Nicolino Locche: memoria de un “Intocable”

A quince años de la partida de un inolvidable del boxeo mendocino y mundial.

Nicolino Locche: memoria de un "Intocable"

Nicolino fue uno de los máximos exponentes del boxeo nacional. Foto: gentileza.

Deportes Radio U El Suplementario / Efemérides deportivas / por Carolina Quiroga para Radio U / Publicado el 06 DE SEPTIEMBRE 2020

Nacido el 2 de septiembre de 1939 en el pueblo de Campo de los Andes, en el departamento mendocino de Tunuyán, fue el sexto hijo de una humilde familia de inmigrantes italianos. A los ocho años, acompañado por su madre, ingresó por primera vez al gimnasio de boxeo Julio Mocoroa, de Paco Bermúdez. Fue en ese lugar donde Nicolino tuvo su primera aproximación al “boxeo científico”, una nueva escuela dentro del deporte que buscaba optimizar las técnicas de combate y el rendimiento físico procurando la “superación del ocasional adversario por medio de la habilidad y no por la mera fuerza usada instintivamente”. El mayor mandamiento de dicha escuela: pegar sin dejarse tocar, y en esa área Locche fue un maestro.

Aquel Nicolino, que a los 8 años, de la mano de su madre ingresó por primera vez al Mocoroa Boxing Club, de don Paco Bermúdez, se convirtió en un personaje sin igual en el pugilismo argentino. Ese día, en el gimnasio de la calle Estrada en el centro de la ciudad de Mendoza, habría de formularse el binomio más simbiótico en la historia del boxeo argentino entre el ideal del maestro y el arte sublime del discípulo.

Su primera pelea amateur fue con casi 16 años y 42 kilos. Tras 122 combates ganados (y tan solo 5 derrotas) debutó como profesional el 11 de diciembre de 1958, a los 19 años, noqueando en dos rounds al sanjuanino Luis García.

A partir de ahí arrancó una carrera a la cima. Sus primeros pasos en el Luna Park fueron como "soporte" de su compañero de equipo, Cirilo Gil, en sus tiempos de gloria como campeón argentino y sudamericano welter.

En los años 60 el boxeo argentino estaba en pleno esplendor, los más famosos campeones o ex campeones del mundo pasaron por el Luna Park. De esa constelación quedaron nombres como Horacio Acavallo, Ringo Bonavena y Carlos Monzón pero Locche les ganaba en memorables exhibiciones como las que diera ante el puertorriqueño Carlos Ortiz, los norteamericanos Langston C. Morgan, Joe Brown, el italiano Sandro Lopopolo o el panameño Ismael Laguna. Ir a ver a Nicolino era una fiesta popular; las transmisiones radiales de la época hacían maravillas en la imaginación del público, y a eso se le sumaba todo el glamour y bohemia de un Luna Park lleno el sábado por la noche, que cerraba la velada boxística con una pelea de Nicolino de fondo.

Tras perder en su décima pelea el invicto frente al adiestrado Vicente Derado, en Mendoza, el 26 de febrero de 1960, Nicolino dio el gran golpe de su carrera al batir por puntos al cordobés Jaime Giné, quebrándole un invicto de seis años y 86 peleas sin reveses.

Eso proyectó a Nicolino que, frente a un Luna Park lleno, derrotó nuevamente a Giné. Esta vez, por el título argentino de los livianos, en 1961. Luego también se consagró campeón sudamericano. Venció dos veces a Abel Laudonio, y también perdió una vez ante él, en su clásico local más popular.

A partir de 1966, una serie de rivales de primerísimo nivel lo pusieron a prueba, a Luna Park lleno. Desafiar los límites fue uno de sus juegos preferidos. Arriba y abajo del ring. Desde aquella resistencia que el público le dio por su estilo personal y defensivo que anuló a campeones del mundo, como Carlos Ortiz, Ismael Laguna, Joe Brown o Sandro Lopópolo.

 

El título mundial welter junior

 El 12 de diciembre de 1968, Nicolino Locche escribiría su página más gloriosa al vencer en Japón al local Paul Fuji y consagrarse campeón del mundo de los welter junior de la AMB. Ese día hizo honor a su apodo de intocable exponiendo la cara para invitar golpes, esquivando con cintura y contragolpeando con jab. Le quitó dramatismo a la pelea. Le agregó belleza. Le impuso el ritmo perfecto de quien lleva la batuta. Esa pelea quedó en los anales de la historia del deporte.

En una charla con “El Gráfico”, Locche relató la anécdota de la jornada en que salió campeón. “El día que peleé con Fuji estaba más tranquilo yo que todo el grupo que me acompañaba. Me acuerdo que a eso de las seis de la tarde me levanté de dormir la siesta y me fui hasta el bar del hotel Akasaka Prince, donde vivíamos. En una mesa estaban Caffarelli, Mermet, Cherquis Bialo y Cacho Fontana hablando de cómo sería la transmisión. En una de ésas escucho que Cacho Fontana preguntaba algo así como "este aviso lo leo de tal manera si Locche gana, y si pierde leo este otro, ¿no es cierto?" Me acerqué y le dije: "¿Permitime?, ¿cuál es el que tenés que leer si pierdo?, ¿éste?, bueno, dámelo". Y cuando sorprendidos me alcanzaron el papel con el texto lo rompí. Antes que nadie me recriminara nada di esta explicación: "¿Para qué vas a tener encima este papel si no te va a servir para nada?" Pedí un cigarrillo de contrabando, para que Bermúdez no se diera cuenta, me fui al baño, me lo fumé y salimos para el estadio. Mientras tanto, los demás muchachos se la pasaban fumando y hablando. Cuando llegamos a Kuramae Sumo me encontré con un vestuario largo y viejo. El lugar era para luchadores de sumo, no para boxeadores. Bermúdez me masajeó y comenzó a darme las instrucciones. Vamos a hacer esto, esto y aquello. "Y si usted me hace caso —me dijo— nos llevamos la corona antes de los 15 rounds". "¿Por nocaut?", le pregunté; "Sí, por nocaut", me contestó Bermúdez. Una vez que me vendé me acosté para reposar y me quedé profundamente dormido. Media hora antes Bermúdez, Tito y Juan "Mendoza" Aguilar, quien me había ayudado magníficamente como sparring, me despertaron. El Fuji tenía una cara de asesino bárbara. Y yo preferí mirar a Cacho Fontana, que estaba al lado del ring. Porque en el almuerzo Cacho se la pasó macaneando, imitando a todo el mundo y contando chistes. Yo lo veía y me acordaba de esos chistes. Quedé tentado de tal manera que mientras tocaban los himnos con la mirada nos comunicábamos. Cuando terminó el tercer round, Bermúdez me llamó la atención, porque dijo que debía trabajar más, que era fácil pegarle y que con un paso más adelantado le rompería la cara. En el octavo, mientras Tito y Aguilar ayudaban con el balde y el masaje, mi técnico me aseguró que con un poquito más de ritmo el tipo se iba. Y al terminar el noveno se fue. Yo me di cuenta recién cuando todos los muchachos se pusieron a gritar. Esa noche estaba preparado como nunca y tenía aire para mil rounds. Cuando el referí norteamericano Nick Pope me levantó el brazo en el centro de' ring no lo podía creer. Después, mientras nos abrazábamos, empezaron a caer un montón de cosas. Pero no eran para mí, eran para Fuji por haber abandonado. Quisiera ver qué hubieran hecho otros en lugar de él después de semejante paliza.

Su llegada a Ezeiza fue multitudinaria y a Mendoza –el 18 de diciembre de 1968 – más aún pues desde el aeropuerto de El Plumerillo hasta la sede de la Municipalidad, el camión de bomberos desde el cual iba saludando a la muchedumbre, tardó más de tres horas en llegar avanzando a paso de humano.

Nicolino posa con su cinturón de campeón. Foto: gentileza.

Hizo seis defensas de su título y lo perdió el 10 de marzo de 1972, cuando en Panamá fue derrotado por puntos en 15 asaltos por el local Alfonso "Pepermint" Frazer. A partir de ahí comenzó su ocaso: peleó 12 veces más, perdió solo una. Nunca más volvió a disputar ningún título. En 1975, anunciaría su retiro del boxeo profesional.

El 7 de agosto de 1976 fue la fecha que eligió su representante para el último combate de su carrera. El lugar sería el Hotel Llao Llao de San Carlos de Bariloche. Esa misma noche Nicolino subió por última vez como profesional a un ring ante el chileno Ricardo Molina Ortiz, a quien venció por puntos.

En 2003 Nicolino ingresó al Salón Internacional de la Fama del Boxeo y, finalmente, murió el 7 de septiembre de 2005 en Las Heras, Mendoza. La causa del fallecimiento fue una salud muy debilitada por el cigarrillo.

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