La violencia invisible de las maternidades

Los profesionales de la salud ejercen violencia obstétrica sobre cientos de mujeres, tanto en hospitales públicos como privados. Un problema que los médicos no advierten y que está naturalizado.

La violencia invisible de las maternidades

Foto: gentileza Dr Cardello. Censo Municipal 1905

Identidad y Género Unidiversidad por Verónica Gordillo / Publicado el 12 DE JUNIO 2013

Entre las paredes de las maternidades públicas y privadas de Mendoza crece un tipo de violencia silenciosa, casi invisible. Se cuela en las salas de parto, en los diálogos de las enfermeras, en los tratamientos que aprueba el médico, en las preguntas sin respuesta de la mujer y de su familia.

La violencia obstétrica no se vale de golpes, sino de un esquema de salud que sigue asentado sobre viejos postulados: que la palabra del médico es ley y que la mujer debe sufrir, aunque sea un poco, para parir.

Esta forma de violencia está contemplada y definida en la Ley 26485 de Protección Integral de la Mujer: “Es la que ejerce el personal de la salud sobre los cuerpos y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, en el abuso de medicamentos y en la patologización de procesos naturales”.

Pocos países latinoamericanos tienen una ley específica contra este tipo de violencia. Solo existe en tres estados de México y en Venezuela, donde la esterilización forzada esté penada.

Invisible

Esta forma de violencia es tan silenciosa que los profesionales de la salud no la ven, y se quedan pensando cuando alguien les advierte que la están ejerciendo sobre cientos de mujeres.

Una de esas personas –a la que médicos, médicas, residentes y enfermeras se queda mirando sin entender de qué habla– es el doctor Carlos Cardello, miembro del directorio del Hospital Lagomaggiore, donde funciona la mayor maternidad de la provincia, con seis mil partos mensuales.

Cardello forma parte de un pequeño grupo de médicos que advirtió la gravedad del problema y emprendió una tarea titánica para que el personal de la salud, las mujeres y la sociedad lo visualizaran y, sobre todo, para que no se siguiera naturalizando.

“Un día le comenté a un médico joven que daríamos una charla sobre el tema y me preguntó si lo íbamos a defender de las pacientes”, contó Cardello. Aunque se lo tomó con humor, el diálogo le demostró que esta forma de violencia tiene raíces difíciles de erradicar.

Hubo otras señales de alerta. Aunque participó en la redacción de la Ley 25929 de Parto Humanizado y está feliz con su aprobación, el profesional se preguntó qué mal debemos estar para tener que hacer ese proyecto, cuando esto debería ser una obviedad.

Pese a las señales, el médico está convencido de que este tipo de violencia se puede erradicar, aunque advierte que el proceso llevará años. Para acortar esos tiempos, da charlas a estudiantes, a médicos, médicas y al público en general.

La última exposición la dio durante el Congreso Departamental por la Salud de las Mujeres que organizó la comuna de Guaymallén, donde brindó pistas sobre los orígenes del problema. Recordó que durante 120 años la administración de los hospitales dependió de la Sociedad de Beneficencia, creada en 1823 y asesorada por higienistas del nacionalismo católico.

Solo por dar un ejemplo de la impronta de la institución, Cardello mostró viejos documentos sobre el premio Virtud, que entregaba todos los años esa sociedad. El primer puesto era para “La madre que haya sufrido más”.

Salud y negocios

La violencia obstétrica afecta a miles de mujeres y sus familias, y esto no es solo una frase. En Mendoza se realizan 34 mil partos por año, 50 por ciento en el sector público y 50 por ciento en el privado, según datos del Ministerio de Salud.

Cardello dio ejemplos de violencia obstétrica: una cesárea innecesaria, medicamentos injustificados, no respetar los procesos del parto biológico, no brindar información, utilizar un lenguaje inadecuado para hablar con la mujer y su familia, negarle el derecho a la intimidad. Y la lista podría seguir.

Cardello comentó también que el problema es mayor en el sector público, aunque el privado tiene una gran responsabilidad que, a su entender, no asume. Según datos oficiales, en el sector público un 30 por ciento de los partos se realiza por cesárea, mientras que en el privado, alcanza al 60 por ciento.

“La cesárea no es inocua, si una mujer no la necesita puede acarrear consecuencias para la mamá y el bebé. Existe mayor mortalidad infantil”, comentó el médico.

Cardello recordó tres principios que los médicos no deben olvidar trabajen donde trabajen: el beneficio de autonomía del paciente, el de justicia y jamás hacer una práctica médica que implique más riesgos para la persona, aunque sea ella o él quien se la pida.

“No hay duda de que la incisión depende de la obra social y de lo que la paciente paga. Es muy grave ligar la atención médica al concepto mercantil”, resumió.

El valor de las palabras

El lenguaje es otro factor central. Cardello se preguntó por qué la definición de recién nacido incluye la palabra expulsar cuando ninguna mujer quiere expulsar a su bebé–, por qué el médico dice “Yo hago partos” –y no "Atiendo un parto"– y por qué comenta que la mujer fue “sometida a una cesárea”, cuando ese concepto implica sujetar al otro.

“La mayoría de los médicos no lo ve, pareciera que las instituciones de salud viven ajenas al empoderamiento en derechos que lograron las mujeres en los últimos años”, se lamentó Cardello.

Pese a las dificultades de cambiar una cultura organizacional acarreada por décadas, Cardello forma parte de ese pequeño grupo de profesionales de la medicina que trabaja para visibilizar esta forma de violencia, que para la mayoría de las personas es casi invisible y hasta natural.

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