Villa Trapero

A dos semanas de su estreno, Elefante Blanco suma 575 mil entradas y sigue en cartel. Una villa, un cura como Mujica con homenaje explícito incluido, la violencia, la muerte, y un cine que sobrevive a pesar de sus defectos. 

Villa Trapero

El Elefante Blanco de Trapero ya suma 575 mil entradas vendidas. Fotos Télam

Cultura

Unidiversidad

Valentina González

Publicado el 14 DE JUNIO DE 2012

¿Qué hace que una película de Trapero, a la que ni siquiera le fue bien en Cannes, tenga tanto éxito de taquilla, siendo como es, la peor calificada de su filmografía?

Elefante Blanco sucede en Ciudad Oculta, una villa miseria de Buenos Aires, a la que llega un joven cura extranjero (Nicolás) tratando de ayudar.

La película va a seguir a ese cura nuevo que va a estar todo el tiempo cerca de otro cura más experimentado (Julián) que le va a mostrar la villa, y también está la chica (Luciana), que vive allí, y que se va a enamorar del  joven sacerdote.

Los elementos son clarísimos y ésta sería una perfecta película de género sino fuera porque la mayor parte del tiempo no confía en la potencia de sus propias imágenes, llenando el espacio de diálogo explicativo ahí donde las imágenes lo decían todo.

El arribo de Nicolás a la villa sucede de noche, con lluvia, como presagiando que esa llegada no será fácil, que la villa Ciudad Oculta, tal como se la ve en la noche, es un lugar tenebroso, violento, inasible.

Esa presentación de suspenso termina con el amanecer, con la voz de Pity Alvarez sonando en los títulos de inicio, y los planos de esa villa que parece comerse la sala.

Nicolás, el cura nuevo, representa la mirada del espectador, es el que se asombra ante todo y el que está ahí para ganar un aprendizaje. Después está el otro personaje, el cura experimentado que es Darín,  ese Cary Grant nuestro que nos hace saber todo el tiempo que estamos en el cine y que todo esto es pura ficción.

Entonces es como si hubiera dos películas peleando en Elefante Blanco. Un guión que explicita las ideas de compromiso, pero que no se compromete, que coquetea con la política, pero no se mete nunca con nadie (lo cual hubiera requerido una toma de posición), que se apoya en los diálogos con pedagogía para contar lo que es la villa.  Y por otro lado, una película con personajes potentes y con una puesta en escena que los define, y con esa villa que es otro personaje, el más radical de todos, el que actúa sobre los otros transformándolos, volviendo mejores o peores, imponiendo una realidad que las palabras no pueden contener.

Entre las dos películas que se pelean entre sí es difícil saber dónde está el espíritu de Elefante Blanco, eso que hace que a pesar de todo la película salga en pie. Mi respuesta para eso es que los planos de la villa son la película de Trapero. La película no es el cura comprometido que no logra cambiar el mundo, no es la historia de amor entre el clérigo y la chica, ni siquiera la película es Darín.

En esos planos secuencia que se embarran en la villa posterior a la lluvia, y que muestran su crudeza más íntima, es donde está la película de Trapero.

Desde Mundo Grúa, Trapero ha estrenado una película cada dos años. Una constancia que ningún director argentino tiene hoy y que muestra a un autor en constante aprendizaje.

Sus películas podrían sintetizarse en el siguiente esquema: un contexto complicado (la policía, los hospitales, la cárcel, la familia, la villa),  un personaje nuevo, que entra a ese mundo  (el Rulo de Mundo Grua, el policía del Bonaerence, el Sosa de Carancho, la Julia de Leonera, el Julián de Elefante Blanco ), y aprende algo.

En una entrevista que le hace el crítico de cine Quintín a propósito del estreno de Familia Rodante, Trapero dice que su mayor preocupación con la película era saber cómo filmar adentro de una casilla rodante.

Es como si la mayor preocupación de Trapero en Elefante Blanco fuera aprender a filmar una villa. Aprender a que esa mirada no engañe, no estilice, pero tampoco haga gala de miserabilismo.

La película tiene un final feliz porque Trapero lo logra: las tomas de las villas son increíbles. Y si el guión falla, los diálogos sobran y todo parece un poco puesto para ganar en Cannes y para ganar  taquilla. Pero, a pesar del ruido y del tufo a mensaje, encontramos en Elefante Blanco a un autor que se hace preguntas y que filma con corazón y vísceras.