El humor, esa “bomba controlada”

En su última editorial en Le Monde Diplomatique, José Natanson introduce dentro del balance de la década, la relación entre el kirchnerismo y el humor. Sostiene que el humor es aquel ejercicio de autocrítica equiparable a una “bomba controlada”, ya que ayuda a revisar algunas cosas sin que todo vuele por el aire.

El humor, esa "bomba controlada"

Capusotto en el papel de Bombita Rodríguez

Especiales

José Natanson

Publicado el 23 DE MAYO DE 2013

La risa nació hace siete millones de años. Los estudios pioneros de Darwin detectaron risas en chimpancés e incluso en gorilas, que ríen cuando juegan o simulan peleas, e investigaciones más recientes comprobaron que aquellos monos que logran aprender el lenguaje de signos, son capaces de utilizar combinaciones incongruentes de palabras de manera jocosa, y que ríen con ello. Como sabe cualquier padre o abuelo flamante, los niños chiquitos ríen con el juego de aparición y desaparición súbita de una persona detrás, por ejemplo de una cortina, y también con el humor visual de golpes y caídas; cuanto más ruidosos, mejor. Los adultos no tanto, pues el desarrollo del lenguaje y las construcciones simbólicas los acercan a un humor más elaborado e incluso intelectual (la evolución es asombrosamente similar a la del humor en el cine: las caídas del cine mudo y los Tres Chiflados fueron reemplazadas por un humor más sofisticado cuando el cine incorporó el lenguaje a partir de la aparición del sonoro).

¿Qué es el humor? ¿Por qué nos reímos? En su Crítica del juicio, Immanuel Kant asocia el humor al absurdo: la risa sobreviene cuando se desploma una expectativa construida desde la lógica. El psicólogo estadounidense Rod Martin completa esta intuición kantiana afirmando que la clave consiste en guiar a alguien por un proceso mental que genera ciertas expectativas que, a último momento –el momento del remate–, chocan con un cambio brusco de referencias. Hay algo de catarsis en la descarga que provoca la incongruencia humorística. Y, usualmente, de espejo. Como explica el filósofo francés Henri Bergson, el fantoche, el bufón o el payaso generan risa en tanto representaciones deformes de lo que nosotros mismos somos. La risa, para Bergson, es una descarga emotiva disparada por una proyección de algo que nos representa.

Muertos de risa

Por su tradición inmigratoria y su pasado de cuasi colonia inglesa (probablemente, los aportes más duraderos de Gran Bretaña a la cultura nacional hayan sido el fútbol y la ironía), la sociedad argentina incorporó el humor como parte constitutiva de su cultura política. Si en los 80 la marca del humor de la recuperación democrática estaba dada por Tato Bores y Sapag, en los 90 el centro de gravedad se desplazó a Tinelli, que con el blooper y la gastada nos invitaba a burlarnos sin culpa del tonto, del "goma", del que tropieza o no encuentra las palabras (incluso si, como le pasó a De la Rúa, el "goma" era el propio Presidente: había algo de desentronizamiento plebeyo en todo aquello).

Como los restaurantes de tenedor libre con los gordos, Tinelli supo sacar lo peor de nosotros, y el menemismo se ajustó extraordinariamente bien a ese momento: el humor del menemismo era el humor de los cínicos y los quebrados, cuyo mejor exponente es por supuesto Jorge Asís, y cuyo equivalente internacional más impresionante es Silvio Berlusconi, que respondió del siguiente modo cuando un periodista le preguntó por los escándalos sexuales que lo involucraban: “Una encuesta realizada entre las mujeres italianas –dijo Berlusconi– arrojó los siguientes resultados: el 33 por ciento declaró que se acostaría con Berlusconi, y el 67 por ciento dijo que se acostaría… de nuevo”.

En la Argentina post crisis, cuando recién comenzaban a acomodarse los destrozos del 2001, surgieron dos nuevos ejemplos del humor nacional: la revista Barcelona, que se mantiene brillante a pesar del paso de los años, y los personajes de Capusotto, sobre todo Bombita Rodríguez, cuyo éxito Horacio González atribuye a la capacidad de “agrupar súbita e infantilmente, sin mediaciones, términos provenientes de universos incompatibles: el mundo de las culturas mediáticas y las jergas políticas más tipificadas”. Como se sabe, Bombita usa fijador de pelo La Orga, es hijo de Evelyn Tacuara y se hace acompañar por Los López Reggae.

Aunque nadie podrá demostrarlo, Barcelona y Capusotto nunca hubieran podido prosperar en el contexto de reenamoramiento democrático de los 80 ni en el sálvese-quien-pueda de los 90, pues no hay ni ilusión pura ni cinismo en sus miradas, sino una línea política implícita que sintoniza con la “segunda oportunidad” abierta tras la crisis y la repolitización de nuevos sectores sociales empujada por el kirchnerismo. Cada uno a su modo, expresan la risa herida y, a la vez, aliviada, de la post resurrección: el humor después del humor.



Hablemos en serio

El kirchnerismo carece prácticamente de humor. Y esto, que a primera vista puede parecer una superficialidad, un simple comentario de estilo, es, desde mi perspectiva, revelador de rasgos más profundos de su personalidad política.

Sucede que el humor, como señalamos al comienzo, implica necesariamente una cierta distancia respecto de uno mismo. Ya sea bajo la forma de la ironía (la inversión del sentido literal de las palabras), la parodia (que es la imitación burlona) o el sarcasmo (burla mordaz), el humor exige un esfuerzo de alejamiento, un desdoblamiento que, llevado al extremo, puede derivar en la hipocresía inescrupulosa de los cínicos, pero que, bien administrado, ayuda a iluminar problemas que no se veían.

El tono oficial es solemne, y en este sentido resulta notable que el slogan original del kirchnerismo, “Un país en serio”, que aludía a la recuperación de la gobernabilidad luego de la crisis, hoy refiera al estilo general de su comunicación política. Porque hay una nota grave que el gobierno suele tocar demasiado a menudo, como si en cada decisión y cada gesto se jugara la vida o la muerte. Y si, por un lado, esto le permite convocar a la militancia y reunir energías que de otro modo probablemente se dispersarían, por otro le imprime un carácter epopéyico –y hasta sacrificial– a decisiones que a veces no lo merecen. En efecto, una de las consecuencias no deseadas de esta forma de entender el mundo es la dificultad para establecer prioridades, y entonces cuestiones verdaderamente pesadas como la imposición de retenciones o la pelea con los fondos buitre adquieren la misma importancia que temas administrativos triviales como el traspaso del subte o la creación de un polo audiovisual en La Boca.

Hay excepciones, como el senador Aníbal Fernández, que en su momento se definía como “duhaldista portador sano”, e incluso los propios Kirchner, del desafío de vestuario de Néstor (“¿Qué te pasa, Clarín?”) a los habituales giros de Cristina en sus discursos (el último fue la alusión a los “gansos con micrófono”). También hay respuestas institucionales adecuadamente informales: la invitación de Cristina a Pepe Mujica a viajar en el avión presidencial a la cumbre de la Unasur en Lima y el saludo que intercambiaron contrastó con el estilo cortante del comunicado de protesta de la Cancillería, que se negó a tomar las palabras del uruguayo como un caso de incorrección política entre amigos, tan intrascendente como gracioso.

La solemnidad es también el estilo predominante en el mundo periodístico-intelectual que simpatiza con el oficialismo, y por eso valoramos los pocos espacios de humor que sobreviven allí: el politólogo sueco que es el alter ego de Mario Wainfeld algunos domingos en Página/12; los informes, el panel y el manejo siempre adecuado de Daniel Tognetti en Duro de Domar; algunos blogs, como el de Lucas Carrasco, y los estereotipos del suplemento “Ni a palos” del semanario Miradas al Sur.

Como siempre, todo es una cuestión de contexto. Los cruzados, los revolucionarios y los líderes ideológicos puros suelen carecer de humor. Ni Hitler ni Thatcher ni Lenin tenían humor, pero sí Churchill y su célebre boutade (“Jordania es una idea que se me ocurrió en primavera, a eso de las cuatro y media de la tarde”) y Chávez, que le decía “Mr. Danger” a George W. Bush. En tiempos de guerra y revolución, el espacio para el humor se achica, aunque algunos estudios permitieron comprobar la persistencia de la risa incluso en situaciones dramáticas, como demostró Chaya Ostrower en sus investigaciones sobre el humor en Auschwitz, donde la autorrepresentación jocosa funcionaba como un mecanismo de defensa (no es casual que, de Woody Allen y Philip Roth a Seinfeld y Ben Stiller, el humor sobre uno mismo sea una característica central de la cultura judía).

Pero el kirchnerismo no opera en un contexto de guerra o revolución; gobierna en un clima templado de normalidad democrática, donde incluso la emergencia económica ha quedado atrás (el hecho de que el propio kirchnerismo haya sido el responsable de conjurar el peligro de la crisis no la hace menos lejana). Y, pese a las frecuentes confusiones, no es un movimiento revolucionario sino un reformismo alla argentina que, como todos, combina en dosis variables pragmatismo y convicción, intereses y valores, oscilando siempre entre la gestión y la gesta. Con algunos triunfos notables, como el haber convocado a una parte mayoritaria de la juventud políticamente movilizada, donde esta tensión resulta especialmente gráfica: como señalamos en otras oportunidades, las nuevas formas de militancia en tiempos democráticos tienen un componente lúdico ausente en otros momentos, por ejemplo en los 70, donde la militancia era literalmente una cuestión de vida o muerte. Hoy, felizmente, esto ya no es así, y por eso la juventud kirchnerista no se priva de incorporar a la militancia el juego, la música y el levante –dicen que las fiestas de La Cámpora son antológicas–, al tiempo que pronuncia un discurso plagado de referencias a una época que tiene muy poco que ver con la actual, lo que a veces lo tiñe de un tono extraño, incómodo por lo retro.




Una década

Los diez años del ciclo kirchnerista habilitan el balance: desde el punto de vista económico, estabilidad y alto crecimiento; desde el punto de vista social, reducción de la pobreza y también, aunque menos notoriamente, de la desigualdad; desde el punto de vista del mercado laboral, disminución del desempleo y de la informalidad; desde el político, polarización y batalla cultural. Podríamos enumerar otros aspectos(...) pero preferimos –arbitrariamente y para variar un poco– centrarnos en la relación del kirchnerismo con el humor. Y en este sentido mi impresión es que el gobierno debería tomarse menos en serio a sí mismo. No porque los funcionarios deban convertirse en payasos, pues no se trata de imitar las dotes de Luis Juez (el político-capocómico) ni de Nito Artaza (el capocómico-político), sino en el sentido de utilizar al humor como un espacio de descarga que permita echar luz sobre temas nuevos, detectar incongruencias, descubrir contradicciones. El humor como un ejercicio de autocrítica, esa “bomba controlada” que ayuda a revisar algunas cosas sin volar todo por el aire y que, bien utilizada, puede ser una vía para explorar correcciones.

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