Contra la banalización del lenguaje político

Por Roberto Follari.

Contra la banalización del lenguaje político

Foto: El Telégrafo

Nacional Columnas por Roberto Follari para Unidiversidad / Publicado el 21 DE JUNIO 2019

“Tú diles cualquier cosa, total, de política, la mayoría de la gente no sabe nada”. Es el consejo de Durán Barba –el conocido asesor ecuatoriano del actual presidente–, según lo relató en una ocasión Federico Sturzenegger, luego de ello director del Banco Central y antes miembro del efímero gobierno de Fernando de la Rúa. Lo dijo en Estados Unidos y en idioma inglés, ante posibles inversores, y lo hizo con una risa infantil, que connotaba la vergüenza que le producía la situación. “Me dijo que debía hablarles de mi familia, de mi barrio, decirles que los quería mucho, y nada más. Que cualquier cosa programática que yo señalara me llevaría a declarar que iba a hacer ajuste fiscal, y que por nada del mundo debía decirlo”.

Está filmado, ha sido visto por televisión. Se ha enseñado a todo un equipo funcionarial cómo hacer la degradación del lenguaje político, llevando a la total insustancialidad de la comunicación sobre los asuntos públicos. “¿Hay hambre y desocupación? ¡Digamos que hemos aumentado la obra pública!”. De allí surgió esa rara postulación de “Se habla del hambre, pero ahora se puede llegar a la escuela por calles asfaltadas, no por el barro de antes”. Imposible que el hambre se arregle con asfalto. Pero además…¿es eso porque haya hoy más obra pública que en el gobierno anterior? Diversas publicaciones han negado esa supuesta condición: es que se trata de una treta retórica. “Si te hablan de hambre, hablás de obra pública”. Total, ¿quién puede contabilizar la obra pública de una provincia o de un país? En cambio, el hambre sí se puede contabilizar en el sufrimiento de los cuerpos y de los ánimos.

Un conocido diario nacional, también famoso por practicar explícito “periodismo de guerra” (sic), incluso ha puesto de moda hablar de “tendencias” –algo así como “caprichosas modas pasajeras”– para referirse a las penosas consecuencias de las políticas privatistas y antiproductivas en curso. Tenemos así la “tendencia” a que los hijos de cuarenta años de edad regresen a vivir con sus padres al no poder pagar sus alquileres; la “tendencia” a volver al transporte público al no poder sustentar un automóvil propio o haberse visto obligados a venderlo; la “tendencia” a comer sin carne y preferir los fideos, la “tendencia” a alejarse del centro para pagar más bajo la renta, la “tendencia” a vivir en la calle –hasta eso se ha podido leer–, la “tendencia” a comer tierra, la “tendencia” a buscar alimentos en la basura o a vender desperdicios de restaurantes, y así siguiendo. La calamidad social convertida en soft. El lenguaje degradado hacia modos ofensivos pero “amables” de hablar del sacrificio, el dolor y la miseria (de los demás, claro).

Durán Barba es un hombre astuto y versado. Estudió en nuestra Universidad Nacional de Cuyo (detalle que pocos conocen), y alguna vez fue director de la Flacso sede Ecuador, pero es una inteligencia puesta en lo instrumental. Como mostró la Escuela de Frankfurt, los medios condicionan las finalidades. No hay buenas finalidades sostenibles con métodos sistemáticamente incoherentes con tales fines. No hay buena política con la banalización y estupidización de la comunicación política. Con viajes en microbús fingidos para la dirigencia política, con timbreos prearreglados con los caseros, con visitas pretendidamente súbitas a los mismos vecinos que se repiten en diferentes ocasiones.

Ante un país que ha contraído en los últimos años una pavorosa deuda externa; ante una condición social en la que se ensanchan el hambre y la desocupación, ante una economía en la que la industria está funcionando lejos de sus posibilidades, se requiere debatir seriamente. Se requieren programas y no dibujos, política y no decoración, arreglos –como diría Freud– quirúrgicos en vez de cosméticos. Recuperemos la capacidad de pensar y la densidad de la palabra y del pensamiento. Es un imperativo al que la hora no puede sustraerse y al que la universidad tiene la obligación de colaborar de modo activo.

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