Con malos resultados económicos, ¿se puede lograr una buena elección?

Por Roberto Follari, epistemólogo, docente y doctor en Psicología.

Con malos resultados económicos, ¿se puede lograr una buena elección?

Nacional Columnas Elecciones / por Follari para Unidiversidad / Publicado el 17 DE ABRIL 2019

“Les hablé con el corazón, me contestaron con el bolsillo”, señaló un atribulado ministro de Raúl Alfonsín tras su discurso a los grandes empresarios, que –contrariamente a su expectativa– subieron los precios a horas de tan bienintencionada exhortación. Oposición entre las necesidades económicas y las finalidades a nivel de valores que a menudo se expresa en la vida personal, y por supuesto, también en la realidad política.

Esto ha sido retomado por el actual gobierno nacional en llamativas propuestas del ministro Marcos Peña, que anima a sus seguidores a emprender una “lucha vietnamita” para las elecciones, y postula oposición entre lo espiritual y las urgencias cotidianas.

Según esta versión –que una publicidad oficial expresa claramente–, los pobres deberían estar felices porque tendrían ahora acceso, por ejemplo, a cloacas. Ese acceso podrá o no haberse dado en la realidad, pero al margen de ello, es sorprendente que se crea que los pobres no se preocuparían de no poder comer regularmente, vestirse, tener vivienda o viajar en su ciudad, porque estarían satisfechos con tener acceso a cloacas o a los efectos de alguna obra pública.

Cambiemos ha perdido todas las elecciones provinciales que se vienen realizando en 2019, cinco en total. A ello, el PRO agrega su derrota ante la UCR en las internas de La Pampa (que llevó a un sector del radicalismo a cuestionar su continuidad en Cambiemos, y a otro, a subrayar su deseo de protagonismo en el gobierno justo cuando este se encuentra en peores condiciones). Además, si se piensa en las próximas elecciones nacionales, el peronismo, rival principal para el mes de octubre, ha estado por encima de Cambiemos en todas las votaciones realizadas. La performance gubernativa viene siendo considerablemente débil.

¿Será que la prédica de Peña y Durán Barba ha sido ineficaz? Sabemos que no: por mucho tiempo ha logrado imponer al lenguaje sobre la realidad. El principio duranbarbiano es simple pero certero: “La mayoría de la población no entiende nada de política”; “Dile lo que quiere escuchar, pues creerá cualquier cosa”.

¡Y vaya si ha funcionado! Desde el peronismo radicalizado y las izquierdas, se ha preguntado desde 2016 por qué la población no reaccionaba ante el hambre y la decadencia económica. Se  ha entendido tal pasividad como un sinsentido, como lo imposible de que el discurso pueda más que la realidad social.

El discurso y la ideología tienen materialidad: pueden mucho, acompañados hoy por la imagen y por la presencia permanente de los medios en la retina colectiva, pero no lo pueden todo. Afirmaciones absurdas y temerarias de Durán Barba (“Macri es de izquierda” o “La pobreza es cool”) se ven hoy claramente desoídas: no se tapa el aumento de la pobreza y la desocupación con palabras.

Lo material/social finalmente aparece, aunque se requiere para ello una combinación entre temporalización e intensidad de las crisis. Los resultados electorales actuales demuestran que el marxismo no está errado cuando afirma que lo económico determina a otros niveles de lo social, pero, como bien se ha dicho, no es una determinación simple ni directa: opera siempre como “determinación en última instancia”.

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