundo o, por lo menos, modelaba nuestros pensamientos y acciones. Era la famosa teoría Sapir-Whorf.

El investigador Daniel Cassasanto encontró evidencia que demostraba esta relación entre la lengua y la manera de concebir la realidad. Mediante tres experimentos distintos, Cassasanto demostró que las metáforas espaciales (las del tipo "la espera se hizo muy larga") en nuestra lengua nativa pueden influenciar profundamente el modo en que representamos mentalmente el tiempo y que la lengua puede moldear incluso procesos mentales "primitivos", como la estimación de duraciones breves.

Y no fueron les úniques: otros equipos de investigación también encontraron que la lengua con la que hablamos tiene mucho que ver con la forma en que pensamos en el espacio, el tiempo y el movimiento. Por otro lado, un estudio de Jonathan Winawer y su equipo aporta que las diferencias lingüísticas también provocan diferencias al momento de distinguir colores: es más fácil para une hablante distinguir un color de otro cuando existe una palabra en su idioma para nombrar ese color que cuando no existe esa palabra. Quien quiera celeste, que lo pronuncie.

 

Pero ¿no estábamos hablando de género?

Se supone que el género de una palabra (masculino/femenino) no siempre diferencia sexo. Lo hace en algunos sustantivos, como "señor" y "señora", "perro" y "perra", "carpintero" y "carpintera", que remiten siempre a seres animados y sexuados. Pero, en general, el género de las palabras no es algo que se agrega al significado, es inherente a la palabra misma y sirve para diferenciar otras cosas: diferencia el tamaño en "cuchillo" y "cuchilla", diferencia la planta del fruto en "manzano" y "manzana", diferencia al individual del plural en "leño" y "leña".

O sea que el género funciona de muchas formas en castellano, no solamente como un binomio para decidir si las cosas son de nene o de nena. Pero lo que vuelve verdaderamente interesante el asunto, por muy gramaticales que queramos ponernos en el análisis, es que el género del castellano tiene siempre una carga sexuada, aunque remita a simples objetos.

Webb Phillips y Lera Boroditsky se preguntaban si la existencia de género gramatical para los objetos, presente en idiomas como el nuestro pero no en el inglés, tenía algún efecto en la percepción de esos objetos, como si realmente tuviesen un género sexuado. Para resolverlo, diseñaron algunos experimentos con hablantes de castellano y alemán, dos lenguas que atribuyen género gramatical a los objetos, pero no siempre el mismo (o sea que el nombre de algunos objetos que son femeninos en un idioma es masculino en el otro). Los resultados de cinco experimentos distintos mostraron que las diferencias gramaticales pueden producir diferencias en el pensamiento.

En uno de esos experimentos, buscaron poner a prueba en qué medida el hecho de que el nombre de un objeto tuviese género femenino o masculino llevaba a les hablantes a pensar en el objeto mismo como más "femenino" o "masculino". Para ello, pidieron a les participantes que calificaran la similitud de ciertos objetos y animales con humanes varones y mujeres. Se eligieron siempre objetos y animales que tuvieran géneros opuestos en ambos idiomas y las pruebas fueron realizadas en inglés (un idioma con género neutro para designar objetos y animales) a fin de no sesgar el resultado. Les participantes encontraron más similitudes entre personas y objetos/animales del mismo género que entre personas y objetos/animales de género distinto en su idioma nativo.

En otro estudio de Lera Boroditsky, se hizo una lista de 24 sustantivos con género inverso en castellano y alemán, que en cada idioma eran la mitad femeninos y la mitad masculinos. Se les mostraron los sustantivos, escritos en inglés, a hablantes natives de castellano y alemán, y se les preguntó sobre los primeros tres adjetivos que se les venían a la mente. Las descripciones resultaron estar bastante vinculadas con ideas asociadas al género.

Por ejemplo, la palabra "llave" es masculina en alemán. Les hablantes de ese idioma describieron en promedio las llaves como duras, pesadas, metalizadas, útiles. En cambio, les hablantes de castellano las describieron como doradas, pequeñas, adorables, brillantes y diminutas. A la inversa, la palabra "puente" es femenina en alemán y les hablantes de ese idioma describieron los puentes como hermosos, elegantes, frágiles, bonitos, tranquilos, esbeltos. Les hablantes de castellano dijeron que eran grandes, peligrosos, fuertes, resistentes, imponentes y largos.

También los resultados de María Sera y su equipo encontraron que el género gramatical de los objetos inanimados afecta las propiedades que les hablantes asocian con esos objetos. Experimentaron con hablantes de castellano y francés, dos lenguas que, aunque usualmente coinciden en el género asignado a los sustantivos, en algunos casos no lo hacen; por ejemplo, en las palabras "tenedor", "auto", "cama", "nube" o "mariposa. Se les mostró a les participantes una serie de imágenes de estos objetos y se les pidió que escogieran la voz apropiada para que cobrara vida en una película, dándoles a elegir voces masculinas y femeninas para cada uno. Los experimentos mostraban que la voz elegida coincidía con el género gramatical de la palabra con la que se designa a ese objeto en el idioma hablado por le participante.

Como si todo esto fuera poco, Edward Segel y Lera Boroditsky también señalan que puede verificarse la influencia del género gramatical en la representación de ideas abstractas analizando ejemplos de personificación en el arte, en el que se da forma humana a entidades abstractas como la muerte, la victoria, el pecado o el tiempo. Analizando cientos de obras de arte de Italia, Francia, Alemania y España, encontraron que en casi el 80 % de esas personificaciones, la elección de una figura masculina o femenina puede predecirse por el género gramatical de la palabra en la lengua nativa de le artista.

Cuando la idea abstracta personificada tenía género gramatical femenino en la lengua de le artista, fue personificado como mujer en 454 casos de un total de 528. Es decir, se produjo congruencia del género gramatical con el de la personificación en el 85 % de las obras. Cuando tenía género gramatical masculino, fue personificado como varón en 143 casos de 237 (60%).

Por otra parte, Danielle Gaucher y Justin Friesen se preguntaron si la lengua cumple algún rol en la perpetuación de estereotipos que reproducen la división sexual del trabajo. Para responderse, analizaron el efecto del vocabulario "generizado" empleado en materiales de reclutamiento laboral. Encontraron que los avisos utilizaban una fraseología masculina (incluyendo palabras asociadas con estereotipos masculinos, tales como "líder", "competitivo" y "dominante") en mayor medida cuando referían a ocupaciones tradicionalmente dominadas por hombres antes que en áreas dominadas por mujeres. A la vez, el vocabulario asociado al estereotipo de lo femenino (como "apoyo" y "comprensión") surgía en medidas similares de la redacción tanto de anuncios para ocupaciones dominadas por mujeres como para las dominadas por varones.

Los anuncios laborales para ocupaciones dominadas por varones contenían más palabras estereotipadamente masculinas que los anuncios para ocupaciones dominadas por mujeres. En cambio, no había diferencia en la presencia de palabras estereotipadamente femeninas en ambos tipos de ocupaciones.

Por otro lado, encontraron que, cuando los anuncios incluían más términos masculinos que femeninos, les participantes tendían a percibir más hombres dentro de esas ocupaciones que si se usaba un vocabulario menos sesgado, independientemente del género de le participante o de si esa ocupación era tradicionalmente dominada por varones o por mujeres. Además, cuando esto ocurría, las mujeres encontraban esos trabajos menos atractivos y se interesaban menos en postularse para ellos.

El equipo de Dies Verveken realizó tres experimentos con 809 estudiantes de escuela primaria (de entre 6 y 12 años) en entornos de habla de alemán y holandés. Indagaban si las percepciones de les niñes sobre trabajos estereotipadamente masculinos pueden verse influidas por la forma lingüística utilizada para nombrar la ocupación.

En algunas aulas presentaban las profesiones en forma de pareja (es decir, con nombre femenino y masculino: "ingenieros/ingenieras", "biólogos/biólogas", "abogados/abogadas", etc.); en otras, en forma genérica masculina ("ingenieros", "biólogos", "abogados", etc.). Las ocupaciones presentadas eran en algunos casos estereotipadamente "masculinas" o "femeninas" y en otros casos, neutrales. Los resultados sugirieron que las ocupaciones presentadas en forma de pareja (es decir, con título femenino y masculino) incrementaban el acceso mental a la imagen de mujeres trabajadoras en esas profesiones y fortalecían el interés de las niñas en ocupaciones estereotipadamente masculinas.

Estos son solo algunos de los muchos estudios realizados. Si algune se quedara con ganas de más, otros estudios  añaden evidencia sobre cómo les niñes interpretan como excluyentes los títulos de oficios o profesiones marcados por género y cómo, en general, el uso de un pronombre masculino para referirse a todes favorece la evocación de imágenes mentales desproporcionadamente masculinas. O incluso, cómo esos genéricos no tan genéricos pueden tener efectos sobre el interés y las preferencias por ciertas profesiones y puestos de trabajo entre las personas del grupo que "no es nombrado", y llevarles a autoexcluirse de entornos profesionales importantes.


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