No hablan en serio de República

Por Roberto Follari, epistemólogo, docente y doctor en Psicología.

No hablan en serio de República

Estatua de Platón. Foto publicada en caracteristicas.co

Sociedad Otras Miradas por Roberto Follari / Publicado el 07 DE SEPTIEMBRE 2020

Una oposición cerril al actual gobierno nacional –no es toda la que hay- bastardea la noción de “República” para autolegitimarse. Hablan como dueños de dicha República y de la Nación, aunque el pueblo no los haya mayoritariamente votado (si bien contaron con obvio apoyo de los medios hegemónicos de comunicación, de la geopolítica estadounidense y del Fondo Monetario). Poco les importa que durante su gobierno se haya perseguido y encarcelado sin condena: con acusar de perversos a sus adversarios, creen que basta. También según ellos es un detalle, que aumentaron la deuda externa en 100.000 millones de dólares sólo en cuatro años, dejando embargado el país, que gran parte de ese dinero se fugó y nunca lo vimos en obras, que la corrupción haya rozado las concesiones de gas, las de peajes, las de parques eólicos, la cuestión del Correo, la de los dineros del blanqueo autorizados por decreto. Son cuestiones nimias, ya que, si bien la mayoría obran en sede judicial, no aparecen en los medios hegemónicos, todos encargados de trabajar para el stablishment del cual –no casualmente- forman parte.

La república, desde Platón, es otra cosa. Todo lo contrario de la apropiación facciosa y parcial. Precisamente la “res publica” es la “cosa pública”, aquello que se separa definidamente de los intereses privados, para ser cuestión del debate colectivo. No se puede hoy apelar a ella en nombre de un sector, cualquiera que fuese: menos aún, de uno que encarceló sin juicio a varias decenas de adversarios políticos bajo el uso intencionado y abusivo de la prisión preventiva.

Pero quizá hay algo genuinamente griego en ese uso malversado: en tiempos del filósofo post-socrático, la democracia era muy limitada: dada sólo a los pocos hombres libres, únicos ciudadanos plenos. La República griega se instalaba sobre una sociedad desigual y esclavista, lo cual –por supuesto- no podemos simplemente condenar desde un presente constituido 25 siglos después, en condiciones históricas totalmente diversas. Pero es cierto que allí, de algún modo la República se constituía en contra de una democracia plena y que abarcara a todos: y parece que en el presente hay quien quisiera emularlo.

En verdad la República debe ser de todos, y remite a “lo de todos”. Que en nombre de la república unos pocos ciudadanos concurran al Obelisco y ofendan la acción cotidiana de quienes se juegan su vida como operadores de salud en la pandemia, es una muestra del carnaval posmoderno en que vivimos, donde la TV hegemónica puede bendecir lo oblicuo y condenar lo recto, donde conductoras de almuerzos y compiladoras de chimentos aparecen como supuestas jefas de opinión pública, donde un oscuro ¿cantante? de dudoso estilo tropical, nos puede horadar el cerebro desde todos los canales de emisión, siempre que sus obviedades vayan en favor del “Círculo rojo”. Si alguien dice lo contrario se lo condenará al silencio, aunque la votación mayoritaria de los argentinos haya ido en su misma dirección: los dueños de la República son los dueños del país, y no se inmutan por un detalle tan circunstancial como haber perdido una elección presidencial. Ellos deciden gobernar aunque hayan perdido, son la oposición que reclama por qué sus decisiones no se toman desde el gobierno.

Basta de malversar el nombre de República. Cuando Raúl Alfonsín apelaba a recuperar la República perdida, lo hacía contra la más sangrienta dictadura que recorrió nuestra historia: se trataba de reinstalar la democracia, el voto, los derechos civiles y humanos conculcados. No era la República un pretexto mezquino donde se agazapara el poder de las derechas: por eso Alfonsín se peleó en público con el principal conglomerado mediático del país, con la Sociedad Rural, con el sector más conservador de la Iglesia y de las Fuerzas Armadas de entonces (carapintadas). Y por eso, también, es que hoy su hijo no acompaña a esos sectores desaforados que, en uso insólito del nombre de República, se niegan a sesionar en el Congreso bajo infantiles pretextos.-

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