De planes y cortes de calles: lo deseable y lo posible

Por Roberto Follari, epistemólogo, docente y doctor en Psicología.

De planes y cortes de calles: lo deseable y lo posible

Acampe sobre la Avenida 9 de Julio, en Buenos Aires. Foto: Télam

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Publicado el 11 DE ABRIL DE 2022

La extrema derecha autoritaria se sabe disimular bien: ahora se dice “libertaria”, y si se le reprocha su negativa a firmar contra la dictadura –a la que obviamente adhiere- declara oronda que es porque “también estamos contra la violencia del otro lado”. Con ese falaz argumento (pues la violencia estatal no es simétrica con la civil, ya que se ampara en la impunidad del Estado), ocultan su decisión de no firmar el repudio a la dictadura criminal iniciada en 1976.

Y se nota que los asesores publicitarios de Milei y Marra son hábiles: ahora, cuando se critica a los liber/autoritarios por su formación de un “movimiento antipiquetes”, aclaran que no es contra los planes sino contra los cortes de calles solamente. Que ellos consideran “delincuentes” (sic) a los que cortan las calles, pero que no van contra los planes, sino consideran que son necesarios mientras los gobiernos no hagan bien las cosas, para reemplazarlos luego por trabajo digno.

Resulta que el gobierno nacional ha bajado el desempleo de 10 a 7 puntos, una disminución enorme. Eso significa que se han producido alrededor de medio millón de nuevos puestos de trabajo: y no lo han dicho, lo han hecho. Pero Milei y Marra –en ello, igual que cierta izquierda- no se dan por enterados: siguen gritando a los cuatro vientos que se necesita más empleo y menos planes, justo eso que el gobierno está efectivamente haciendo. Mientras crece la economía de manera consistente, contra los 46 de 48 meses del gobierno de Macri en que sus números decayeron.

Los liberautoritarios disimulan: ellos están –dicen- a favor de los planes mientras sean necesarios, pero no del “delito” de cortar las calles. Y esto último lo hacen por convicción derechista que va contra las reivindicaciones de los de abajo, pero también porque las encuestas indican que la población rechaza mayoritariamente los cortes, por los impedimentos que estos hacen a la movilidad y el tránsito.

Desde lo popular, sabemos que los cortes de calle nacieron junto a la desocupación creciente con el neoliberalismo menemista de los años noventa. Los desocupados no pueden hacer huelga: su único modo de visibilización y presión social, es apelar a los cortes de calles. Esos mismos que cuando son practicados por la Sociedad Rural y sus socios, son percibidos por algunos como justas acciones de protesta contra la presunta prepotencia de algún gobierno.

Está claro, entonces, que para los desocupados los cortes de calles han sido (y son) necesarios. Eso es verdad, y desde posiciones en favor de lo popular es incontrovertible. Sin embargo, y en tanto es cierto que impedir la movilidad urbana es afectar derechos de otros y actuar en los bordes de la legalidad, se requiere aquí la sabia virtud que desde la Antigüedad se denomina prudencia.

Porque es cierto que hay cansancio social por cierta insistencia permanente en los cortes. Es cierto también –y nadie podría negarlo- que hay organizaciones políticas asociadas a la moviización de los sectores sociales empobrecidos, que fogonean estas acciones como parte de sus propias estrategias y astucias de poder, las cuales dejan al transeúnte cotidiano como rehén de  pretensiones y posturas políticas que no le son consultadas.

Desde lo popular, se hace importante revisar el apoyo cerrado a toda y cualquier forma de acampe o de corte de calles: la legitimidad de los mismos deberá analizarse en cada caso, asumiendo que se está afectando otros derechos ciudadanos, y que sólo se justifica cuando no hay abuso del recurso, y cuando efectivamente éste opera como última instancia. La repetición constante de los cortes genera rechazo social, y el apoyo a lo popular no debiera promover descontentos que pudieran tener un fundamento razonable.

Que la derecha no crezca en base a cierta cerrazón de las posturas del progresismo político. Así como desde lo popular debemos asumir que defender la seguridad ciudadana es necesario, y que sostener los derechos de quien delinque es muy diferente de tolerar el robo o la violencia callejera, debemos aprender a calibrar el uso de una herramienta como el corte de calles: puede ser virtuoso, cuando se hace necesario para una reivindicación urgente, pero también puede volverse una rutina que impida el libre tránsito de los ciudadanos de manera reiterada y no siempre justificada. En ese sentido fue la declaración del ministro Zabaleta que el trotskismo quiso igualar con las declaraciones de Marra y de Rodríguez Larreta, y que el mismo ministro se encargó luego de diferenciar totalmente de esas posturas reaccionarias.

Cabe seguir sosteniendo de manera irrenunciable el valor de la protesta como modo de evidenciar los males y disimetrías sociales. Pero busquemos señalar a empresarios y a gobiernos, según corresponda al caso, y dañar lo menos posible al resto de los sectores de la sociedad. De lo contrario, algunos seguirán creyendo que los arrullos de la derecha –que brama en contra de los cortes callejeros- son más compartibles que lo que propone el pensamiento progresista.