Post verdad y desaparición de Maldonado

Columnas | Sociedad

14 de septiembre de 2017, 10:07.


El epistemólogo y docente de la UNCUYO mira en perspectiva la construcción subjetiva del caso Maldonado a partir de los medios hegemónicos y critica las maniobras del Gobierno para "limpiar" el accionar de los gendarmes.



Se ha impuesto la post verdad. En algunos casos, se la entiende como la desaparición de la diferencia entre lo falso y lo verdadero, la asunción de un mundo opaco donde la verdad ya no importa y sólo aquello que queremos creer es lo que damos por bueno. Para ello, las llamadas "redes sociales" han hecho un monumental aporte: silenciamos a quien no piensa como nosotros, no chequeamos ninguna supuesta noticia, refutamos al otro desde la pura opinión, relatamos o inventamos los hechos según nos convenga. La versión más acabada de esto fueron las mentiras diseñadas por Donald Trump en la campaña presidencial: muchos las creyeron (sobre todo los republicanos, que querían creer esas falsedades porque eran funcionales a su pensamiento y su deseo de ganar la elección) y de poco sirvieron posteriores desmentidas. No es ya el "Miente, miente, que algo quedará" de Goebbels, sino el "miente, miente, que todo quedará", pues ha desaparecido el nudo que exigía conocer la verdad de un hecho, para que uno luego opinara.

 

Ahora la opinión configura los hechos, y si los hechos no coinciden con esa opinión preconfigurada, peor para ellos.  

Así ha pasado con el caso de Santiago Maldonado. No es problema que se politice el hecho; ello no sólo es inevitable, sino que corresponde, pues ha sido obviamente un hecho político. Lo problemático es que hoy se entienda por politización la toma de partido ciega, para colmo, a menudo no explícita. Es lo que pasa con los grandes medios de difusión hegemónicos, que son doblemente ideológicos, porque acusan de ideología a quienes dicen tenerla, mientras disimulan la propia tras un hipócrita manto de supuestas neutralidad y objetividad. Así, para la derecha argentina, las fuerzas represivas siempre tienen razón. Se repiten argumentos de los años setenta, se busca satanizar a los mapuches llamándolos "terroristas", se asocia burdamente la violencia en el Sur de Chile –realizada generalmente por uso de rudimentarias bombas molotov– con la existencia de guerrillas, las que –muy diferencialmente– implican entrenamiento, logística, despliegue territorial y armas de alto calibre. Se "lo ve" a Maldonado en cualquier parte: en Entre Ríos, en Chile, hasta en Mendoza. Se inventa toda clase de coartadas para Gendarmería, cuando es el caso de alguien que desapareció en una acción represiva de Gendarmería. Se habla mal de la familia de Maldonado, que es, obviamente, la más autorizada para hablar en su nombre.

 

Ahora se acepta que hubo acción de un gendarme –tras la cerrada negación inicial de la Ministra–, pero se dan inverosímiles versiones sobre el gendarme (que obviamente estaba armado), al que se supone tirando piedras. Y el juez –que es el mismo que dio la orden de represión,y que se reunió con Pablo Noceti (jefe de Gabinete de Seguridad) poco antes de que ocurriera– continúa sin investigar ni a los gendarmes ni al mismo Noceti; gendarmes que contaron con semanas enteras para limpiar las camionetas y borrar así cualquier señal.   

Lo curioso, es que –aturdidos por el ruido televisivo y ganados por la huella de la ideología conservadora– muchos argentinos dan credibilidad a esas versiones increíbles. Están en la post verdad, y toman por verdadero lo que sus deseos les dictan. Ni siquiera advierten que sólo por la presión social de otros millones de argentinos que han protestado es que ahora, súbitamente, se habla de responsabilidad de algún o algunos gendarmes (buscando proteger a la institución Gendarmería, eso sí), cuando por más de un mes se había cerrado absolutamente toda investigación en ese sentido.

Etiquetas:
sociedad | follari | columna | maldonado | post verdad | gendarmes