La generosidad del maestro

El escritor colombiano, que murió el jueves, no sólo le dejó al mundo bellos textos sino que creó en 1994 la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), un espacio de aprendizaje para periodistas, donde se plantean los desafíos del oficio. Los talleres son una síntesis perfecta entre la disciplina y el placer.

La generosidad del maestro

Gabriel García Márquez creador de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

Especiales

Verónica Gordillo

Publicado el 21 DE ABRIL DE 2014


La muerte de Gabriel García Márquez me sorprendió releyendo Noticia de un Secuestro, el libro donde el maestro cuenta una de las etapas más tristes de la historia colombiana, cuando los narcotraficantes con Pablo Escobar a la cabeza, iniciaron una escalada de violencia y de secuestros para presionar al gobierno del presidente César Gaviria a olvidarse de la extradición a Estados Unidos, donde podían someterlos a condenas descomunales. Tenía la necesidad imperiosa de leer una investigación rigurosa, un reportaje bellamente escrito, que me sacara el sabor amargo que me dejaron las entrevistas televisivas a sicarios, las opiniones apuradas sobre un fenómeno complejo, acompañadas con música de película de terror, con tono florido, casi de anécdota, como para entretenerse en medio de la cena.

Me hacía falta leer un texto verdadero. Y ahí está todo. En esas páginas están plasmadas las enseñanzas que el maestro nos dejó: que el periodismo es siempre de investigación, que el único periodismo válido es el que está bien escrito y con rigurosidad, que es necesario escuchar, que este oficio de carpintero se aprende en la calle con la libreta y la pluma, con respeto por la verdad y la justicia y que es preferible contar bien, antes que contar primero.

Los periodistas no tuvimos que leer entre líneas para conocer estos secretos, el maestro fue generoso. En 1994 creó la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), un espacio para reflexionar sobre nuestro oficio, para que encontremos una voz propia, para debatir sobre las técnicas y la ética del que informa y opina.

Hace diez años tuve la oportunidad de participar en uno de los talleres de la Fundación. Fue un regalo, un remanso en medio del trajín diario. Los cinco días que pasé en Cartagena de Indias –donde está la sede de la FNPI– fueron inolvidables, la síntesis perfecta entre la disciplina y el placer. De día aprendíamos, escribíamos, nos criticábamos, discutíamos, debatíamos; de noche nos íbamos de parranda y terminábamos bailando, con la copita de ron en la mano, al compás del vallenato.

Ese espacio fue también un sitio ideal para conocer a colegas con los que compartíamos las mismas dudas, los mismos sueldos de miseria, los mismos dilemas éticos, pero también la misma pasión. Ese espacio sumó a mi vida a las grandes periodistas Cecilia González, Marcela Turati y  Medalith Rubio, con quienes seguimos en contacto, con quienes seguimos debatiendo, discutiendo, divirtiéndonos, bailando.

Ese espacio de aprendizaje no se agota con la asistencia a un curso, es un sitio de consulta permanente donde se plantean los desafíos que enfrenta el oficio y hasta hay un consultorio ético, que contesta sin demoras otro maestro: Javier Darío Restrepo.

La creación de la Fundación es la mejor muestra de que Gabriel García Márquez fue un maestro generoso. No solo le dejó al mundo hermosos textos, bellos cuentos y novelas; a los periodistas nos desafió a seguir aprendiendo, a dejar de lado el afán de protagonismo, a arremangarnos, a salir a la calle, a leer, a estudiar, a ser creativos. A los empresarios, los desafió a ocuparse de lo importante, a parar esa carrera enloquecida por la modernización material de sus medios, mientras dejaron para después la formación de sus periodistas y los mecanismos de participación que fortalecen el oficio.

Gabriel García Márquez fue un maestro y esa categoría, en mi humilde opinión, no está fundada en sus cientos de premios ni el reconocimiento de miles de lectores, sino en una virtud que muy pocos tienen: la generosidad de enseñar, de contar sus secretos, de desafiar a otros, de transmitir pasión por este oficio que es nuestra vida.

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