La aniquilación del debate público

Por Roberto Follari, investigador y epistemólogo.

La aniquilación del debate público

Lula Da silva, Néstor Kirchner y Hugo Chavez, líderes del neopopulismo en Latinoamérica. Foto: Refugio Liberal

Nacional Columnas por Roberto Follari para Unidiversidad / Publicado el 12 DE JUNIO 2019

 

“Si lo haces contra el populismo, todo está permitido”, podría decirse con ecos de Dovstoievsky. ¿Por qué Uds. se aliaron con la derecha? “Para terminar con el populismo”. Estamos mucho peor que antes, ¿por qué soportarlo? “Para evitar que vuelva el populismo”. Pero con ese populismo estábamos mejor. “No, contra el populismo se está siempre mejor”.

El populismo para estos discursos maniqueos que se florean hoy en la política y el periodismo nacionales, no es la radicalización de la democracia que estudió Ernesto Laclau, quizá el politólogo argentino que más alto brillara en la escena mundial. No: es un fantasma invertebrado y múltiple, el mal sin mezcla de bien alguno –como diría algún primario catecismo-, lo horrendo en todas sus formas. Por supuesto, se trata de un invento discursivo, bien asentado sobre las ideologías de derecha y los prejuicios de las clases medias.

El desprecio al “negro” –es decir, al pobre-, las políticas sociales entendidas como demagogia, la pretensión de superioridad sobre los “de abajo” revestida de pretendida ventaja moral, el asco a los subsidios cuando los subsidiados son los marginados, se subliman en un gesto disciplicente: horror al populismo. Y no se requiere argumentar, mostrar alguna información, hacer algún razonamiento, aportar algún conocimiento: con el desprecio al populismo basta. El grado cero de la argumentación, el preconcepto ascendido a supuesta categoría analítica.

Del otro lado, el glorioso “republicanismo”. Que ya no implica virtud cívica alguna. Por el contrario: para ser republicano sólo basta con depreciar al populismo. Y además –y ciertamente es lo peor- cualquier maldad funciona si es contra ese perverso monstruo multiforme, según el estereotipo discursivo en curso. Con un dejo de Spinoza que seguramente la mayoría de quienes lo ejercen desconocen, parece que “el mal hecho a tus adversarios lo sentirás como un bien”. Contra el populismo, todo vale.

La causa D´Alessio lo ha mostrado: se espió a Rosencrantz y a Rosatti, miembros de la Corte Suprema puestos por este mismo gobierno. Se espió a Lorenzetti, previo jefe de esa Corte y blanco preferido de Carrió, voz “sublime” de la cruzada republicana contra la escoria populista. Se espió incluso a María Eugenia Vidal. Pero qué más da: hay que callar respecto a todo esto, porque está mezclado con la persecución mediático/judicial a la oposición (populismo kirchnerista), y dicha persecución resulta indisputable y sana.

Así, hay extraños engendros “republicanos”: persecución judicial republicana, represión policial republicana –recordar Nahuel y Maldonado-, negociados republicanos (desde los Panama Papers a los parques eólicos y el correo), brutales mentiras republicanas (¿dónde están las cuentas de Máximo en el exterior?), espionaje republicano (Carrió fotografiada en Paraguay con un agente argentino/norteamericano, según testimonia su cercano Morales Solá), campañas de desprestigio republicanas (la misma Carrió contra Aníbal Fdez. con la causa efedrina) y así siguiendo. Así como fueron “republicanos” en otros tiempos el fraude patriótico, la proscripción política mayoritaria, e incluso los golpes de Estado.

¿Fueron intachables los tiempos “populistas”? De ninguna manera. Pero desde las ciencias sociales, todos los indicadores señalan que fueron mejores que los actuales en ocupación, disminución de desigualdad, desarrollo económico y aumento del poder adquisitivo salarial. Y, contra toda la charlatanería en uso, también en lo institucional: fue el populismo el que juzgó a los crímenes de la dictadura, y fue al que los criminales tomaron como adversario. Curiosamente,  los republicanos no tienen cuestiones frontales contra la dictadura.

Y la excelente Corte Suprema de Néstor Kirchner, y el invento de las PASO que ahora todos usan y que abrió espacio a las izquierdas, y a la aparición del matrimonio igualitario, y a la eliminación del delito de injurias para los periodistas (de lo que, ciertamente, no pocos luego usaron y abusaron), o la creación del Ministerio de Ciencia y tecnología ¿No son genuinos logros institucionales? No: porque si fueron populistas, seguro que son malos. Y que detractarlos, ignorarlos o execrarlos, son virtuosas conductas sabiamente “republicanas”.-    

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