La mujer tras la manzana

En la sombra de la ciencia.

La mujer tras la manzana

Facultad de Filosofía y Letras Suplementos Especial Feminismo, ciencia y derechos / por Marian Nahir Saua, becaria de Prensa de la Facultad de Filosofía y Letras / Publicado el 20 DE MAYO 2016

Las figuras masculinas siempre han ocupado un lugar central en el desarrollo de la ciencia. Probablemente, la mayoría de las personas conocen la anécdota de Newton y de la manzana que le hizo descubrir la fuerza de gravedad. Manzana y varón son sinónimo de progreso en la ciencia. Sin embargo, el imaginario social relaciona de manera muy diferente los mismos elementos con la mujer. En la religión judeocristiana, la manzana es el símbolo del pecado. Eva se atrevió a tomar un fruto del árbol de la ciencia que le estaba prohibido y con ello corrompió a toda la humanidad. El binomio “mujer y manzana” es sinónimo de perdición. Desde su incidente con la fruta hasta la actualidad, la figura femenina ha quedado expulsada del paraíso científico.

Irene Binia, magister y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras, señala la caza de brujas de Gran Bretaña como la “expresión más violenta de la discriminación hacia la mujer”, puesto que fue un femicidio en el que muchas fueron cruelmente asesinadas por poseer saberes científicos. Se pensaba que los conocimientos que tenían algunas mujeres se debían a un pacto demoníaco, puesto que sólo los hombres podían estudiar.

Teorías aristotélicas, religiosas y naturalistas caracterizaron a las mujeres como inferiores, débiles y con escasa capacidad intelectual; por lo tanto, todo descubrimiento proveniente de una mujer era menoscabado. Un ejemplo de ello es lady Mary Wortley Montagu, quien descubrió la inoculación de la viruela en uno de sus viajes a Turquía. Desgraciadamente, la humanidad tuvo que sufrir millones de muertes y esperar casi ochenta años para que un hombre, William Jenner, “descubriera” la variolización. Él es llamado "el padre de la inmunología", mientras que la verdadera descubridora de la vacuna fue silenciada y olvidada. El Centro Interdisciplinario de Estudios sobre la Mujer de la Facultad de Filosofía y Letras publicó el libro Historia de la Medicina a través de sus mujeres con el objetivo de dar a conocer a las pioneras de la medicina de Mendoza y el mundo.

Hay muchas mujeres que han sufrido violencia de género en el ámbito intelectual. Por ejemplo, Bárbara McClintock realizó investigaciones en genética adelantadas a su tiempo; fue la descubridora de la teoría de los genes saltarines. Recién treinta años más tarde recibió el premio Nobel por su aporte. Susan Jocelyn Bell Burnell descubrió la primera radioseñal de un pulsar en su investigación de tesis, pero fue su tutor, Antony Hewish, quien fue reconocido con un Nobel. Caso similar fue el de Lise Meitner, parte de los descubridores de la fisión nuclear, sin embargo, solamente su colega fue reconocido. Años más tarde, en reivindicación, nombraron un elemento con su nombre: el meitnerio (de valor atómico 109).

La contribución de las mujeres ha sido crucial para el desarrollo de las ciencias. ¿Qué sería de la medicina sin los descubrimientos de la dos veces premio Nobel Marie Salomea Skłodowska Curie, o qué sería de las matemáticas sin Amalie Emmy Noether y sin Sophie Germain, o de la programación sin Augusta Ada Byron?

Conocidas o no, premiadas o no, maltratadas o no, las científicas dedicaron su vida a la investigación y, fuera de todo egoísmo, impedimento o circunstancia, dejaron legados importantísimos a la humanidad. La sociedad, los intelectuales y los prejuicios las han mantenido al margen, en la sombra de la ciencia. Reconocer el lugar que la mujer ocupa en la historia del conocimiento es un tema pendiente, si no, siempre estará “tras la manzana”.

 

Por: Marian Nahir Saua, becaria de Prensa de la Facultad de Filosofía y Letras