Israel: entre la identidad, el cambio y el miedo

La socióloga Batia Siebzehner expuso en la Facultad de Filosofía y Letras sobre la sociedad israelí: el real significado del sionismo, el peso de la religión, la guerra, el conflicto, los cambios posibles y el miedo como determinante político.

Israel: entre la identidad, el cambio y el miedo

Especiales por Elizabeth Auster / Publicado el 19 DE SEPTIEMBRE 2014


"Conflictos culturales y sociales en la sociedad israelí" fue el seminario que dictó Batia Siebzehner en la Facultad de Filosofía y Letras de UNCUYO, organizado por las Cátedras Libres de Cultura Judía y de Derechos Humanos, Nación y Racismo, y Extensión Universitaria de la Facultad y con el auspicio del Centro Internacional para la Enseñanza Universitaria de la Cultura Judía (Universidad Hebrea de Jerusalem), la Fundación Auge y la Sociedad Israelita de Beneficencia de Mendoza. Siebzehner es socióloga de Universidad Hebrea de Jerusalén, trabaja como investigadora en distintos centros de Israel, España e Inglaterra en temas como renovación religiosa ultra-ortodoxa en Israel y la diáspora, identidades colectivas en Israel, entre otros.


Las jornadas giraron sobre dos ejes: enclaves y clivajes, es decir, los grupos definidos por características en común y los criterios que dividen a la sociedad. "Israel es un laboratorio sociológico donde vemos concentrados los conflictos que podemos identificar en cualquier país del mundo. Es una sociedad de modernidades múltiples, un mosaico", continuó, y situó en el espacio y el tiempo al Estado de Israel: un país del tamaño de la provincia de Tucumán, rodeado de un Oriente árabe, con 8 millones de habitantes, creado formalmente en 1948, aunque muchas de las instituciones que lo administran ya funcionaban desde varios años antes. Sobre el régimen político, aclaró: "Hay que tener en cuenta que el gobierno es de coalición, hay 120 diputados en el Parlamento y por lo general el gobierno lo dirige el partido mayoritario; su fuerza depende de las coaliciones que se formen".


El clivaje nacional

"Israel es un Estado judío sin separación entre iglesia y Estado, pero no es un Estado religioso. Hay leyes básicas pero no constitución, por eso no hay consenso sobre la definición de Estado judío democrático. El clivaje nacional tiene importancia numérica: el 20 por ciento de la población es árabe, no palestinos sino los que quedaron en Israel después de 1948 como ciudadanos, con derechos y obligaciones distintos a los de los judíos", dijo la especialista. Los árabes pueden no participar del ejército, pero por eso pierden también ventajas, como los subsidios. Sí tienen derecho al voto, partidos propios y sus propias instituciones civiles. Logran menores progresos educativos y, en consecuencia, en el mercado laboral, y sus ciudades tienen una gran densidad de población.


No hay que confundir lo árabe con lo islámico, explicó la socióloga. "Islam es la religión, árabe es la procedencia. De ese 20 por ciento de la población, el 76 por ciento son musulmanes. El 2 por ciento son cristianos ortodoxos, pero muchos se fueron porque la relación con los musulmanes era muy tensa. Son culturas muy distintas. Los beduinos viven en su mayoría en el sur. En parte son tribus nómades, con sus propias leyes. Son poligámicos, endogámicos y tradicionales. Los drusos tienen una religión muy especial y secreta. Son interesantes porque no aspiran a un Estado pero son leales al país en el que viven. Ellos sí van al ejército y también son endogámicos".


"La autodefinición de los árabes cambia con las épocas, pero a la pregunta: 'Si hubiera un Estado palestino, ¿te irías a vivir ahí?', suelen responder que no, que se quedarían en Israel. El problema habitual de la identidad nacional entre mayorías y minorías, acá se acentúa por el conflicto permanente con el mundo árabe. Antes no existía el concepto 'palestino', pero desde que creció el movimiento por la creación de un Estado palestino, muchos lo adoptaron como una cuestión de pertenencia. Formalmente son israelíes. Es algo de los últimos 30 años", continuó.


Los judíos "son el 80% de la población", explicó, y caracterizó: "'Derecha' e 'izquierda' en Israel no pasan por una cuestión económica o por ser más populista o socialista, sino por la posición en cuanto a los territorios conquistados en la Guerra de los Seis Días de 1967. Alguien de izquierda dirá que son territorios conquistados; alguien de derecha dirá que son territorios extendidos. Cada generación de israelíes tiene en mente un mapa distinto de Israel".


La derecha ganó peso en las últimas décadas, señaló: "En los 90 ingresaron un millón de personas desde la ex Unión Soviética, a este país con 6 millones de judíos. Ellos apoyan al partido de Avigdor Liberman, Israel Beiteinu (Israel es nuestro hogar). No conocen a los árabes, no conocen el conflicto, en una época no entendían la realidad israelí, y votan a la derecha como reacción a todo lo que podía sonar como izquierda. Es una posición muy extrema de derecha no religiosa".


El clivaje ideológico

"Lo ideológico se ve en los asentamientos", continuó la especialista. "Unas 400 mil personas viven en territorios conquistados. En parte es ideológico, viven en la 'Israel amplia' o 'extendida', y en parte es pragmático: como en Israel la vivienda es carísima, las familias jóvenes consiguen en los asentamientos unas casitas muy lindas con lo que en la ciudad no podrían comprar un departamento de una pieza. Si a esas familias les pidieran abandonar los territorios y las indemnizaran, no tendrían problema. La inversión de Israel en esos territorios es altísima, a costa de la inversión en las zonas menos desarrolladas del país. Hay muchísimas presiones para mantener eso, especialmente en el gobierno actual. Existen grupos de oposición, como el de 'Paz ahora', surgido durante la guerra del Líbano, que tratan de luchar contra esas tendencias, pero no están institucionalizados como sus contrarios".


"El sionismo surgió a fines del siglo XIX e Israel se definió como Estado-Nación judío. El movimiento sionista nació antirreligioso; los religiosos adhirieron más tarde pero los ultrarreligiosos no reconocen al Estado de Israel ni su legitimidad. No hay consenso en cuanto a qué es ser judío. Para el sionismo fue una cuestión de nacionalidad, de cultura, en un marco europeo donde no había lugar para los judíos. Los primeros sionistas eran muy contrarios a la religión y abiertos a las ideologías socialistas transformadoras. Los ultraortodoxos, en cambio, se autoexcluyen del Estado porque creen en la venida del Mesías como redención del judaísmo y consideran que la creación del Estado lo retrasa".


El fuerte peso del clivaje étnico

Lo étnico genera hoy divisiones ideológicas y discriminación. Los judíos, explicó, se dividen entre askenazíes (europeos, los que llevaron el sionismo al territorio) y los sefaradíes o mizrahim (orientales). Estos últimos, en Israel, son los judíos provenientes de países árabes y musulmanes; fundamentalmente de Marruecos, pero también de Argelia, Irán, Irak, Libia, Siria. Para los sefaradíes, que llegaron a triplicar la población israelí a mediados de los 50, "el concepto de sionismo era totalmente desconocido. Los orientales no decían: 'Venimos al Estado judío' sino: 'Venimos a la Tierra Santa, a vivir como judíos', y llegaron a la Israel socialista, laica, donde existían los kibutzim. No entendían dónde estaban ni las reglas del juego de un país democrático. Les costó integrarse al mercado laboral porque no estaban preparados para una economía moderna. Se hicieron los 'trabajos inventados', como llevarlos a plantar árboles, para que pudieran trabajar. Quedaron en el sur y en el norte, donde estaban las zonas marginales y las ciudades en desarrollo". 


El casamiento, explicó Siebzehner, elimina un poco el peso de este clivaje. "El 27 por ciento de la población son matrimonios mixtos. En 60 años parece un porcentaje muy alto comparado con otros clivajes en el mundo, pero si pensamos que son todos judíos, parece muy bajo. Una vez que se casan tienen que decidir cómo educan a los hijos, qué comidas van a preparar. Es un planteo serio porque determina la relación con la familia. Hay sinagogas y sistemas educativos diferentes, como una continuidad de la costumbre de que distintas etnias no rezan en la misma sinagoga. A estos chicos les va peor en el sistema educativo: están en zonas marginadas, con los maestros menos preparados, y familias con poca educación para ayudarlos". En los últimos años, explicó, se intentaba remediar esta discriminación histórica.
 

La socióloga los definió políticamente: "Son votantes del Likud (N. de la R.: el partido de derecha tradicional, que fuera presidido por Menahem Begin, el que firmó la paz con Egipto), un partido de masas, porque tenían la idea de que el Partido Laborista era socialista y lo odiaban. El laborismo cambió su perfil hace años pero quedó la idea de que ellos los habían discriminado al mandarlos a las zonas geográficas más lejanas. Los votantes son orientales pero los políticos son askenazíes, lo mismo que las élites académicas. Estas diferencias se hablan y se buscan mecanismos compensatorios, pero no es fácil cambiar percepciones culturales y formas de pensar en una o dos generaciones".


El clivaje religioso como motor del cambio

"Quiero mostrar que la sociedad puede cambiar. Quizás no nos guste el modelo, pero es la creación de un movimiento muy fuerte en la sociedad civil", adelantó la socióloga antes de referirse al clivaje religioso dentro del judaísmo. "Nadie define qué es el judaísmo, excepto los ultrarreligiosos. El 42 por ciento de los judíos se definen como laicos; no diría 'ateos' porque guardan vínculos con la cultura, cuya base es un poco religiosa. El otro 58 por ciento se divide entre religiosos ortodoxos, conservadores, tradicionalistas, nacionalistas. Hay reformistas también. Los ultraortodoxos son el 8 por ciento de la población, con un peso político y cultural muy fuerte por las coaliciones políticas. En el gobierno actual no están, pero generalmente sí. Participan políticamente pero no reconocen al Estado de Israel y consideran que el sionismo retrasa la redención del pueblo judío. Acá llaman 'ortodoxos' a estos grupos, pero en Israel son ultraortodoxos y los llamamos jaredim, que significa 'temblorosos', temerosos de Dios. Al terminar la escuela van a una especie de secundarias, yeshivot, y se dedican al estudio de las fuentes sagradas. No van al ejército y el Estado los subvenciona con unos 300 dólares mensuales. Los hombres no integran el mercado laboral pero sí el mercado informal. Los más pobres buscan trabajar, pero como una solución de emergencia. Los varones no hacen estudios laicos, solo se preparan para entender las fuentes sagradas. Su sistema educativo es el más subsidiado, el Estado lo mantiene pero no lo controla. Las mujeres sí hacen estudios laicos para integrarse en el mercado de trabajo. Antes se formaban como maestras, pero ya no hay trabajo para todas; hoy se preparan en tecnología porque les permite trabajar desde las casas. Viven en barrios totalmente separados, son un enclave que invierte muchísimo para mantener las fronteras y que los chicos no se 'contaminen'. Las mujeres no van a las universidades, no por temor del grupo a que se formen sino a que estén en contacto con otras personas y se tienten también. Ellas tienen sus propios estudios terciarios". 


La socióloga detalló las divisiones: "Los ultraortodoxos forman tres grandes grupos con muchos conflictos: los jasídicos, que experimentan la religión; los lituanos, que vienen de Lituania, de la ex Unión Soviética, más entregados al estudio, y los sefaradíes. Los jasídicos o jasidim forman 56 grupos. Las fronteras se cuidan con los casamientos arreglados. Rechazan el sistema legal moderno; querrían que estuviera basado por completo en la ley judía, la Halajá. Participan en el Parlamento aunque no reconocen el Estado. Tienen decisión en temas de política exterior. Es un grupo que crece muchísimo, se orientan a la derecha política y no van al ejército. En esta última guerra, que coincidía con las vacaciones, consideraron que irse era abandonar su frente, los estudios, así que se quedaron a estudiar y rezar todas las noches para sostener el espíritu, aunque afirman que esta guerra, al igual que las anteriores, se debe a que el Estado de Israel retrasa la llegada del Mesías. Hace unos años se trató de pasar una ley para que fueran al ejército y respondieron con manifestaciones muy grandes. No toman armas, no por pacifistas sino porque todo lo que se haga para constituir un Estado soberano está de más. Entran en la política porque no tienen alternativa, para obtener recursos". 

 
La explicación de las prerrogativas que recibe este grupo es curiosa: "Ben Gurion, a principios de los 50, les concedió un status quo por el que podían estudiar y no trabajar, y no habría actividad pública los sábados. No en Tel Aviv, que parece una ciudad europea. Es que eran unas 800 personas y Ben Gurion creía que la religión desaparecería. Estos grupos habían perdido muchos integrantes en el Holocausto, entonces darles esto era una cuestión de respeto. Ningún gobierno posterior, aunque eran laicos, quiso modificarlo, pero ahora hay mucha tensión con este tema".


Continuó con la descripción de los religiosos nacionalistas: "Reconocen el sionismo; mantienen los principios religiosos pero se integran a la sociedad moderna. Desean mantener el status quo pero con otra dinámica. Algunas mujeres van al ejército pero se visten con polleras; otras hacen durante dos años trabajo social en hospitales, en zonas pobres, etcétera. Muchos grupos buscan que las mujeres participen más en la vida religiosa, donde están muy marginadas. La tendencia es a un nacionalismo activo y muchos se van a vivir a la 'Israel extendida'. Los hombres procuran posiciones de liderazgo dentro del ejército, lo que les permite aplicar prácticas religiosas. Tratan de influir en un ejército que siempre fue secular. Esto generó conflictos muy fuertes durante la última guerra. Los seculares se oponen a las decisiones de los jefes religiosos, por lo que hay una negociación constante. En Israel no siempre el resultado es el que queremos pero es una democracia en la que no se impone, se negocia". 


El sector religioso con los cambios políticos más importantes es el de los sefaradíes, un grupo estudiado por la investigadora durante varios años: "Tienen un movimiento similar al pentecostalismo, en el sentido de que viene de las bases populares, no surge desde arriba. En 1983, algunos sfaradim religiosos se organizaron y se presentaron en las elecciones municipales de Jerusalén, motivados, entre otras cosas, por la discriminación de los askenazíes ultraortodoxos; se sentían excluidos de la sociedad, sin representación cultural ni política. Ganaron cuatro bancas municipales y decidieron seguir en la política. En su mejor momento, este partido (Shas, sigla en hebreo de "Cuidadores de la Torá Sefaradí") tuvo 19 bancas en el Parlamento. Redefinieron la identidad oriental a través de la religión. El líder de este grupo, Ovadia Yosef, que murió en 2013, fue líder porque lo buscaron, no porque se propusiera. Era el rabino principal sefaradí; para ellos era grande en la Torá, para los askenazíes no era una autoridad. Ellos también traen de vuelta a la gente a la religión y trabajaron siempre con las clases sociales más débiles, en una práctica sistemática de conversión, muy elaborada y flexible; no había que convertirse (retornar, en realidad) al judaísmo de golpe. Empezaron a imitar a los que venían de Lituania y crearon un sistema escolar sefaradí con sus propias yeshivot. Cuando lo investigamos desde sus bases, vimos que era un movimiento cultural que se transformó en partido y hoy tiene 11 miembros en el Parlamento, que no es poco. Esta participación les dio orgullo y una sensación de pertenencia. Hubo un cambio en la sociedad a través de ellos, con un trabajo voluntario y sistemático. La gente sentía que el partido estaba presente todo el tiempo, no solo para las elecciones".


El movimiento político produjo también cambios religiosos: "Como dan educación y cuidado a los niños mientras los padres trabajan, les enseñan la religión y, con el tiempo, los mismos niños empiezan a exigir a los padres el cuidado de los preceptos. Esto crea tensión en las parejas, porque no siempre los dos quieren retornar y porque implica romper con las familias de origen si no son ultrarreligiosas. Por eso lo hacen muy flexible, paso a paso, a diferencia de los askenazíes que no dan opción: el puente se cruza o no se cruza. Con el tiempo, llegaron también a las clases medias. Es una muestra de que hay cosas que se pueden cambiar en el momento en que se decide cambiar. Las mujeres tienen acá más activismo que las askenazíes; más movilizadas, con más presencia. La hija del líder fundó un college para mujeres, donde se enseñan varias carreras".



El expansionismo, las fronteras y la cuestión palestina

Siebzehner respondió a las inquietudes del público asistente sobre Gaza, las fronteras y la posibilidad de los dos Estados: "Hoy nadie sabe cuál es el mapa correcto de Israel porque hay territorio bajo control palestino. La izquierda está por la devolución de los territorios y la derecha defiende mantenerlos. Israel se separó de Gaza hace unos años pero sostiene un control sobre la Franja. La diferencia está en llegar o no a un acuerdo. El gobierno hoy es una coalición de derecha, con algunos partidos que no se sabe bien para qué lado van, pero hay algunos representantes que estarían por la devolución. No hablo de una política pragmática, porque nadie pensó que Sharon iba a separar a la Franja de Gaza de Israel, en contra de toda la plataforma de su gobierno. Hoy la mayoría apoya la visión de derecha pero, quizás acá no se sepa, todos los sábados a la noche los grupos de izquierda hacían manifestaciones en Tel Aviv para que Israel terminara la batalla. Es muy difícil determinar cómo se sitúa la población. El 72 por ciento dijo hace un mes que estaba a favor de la creación de un Estado palestino, pero si se mira al Parlamento se ve otra cosa. Si hay elecciones de acá a seis meses no se puede saber lo que pasaría. Todo es muy contradictorio y complejo. Netanyahu empezó a hablar de dos estados, algo inimaginable hace 10 años, pero tiene presiones muy fuertes dentro de su partido. Liberman se refirió a un partido contrario diciendo: 'Ellos son derecha ideológica, yo soy derecha pragmática'. ¿Qué quiere decir 'pragmático'? Quizás se refiere a que puede considerar soluciones más dinámicas. En el momento en el que un gobierno, incluso uno de derecha, toma una posición pragmática, las cosas pueden cambiar. La tendencia general, visceral, en la sociedad, es contraria a la convivencia de dos estados". 


El contexto geográfico incita al miedo, explicó: "No todo es ideológico puro. Parte de la población vota a la derecha, especialmente al Likud, por resentimiento más que por ideología. Entre la gente común, no entre la intelectualidad, la imagen del árabe da temor. Hay mucha discriminación. La tendencia es preocupante, especialmente en los últimos meses. Son casi 14 años de ataques constantes de misiles. El extremismo del mundo árabe actual asusta: 200 mil personas muertas en el Líbano en el último año por luchas entre ellos y la presencia del Estado Islámico se ven sin distinción; la gente común de Israel se pregunta: '¿Con ellos tenemos que hacer la paz? ¿Cómo nos protegemos?'. En Gaza, más allá de lo que se conoce, se matan. Hay mucha violencia, y la Yihad y el desarrollo del Estado Palestino asustan incluso a los árabes dentro de Israel". 


El marco de violencia llevó a posiciones inéditas, concluyó la socióloga: "Muchos esperábamos otra Intifada, pero los árabes de los territorios conquistados no manifestaron porque el temor en el territorio israelí era Hamas. En Gaza hay muchas peleas entre la Autoridad Palestina y Hamas. Incluso los que aceptan un Estado palestino tienen miedo de la clase de Estado que pueda ser. Hay que ver qué grupos, dentro del mundo árabe, van a dominarlo. La Autoridad Palestina no tiene todavía legitimidad fuerte como para dar una solución al conflicto, y yo creo que hay que fortalecerla y apoyarla. Imaginemos que el Estado Islámico se apodera del territorio palestino: ahí no hay tratativas, no hay con quién hablar. Sí pienso que habría que institucionalizar a Hamas: si el grupo tiene que jugar con las reglas del juego que les impongan, se puede negociar. Hamas no es un movimiento de liberación, es un grupo terrorista que quiere que Israel desaparezca, pero a la vez, Hamas tiene miedo de desaparecer frente al Estado Islámico, con lo que irían de mal en peor. En el apoyo a Hamas también hay miedo a las represalias. Mucha población israelí, especialmente la menos educada, tiene miedos viscerales. No es tanto por sostener los territorios como por el temor de lo que puede estar atrás de todo eso. Ese temor es bien real y el Estado Islámico está creciendo".