El Palacio Policial era mucho más que el D2

El testimonio de Héctor Enrique García en el 4.° Juicio por delitos de lesa humanidad aportó importantes datos sobre los últimos momentos de Jorge Álvarez, quien permanece desaparecido. Además, incorpora Contraventores como centro clandestino de detención.

El Palacio Policial era mucho más que el D2

Héctor Enrique García presentando su testimonio. Foto: Guadalupe Pregal

Derechos Humanos Unidiversidad por Guadalupe Pregal / Publicado el 21 DE OCTUBRE 2014

Héctor Enrique García se encontraba en su casa cuando, por las medianeras y techos de las casas vecinas, un grupo de hombres encapuchados y con armas largas ingresó a su domicilio. Era el mediodía del 7 de junio de 1976. Él ya estaba avisado de que eso podía suceder porque un compañero de trabajo le había avisado que lo habían buscado en el banco donde trabajaba. Para proteger a su hija de nueve meses, la dejó con una vecina.

Lo sacaron a los empujones hacia la calle, donde pudo observar que había más personas con pasamontañas. Fue golpeado, vendado e ingresado a un automóvil: “Me acuestan en la parte de atrás, en el piso, me aplastan con los pies dos personas”. Aunque García trató de memorizar el camino que realizaban en el auto, llegó un punto en el que se desorientó porque estuvieron más de una hora circulando. “Lo único que sé es que llego a una playa de estacionamiento donde dicen: 'Acá te traigo otro'. Yo, vendado con mi pulóver, me llevan a una sala”. García habría sido depositado en una de las celdas del D2, donde estuvo unos 10 o 15 minutos. “Soy sacado de esa celda y me llevan a tortura. Bajo en un ascensor, por lo que no sé si es un subsuelo o qué, y ahí soy torturado con picana, la famosa mojarrita. Me golpean con una bolsa con arena, lo cual me produce varias laceraciones en el cuerpo; una de ellas, en el brazo, que después se convierte en un tumor”.

Luego de haber estado una semana en el D2, lo pasaron a otro sector del mismo edificio que parecía ser un sector de celdas comunes, porque en las noches llevaban a las trabajadoras sexuales que eran detenidas, explicó García. La celda en la que lo pusieron no tenía mirilla, por lo que podía ver a quien estaba en la celda de enfrente, y describió que había “una mujer, María Sánchez Sarmiento de Vargas, que estaba con dos criaturas en ese momento, con la puerta abierta”. Hablaban entre ellos preguntándose quiénes eran, cuando “siento que alguien de encima, de arriba mío, de una celda que hay arriba, pregunta: '¿Con quién hablás, María?', entonces me dice: 'Es mi esposo'”, recordó García.

Jorge Vargas Álvarez fue secuestrado el 12 de junio, cuando un grupo de tareas lo abordó, cerca del domicilio donde vivía, junto a su esposa, a Juan José Galamba y a Alicia Morales de Galamba. García recordó que Vargas le había comentado que tenía una herida de bala. “Él era torturado en la celda de arriba, llevaban a la nena más grande a que presenciara la tortura que le hacían al padre. Dos o tres días después, frente a mi celda lo pararon a Ricardo Sánchez y dijeron: 'Bajalo a Vargas ahora', así que yo los vi a los dos cuando los juntaron en la puerta de mi celda y después nunca más aparecieron, tanto Ricardo Sánchez como Jorge Vargas”. García recordó que Ricardo Sánchez tenía un brazo quebrado y que “cuando iban los guardias lo primero que hacían era decirle: '¿Cómo andás, Negro?', y lo agarraban del brazo como una forma de tortura”.

Las niñas habían sido retiradas por su abuela materna uno o dos días después de que Jorge Vargas fue sacado del Palacio Policial. García recordó: “Uno o dos días después, a ella la sacaron con las hijas y volvió sin las hijas; me dijo que la madre había venido a buscarlas y se las entregaron a la madre de ella, a las hijas. Después de eso yo todavía seguía abajo cuando la más grande se pegó un tiro y a ella la sacaron de la celda para llevarla al velatorio de su hija”.

García permaneció en esa celda durante más de una semana. Luego fue trasladado a la celda donde había estado Jorge Vargas: “Cuando a mí me sacaron, hubo que caminar hacia el fondo, donde había una celda donde estaban las trabajadoras sexuales, una escalera que hacía como un codo. Ahí había una celda grande donde había restos de sangre en el piso, porque Jorge Vargas estaba herido”, describió García.

El testimonio de Héctor García fue completado con una visita a las instalaciones del Palacio Policial para realizar una inspección ocular. Aunque la prensa no pudo ingresar a algunos sectores para resguardar la identidad de quienes permanecen detenidos, se pudo establecer que, además de las instalaciones del D2 que se mantienen en las mismas condiciones y que actualmente se utilizan como depósito de archivos, habría existido otra área, descrita por García pero que ha sido modificada. Se estima que es el espacio que utiliza Contraventores y que funcionó en algunas ocasiones como centro clandestino de detención. En la visita al D2, García explicó que “en la zona de abajo está todo modificado, está irreconocible en realidad, porque en ese momento no había más de tres celdas grandes y una pequeña y ahora hay diez, quince celdas”. En dichas instalaciones fue donde Jorge Vargas, su esposa María Luisa Sánchez, sus hijas, Ricardo Sánchez y Héctor García estuvieron detenidos.

Luego de esos episodios, García fue llevado al D2 y puesto en la celda frente al ingreso. María Luisa Sánchez Sarmiento de Vargas fue trasladada al mismo tiempo que él. En las otras celdas, recordó García, estaban Morales, Savone, Muñoz, Rosa Gómez y otra mujer que “le llamaban La Vikinga. Ella llegó y estaba tan mal, tan machucada, que sacaron gente de los mismo presos para que la limpiaran y desapareció de ahí. Después nos enteramos de que había sido llevada al Hospital Militar porque estaba muy mal, pero no sé el nombre de esa mujer”. García explicó que él la había visto por la mirilla en una celda cercana al baño. Luego fue trasladado a una de las celdas grandes.

De los guardias que trabajaron en el D2 reconoció a “Mechón Blanco” y un tal “Facundo”, a quien describió como “un gordito, creo que era el que torturaba; si lo viera en una foto a lo mejor lo reconocería, pero ha pasado tanto tiempo”. García aclaró que “Facundo” tenía acento porteño, “creo que era de estatura baja, rellenito”.

Con respecto a los abusos sexuales sufridos por las mujeres detenidas en el D2, García explicó que “a la noche se escuchaban gemidos, o no sé cómo describirlos. Sí, había abusos. Ahí o las llevaban al baño. Creo que Rosa Gómez era una de las personas…”.


La Comisaría 6ta

En el D2 estuvo hasta el 12 octubre del 76. Fue trasladado a la Comisaría 6ta junto a Juan Carlos González y puesto en un calabozo, “pero al calabozo le faltaban unos 20 centímetros de puerta, así que uno tirándose al piso podía ver a los guardias y a la gente que por ahí circulaba”. Cuando le preguntaron a García si conocía la razón por la que habían sido trasladados a diferentes comisarías, explicó que uno de los policías de la 6ta le había dicho que era “porque venía el General Videla, entonces nos trasladaban a las seccionales y, en caso de que hubiera un atentado contra Videla, se iba a hacer como si fuera una fuga, como rehenes”.

“Yo tuve la suerte ahí, porque yo trabajé mucho tiempo en el Banco Mendoza que estaba en Juan B. Justo y Paso de los Andes y (conocía) el personal policial que ahí trabajaba, que sacaba guardia en el Banco de Mendoza; al tener yo la posibilidad de ver por debajo de la celda, reconocí a varios de los policías que sacaban guardia todos los días en el Banco Mendoza. Entonces, a uno yo lo llamé y el tipo se sorprendió porque yo lo llamé por su nombre, vino a verme y me abrió la puerta, le pedí que yo quería ver a mi señora y a mi hija”. El apellido del policía era Sosa y además reconoció a otro oficial, de apellido Palacios.

García permaneció en la Comisaría 6ta  hasta el 11 de enero de 1977, cuando fue trasladado a la Penitenciaría. Durante su estadía en las instalaciones carcelarias no sufrió interrogatorios pero sí “se hacían requisas con golpes”. Recordó de los guardias a Bianchi, que “era una persona mal agestada”, y a Suchetti. Manifestó que una sola vez recibió una visita de su familia por su cumpleaños y en otra ocasión vio a su mujer porque tuvo que firmar un papel frente a ella.

Estando en el Penal fue llevado en dos ocasiones a Tribunales Federales, que por entonces funcionaban en la calle Las Heras y 9 de Julio. En una de las oportunidades no fue atendido, pero en la segunda fue recibido por un secretario del juzgado. García explicó que nunca tuvo una causa judicial en la Justicia federal, pero que en junio del 77 se le inició un Consejo de Guerra.

García describió que tuvo cuatro defensores distintos de la Fuerza Aérea, por lo que cuatro veces fue trasladado al Comando donde se realizaban los Consejos. “Fue todo muy armado, inclusive el día que inició el Consejo de Guerra, había una mesa larga como este tribunal llena de armas que no tiene hoy ni la guerra de Irak”, en relación con las malas condiciones de las mismas, hecho que Juan Carlos González también había referido en su testimonio.

Previo al Consejo de Guerra estaba a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Aunque su condena por tenencia de armas de guerra y municiones fue de cuatro años, permaneció en diferentes establecimientos carcelarios hasta el 17 de diciembre de 1980 y recibió la libertad vigilada desde la U9 de La Plata. Antes había estado detenido en Sierra Chica.

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