¿Podar o no podar?

La llegada del invierno es sinónimo de corte de ramas en los árboles de la ciudad. Sin embargo, según la praxis y la biología de las plantas, esta actividad perjudica su vida útil. Especialistas explicaron las fortalezas y debilidades de esta antigua práctica.

¿Podar o no podar?

Foto: Axel Lloret

Sociedad Edición U #13 - Raíces / por Amira Ascar / Publicado el 14 DE AGOSTO 2016

El invierno es, en cierta manera, sinónimo de la poda de árboles. Nuestra Mendoza recibe el calificativo de “ciudad árbol” no sólo por la variedad sino también por el follaje de estas especies protagonistas del paisaje.

Contrariamente a la sabiduría popular, la llegada de la estación más fría no implica necesariamente el inicio de la poda. No es casual que gran parte de los ingenieros agrónomos recomienden una poda medida y con objetivos definidos, lo cual no quiere decir que no se tengan que remover ramas viejas o que entorpezcan.

En definitiva, las plantas y los árboles no deberían podarse porque esta práctica atenta contra su propia vitalidad. Según Bernardo Herrera, ingeniero agrónomo y miembro del Centro de Ingenieros Agrónomos de Mendoza (CIAM), “una planta jamás nos pediría que la podemos porque cada cual tiene sus propios mecanismos para defenderse de los ataques externos”. En la misma línea de pensamiento, Salvador Micali, ingeniero agrónomo y vicepresidente de la Comisión Asesora del Arbolado Público, argumentó que “teóricamente” los árboles no deberían ser podados.

Una de las razones principales en las que ambos ingenieros coinciden es que la poda atenta contra “la vida útil del vegetal”, por lo tanto no lo beneficia. En realidad, el corte de ramas es un invento del hombre para adquirir cierto rédito productivo del árbol. Un claro ejemplo es el de las plantas frutales, a las que transformamos tanto en altura como en follaje, para tener fácil acceso a sus frutos.

 

Beneficiados

El concepto de cabecera de Herrera para explicar esta actividad es que “la poda es la abscisión selectiva de uno
o varios órganos de una planta con un fin productivo determinado”. A partir de este enunciado, es evidente que más que beneficiar a las plantas, es el ser humano el que busca tener beneficios propios.

De cualquier manera, lo que más perjudica al mundo vegetal son las malas condiciones en las que se realiza la tarea. “Habría que pensar las podas de nuestro arbolado urbano sobre la base de definir objetivos previos a salir
a podar, en vez de salir a podar porque es época”, propuso Herrera como posible medida para detener la poda
desmedida.

Esto implica definir qué tipos de árboles se podarán, el tamaño de cada rama, las herramientas a utilizar y, sobre todo, la razón que motiva esta actividad. Para el entrevistado es fundamental que los sujetos que la realicen conozcan la fisiología de la planta y, además, que elijan las herramientas adecuadas.

“La mejor poda es no hacerla, no se debe podar. Si vos lo proyectaste bien, lo colocaste y los primeros años le diste una forma, después no lo tendrías que podar más”, argumentó Micali, en una posición similar a la de Herrera. Si bien hay situaciones que lo ameritan, por ejemplo, la obstrucción del espacio público o de las luminarias, son situaciones que deben ser analizadas previo a iniciar con la poda.

Más allá de las cuestiones técnicas o biológicas sobre las plantas, la raíz del problema es la desidia estatal. Micali hace hincapié en que falta “gestionar y crear una política tanto a corto como a largo plazo” sobre la poda del arbolado público. Si bien en Mendoza está vigente la Ley 7874 sobre el Arbolado Público, gran parte de sus reglamentaciones no se cumplen. Al respecto, Herrera sostuvo que es necesario generar “un plan estratégico de poda” adaptado a cada calle y a cada especie.



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