El poliamor en tiempos de COVID

Por Mariángeles Castro Sánchez, Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral.

El poliamor en tiempos de COVID

Foto: Pergamino Verdad

Sociedad Otras Miradas por Fuente: PERFIL / Publicado el 24 DE ENERO 2021

La mágica novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera, situada en las primeras décadas del siglo pasado, narra el itinerario de un amor romántico, comprometido y eterno. Desde entonces –incluso desde el año de su edición, 1985– las prácticas amorosas han sido objeto de profundas transformaciones. ¿Existen florentinos y ferminas en las nuevas generaciones?

Es posible, pues los vínculos interpersonales siguen plagados de enigmas. Así lo entiende el sociólogo italiano Pierpaolo Donati, padre de la teoría relacional, quien insiste en que el secreto de la felicidad reside en la consecución de relaciones humanas satisfactorias. Cabe cuestionarnos qué hacemos para alcanzar este propósito.

De ahí que, movidos por esta tesis y en busca de evidencias que nos permitan mejorar la calidad de nuestros lazos primarios, en la universidad nos hemos integrado al proyecto AMAR – Antecedents of Marital Adjustment Research–, desarrollado por el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra, España. Su objetivo central es identificar los condicionantes del éxito conyugal, aquellos factores que favorecen la estabilidad y el goce en el marco de la vida de pareja. Se trata de un estudio longitudinal, de cohortes, en el que se realiza un seguimiento de evolución a lo largo de los años.

Los resultados posiblemente echen luz sobre algunas claves para la construcción de relaciones fructuosas y felices. La realidad nos indica que las sociedades occidentales han virado del amor romántico al amor confluente descripto por Anthony Giddens: contingente, activo y lejano de la perseverancia y la unicidad, o al amor líquido de Zygmunt Bauman, que también supone transitoriedad, inseguridad y falta de perspectiva de futuro.

En todos los casos, el terreno de la afectividad está hoy teñido de precariedad e individualismo. Pocas décadas atrás, Erich Fromm sostenía que amar es un arte que requiere conocimiento y esfuerzo, una capacidad que debemos pugnar por expandir. Sabemos que hay diferentes tipos de amor.

El amor erótico nos convoca desde nuestra índole de seres sexuados; no es indiscriminado, sino que está vertido hacia un alguien, hacia un tú concreto. Como devenir biográfico, el amor tiene sus etapas. Se consolida y perfecciona en el tiempo, y es por ello un bien arduo. Es claro que la existencia humana no se reduce a una búsqueda constante de placer, aunque las neurociencias sinteticen expectativas y deseos en esta afirmación.

Porque un enfoque individualista de la actividad social, que incluye la banalización de la sexualidad, se potencia cuando pretendemos aferrarnos a lo efímero. Nos alejamos de lo que subyace y equilibra, que es el amor entendido y asumido como donación recíproca y plasmado en la comunicación y el diálogo intersubjetivo. Por lo demás, el amor exige siempre una acción positiva. No es algo que simplemente nos pasa. Es una entidad que conquistamos día tras día desplegando una actitud proactiva que nos impulsa a englobar el futuro en el presente. Y que entraña un aprendizaje continuo.

En sociedades de consumo y descarte, resulta conveniente reciclar la fidelidad como valor, la exclusividad como oportunidad y la permanencia como progreso. ¿Pueden las relaciones humanas perdurar? El transcurrir en soledad nos enfrenta sin más a nuestra propia caducidad, mientras que una trayectoria cobiográfica nos abre la puerta a la trascendencia en los otros.

¿Puede el poliamor ser una solución a este dilema existencial? Para compartir hay que partir. Y en esta partición es la persona la que se escinde porque la dinámica de lo simultáneo no la representa. Podrá mantener múltiples relaciones a la vez, pero ¿amará de este modo? Sin duda, el amor anida en la unidad del ser y nos implica integralmente.

El llamado poliamor compone solo una tentativa de manipulación semántica. Apenas una fútil digresión, un cliché conversacional vano y vacío que aspira a evocar –sin lograrlo– la experiencia sublime del amor humano.