Lágrimas vitales

Dimes, diretes, prejuicios, mitos y una mirada antropológica sobre la menstruación. Concebida por diversas religiones y por el modelo patriarcal como una patología que debemos ocultar, miles de mujeres buscan, a través de la reconexión con el cuerpo y la naturaleza cíclica, transmutar esta experiencia física y emocional en un proceso de purificación y renacimiento.

Lágrimas vitales

María Pilar Baeza, obra sin título.

Identidad y Género

Unidiversidad

Emma Saccavino

Publicado el 07 DE AGOSTO DE 2013

  Pues entonces se trata de escribirla con sangre, fluidos, con el cuerpo entero palpitando, doliente, quejoso, molesto y rebelándose”, me escribe, empática, Rosana Paula Rodríguez al confesarle la movilización interna y las trabas desatadas por el afán de acercarme a las significaciones antropológicas, históricas e inevitablemente personales de la menstruación, hilo de la nota que aquí comienza.

 

Es que cómo no removerse si, conscientes de nuestra condición de féminas cíclicas y mutables, de nuestra capacidad de germinar y de cortar, dar a luz o negarla, nos cabe nada menos que la palabra de vida o de muerte.

 

Desde hace siglos y hasta hoy, la menstruación ha sido asociada con el asco o la vergüenza; curiosamente, no nos resultan tan repulsivos otros fluidos corporales como mocos, semen, secreción vaginal, lágrimas o saliva. La idea de tener contacto con nuestro sangrado puede parecer desagradable, porque hemos sido educadas para ver a este fluido como algo a evitar, a pesar de ser un proceso natural, una cualidad única de la mujer, una purificación interna: es aquí cuando aparece la necesidad de desaprender los prejuicios hacia la menstruación y de vivir con bienestar cada ciclo.

 

Las mujeres originarias norteamericanas, por caso, creen que esta etapa del ciclo es un excelente momento para centrarse y equilibrarse. El flujo que sale del cuerpo lava todas las impurezas y las cosas negativas que han ocurrido durante el mes. En ese vínculo intrínseco con la naturaleza, aluden al período menstrual como estar "en la luna", que se considera un momento positivo.

 

Para profundizar en esta experiencia introspectiva que nos define como género desde una mirada sistémica, hablamos con Rosana. Socióloga y doctora en Investigaciones Feministas de profesión, gestó en 2001, con un grupo de mendocinas, la colectiva Las Juanas y Las Otras, definida por el grupo como “feminista y marxista: tenemos una posición clara respecto de las mujeres de sectores populares: el feminismo debe ser para todas”.

 

Te propongo comenzar por el origen filológico del término…

Acepto el desafío. “Menstruación” viene del latín mensis, que quiere decir “mes o “tiempo”, pero también quiere decir “luna”. Otra acepción de la palabra hace referencia al ciclo lunar, es decir que desde siempre la menstruación ha estado ligada a esa regulación mediante la luna. Desde la prehistoria se ha pensado en ella como aquello que establecía la relación prioritaria con la naturaleza, la forma de vincularse con los ciclos de la vida. Hay un rastreo antropólogo sobre el verdadero significado del término, porque de repente pasó a ser una palabra significada como enfermedad, como aquello que no queremos, como una herida, como un malestar, como algo que afecta la salud, como aquello que no queremos nombrar, como una visita inesperada. Entonces es como que de aquel significado que la vinculaba con la luna y que era tan importante, ha pasado a ser algo desagradable, que se trata de manera peyorativa…

 

Tengo entendido que en las sociedades matriarcales, de hecho, pautaba los períodos de siembra y de cosecha…

Claro, esta asociación con la luna tenía que ver con los períodos del proceso natural de la vida. Pautaba los tiempos de cosecha, de siembra, de introspección del trabajo hacia adentro. Hay una autora irlandesa que se llama Miranda Gray que tiene un libro llamado Luna Roja, en donde va contando justamente cómo podemos pensar la menstruación desde el lugar de donde optimizar nuestra energía o nuestro poder; ella dice que sería recomendable alinearse al ciclo lunar, porque estas capacidades que la mujer desarrolla durante la menstruación se potencian mucho más si vamos al ritmo de la naturaleza. Por ejemplo, la luna llena es el período para dar, es el momento de una mujer que está abierta al mundo. Bajo la luna llena se hacían encuentros entre mujeres para agradecer, festejar, entregarse. Cuando menstruamos nos replegamos, nos metemos en nosotras mismas, es un momento de reflexión, por eso hay que menstruar cuando la luna también se repliega.

 

¿Cuándo se despierta el afán por resignificar esta experiencia femenina?

Hace muy poco, pues desde el sistema patriarcal médico se habló siempre en términos de un problema menor, no había sido pensada, ni investigada desde otras facetas más complejas. Muchos aspectos que empiezan a tenerse en cuenta recién cuando las feministas ingresan en academias y empiezan a poner en cuestión a la medicina hegemónica, que pone como norma y canon el cuerpo del varón, o toma el cuerpo de las mujeres pero solo de algunas mujeres, mujeres blancas, heterosexuales. Hay cuestiones que tienen que ver con factores externos, por ejemplo, que no habían sido tenidas en cuenta…

 

¿En qué se detecta?

En los sesgos que podríamos notar en torno a la menstruación; por ejemplo, la afectación del invierno, el nivel de estrés: son muchos los factores externos que inciden. Es más, ese modelo incluso considera algo anormal el vivir el dolor, se dice también que en realidad es psicológico: eso es negar el problema, invisibilizar su existencia, cuando la menstruación debería ser tomada como un indicador de salud, y esto a su vez contribuiría a que cada una de nosotras tenga un registro del propio cuerpo. Esto tiene también que ver con la recuperación de nuestro cuerpo.

 

¿En qué sentido?

Estamos amarradas a él desde lo biológico, debemos cumplir con un mandato, nuestra biología nos obliga a cumplir con el mandato de la maternidad, estamos amarradas a una ideología que se ha confundido y nos ha puesto históricamente en un lugar que ha servido para justificar esa desigualdad de géneros, esa inferioridad, estamos amarradas a ese cuerpo pero enajenadas de él. Por otro lado, estamos amarradas al cuerpo pero expropiadas de él, amarradas a un discurso biológico. Estamos enajenadas de todas nuestras experiencias vitales, la menstruación está pensada como una experiencia dolorosa, de malestar, de incapacidad, es como que la menstruación te inhabilita a muchas cosas. Sin embargo, en algunas culturas antiguas las mujeres eran valoradas en torno de su sangre, con esa sangre se regaban los sembradíos para darle fuerza. Era un fertilizante. Estaba valorado en un sentido que tenía que ver con la energía de las mujeres, con el poder de las mujeres.

 

¿Qué factores incidieron en este cambio radical?

Fundamentalmente, la religión: tiene que ver con la lucha entre el sistema patriarcal, la espiritualidad que se impone y este modelo de religiosidad pagano en donde las mujeres tenían un poder importantísimo empieza a generar una molestia; a partir de la inquisición asesinaron a cinco millones de mujeres, el genocidio más grande a través de la llamada “caza de brujas”.

 

Que hoy, si lo miramos con perspectiva de género, no es otra cosa que un femicidio sistemático disfrazado, la famosa excusa de la “brujería”. Y este dotar a la menstruación de virtudes mágicas o poderosas pervive…

 

Ni hablar, genera miedo, porque se cree que con la menstruación podés lograr conjuros, podés obligar a que alguien te ame para siempre, podés transformar a alguien…

 

¿Conocés algunas fuentes de esta asociación entre brujería y menstruación?

Por ejemplo, en el Malleus Maleficarum (Martillo de las brujas), un libro que escriben dos padres de la iglesia, dos obispos alemanes, explican cuáles son las causas para juzgar y quemar en la hoguera a una bruja: una de ellas una era el conjuro que podían hacer con las menstruaciones. Todo lo que tenía que ver con lo femenino estaba tomado en cuenta como algo maldito, en las mujeres podía ingresar el demonio muy fácilmente. Otros referentes de la iglesia como Tomás o Agustín tenían conceptualizaciones de las mujeres muy parecidas a las de Hipócrates o Galeno, que nos definían como un hombre fallado que debía obedecer al varón, mantenerse célibe y ajena, porque era impura. Imaginate que si se creía que una madre iba a tener una mujer se permitía el aborto, porque se decía que el alma tardaba más tiempo en entrar en los cuerpos de las mujeres que en el de los hombres. Increíble pero cierto: bajo ese pretexto, la iglesia en una época permitió el aborto.

 

¿De dónde viene la consideración de las mujeres como impuras?

Desde la antigüedad empiezan a aparecer grandes ideólogos, los padres de la medicina de esa época, como Hipócrates y Galeno, uno en Roma y otro en Grecia, que determinan qué es para ellos ser un varón y qué es ser una mujer. También Platón: para él, la mujer era un ser fallado; para Aristóteles es una vasija en donde el hombre deposita a través de su semen un ser que ella debe llevar nueve meses dentro de su cuerpo-vasija. Luego, muchos usaron –y usan– las diferencias biológicas para definir una superioridad del hombre sobre la mujer y una conducta en consecuencia con eso; se justifica así la dominación sobre la mujer frágil física y psicológicamente, que necesita un hombre que la domine y la controle para que no entre un demonio en su cuerpo.

 

Y la menstruación, ¿qué lugar ocupa en este esquema lógico?

La menstruación es algo extraño de las mujeres que no logran ser interpretadas o comprendidas, porque aún no se asocia ese ciclo lunar con la fecundación ni la maternidad; esto se descubre recién en 1600, entonces imaginate que el papel que tenía la mujer en la concepción era mínimo, de modo que todas las experiencias vitales femeninas eran de temer. Fue así como se empezaron  a crear tabúes y mitos terribles en torno a la menstruación, pasamos del tiempo en el que la sangre de la mujer regaba la tierra a un tiempo en el cual eran excluidas de todo espacio cuando estaban menstruando, en el que tenían ocultarse, esconderse y no podían realizar ninguna actividad…

 

Algo que ha durado hasta nuestros días. Casos paradigmáticos son las publicidades de toallas femeninas, que apuntan directo a esto de esconder, disimular, que no se vea…

Que no se vea lo rojo. Fijate que en esas publicidades muestran pruebas de absorción con un líquido azul. Antes lo rojo se usaba en el sentido positivo: la luna roja. Ahora se trata de ocultar, que no se note. La sangre genera miedo. Los olores que generan nuestras vaginas, sobre todo en periodo de menstruación, todo eso parte de un discurso y un argumento que tiene a reforzar la idea de que las mujeres necesitan estar controladas desde el punto de vista farmacológico, médico, psicológico, psiquiátrico, debe haber todo un sistema tecnológico para que ellas mantengan el control de sus vidas. Se cree que todas las mujeres viven los ciclos de la misma manera, sin embargo buscamos cinco mujeres y seguramente ninguno coincide. Hay algo fundamental, que es el hecho de que el período, y esto tiene que ver con las capacidades que genera nuestra regulación hormonal y nuestro cuerpo, genera ciertas habilidades. Hay algo muy bonito que pasa en la relación entre mujeres: cuando dos mujeres viven juntas, de repente la menstruación empieza a alinearse, está eso de estar conectadas y ser cómplices. Puede pasar con una hermana, con amigas, con compañeras de trabajo; a medida que van fortaleciendo la relación, las menstruaciones empiezan a alinearse.

 

¿Cómo se lee esto desde las teorías feministas?

Este proceso tiene que ver con las habilidades que se generan cada vez que estamos en un periodo cíclico y vemos cómo el mundo exterior influye. Cuando vemos esto nos sorprende; sin embargo nos está hablando del vínculo entre mujeres, de un espacio de construcción, de sociabilizar, de complicidad, de transmitir, de compartir. El pensamiento feminista ha construido en base a esto sus primeras agrupaciones, construir espacios de affidamento –confianza mutua– entre mujeres, de amistad, de hermandad, de sororidad –hermandad entre mujeres–. Algunas de estas primeras feministas venían de monasterios, de algunas monjas que han sido definidas como las primeras pensadoras feministas dentro de la iglesia, o como las beguinas, que fueron expulsadas de la Iglesia y que vivieron en monasterios durante muchísimos siglos; hace dos meses murió la última beguina en Alemania. La sororidad, el affidamento y el continuum lesbiano, del que habla Adrienne Rich, una autora estadounidense, son nombres para ese vínculo entre mujeres que está más allá de la intensidad sexual. En los 60 y 70 esto surge como forma de organización política, nace la necesidad de politizar esta forma de relación. Pero lamentablemente hubo un momento antes en la historia, volviendo a la irrupción del catolicismo y el poder de la Iglesia, en el que las mujeres pierden el poder y por ende, el conocimiento de su propio cuerpo. Ahí es donde empieza la idea de que la menstruación es algo para temer, algo que hay que ocultar. Había una ignorancia y un temor muy grandes y esto volvía a poner a las mujeres en un lugar de debilidad. Esta definición de fragilidad, de tormento, de dolor, como no era analizada ni estudiada, se “diagnosticaba” como un problema de histeria femenina. Cuando yo era chica, escuché mil veces que las mujeres no deberíamos experimentar ningún dolor durante la menstruación y que aquellas que lo sentían, seguramente estaban pagando por algo. Nos han enseñado a desvalorizar algo tan importante como la menstruación, que, repito, debería ser un indicador de salud para las mujeres; nadie conoce mejor que nosotras el estado de nuestros cuerpos.

 

Además de esa desvalorización se han creado mitos extraños, como no que no debemos hacer mayonesa casera cuando estamos menstruando, no podemos bañarnos ni mantener relaciones sexuales, se nos corta la crema, no podemos “curar” la “ojeadura”…

Claro, se han creado mitos y tabúes tremendos. A mí me llaman mucho la atención, pero lo que más me sorprende es esto que tiene que ver con el daño: una mujer que está menstruando es una mujer peligrosa, es capaz de generar un maleficio; esta mujer es capaz de generar una situación maligna, porque está viviendo una experiencia poderosa, y sí, claro que es una situación poderosa, que pone a la mujer hacia adentro. Esto de estar relacionada con el ciclo lunar hace que puedas estar más en contacto con la naturaleza. Uno de los aspectos que se ha señalado desde el punto de vista feminista es el poder energético que tiene en cuanto a lo creativo: como es un momento hacia adentro, proporciona las herramientas necesarias a través de la meditación, la reflexión o de la crítica para poder crear. Es un momento que tenemos que respetar, debemos escuchar el cuerpo. Tenemos que empezar a prestar atención a que el cuerpo nos habla, podemos ver cómo está nuestra salud cuando estamos menstruando, podemos reconocer en el ciclo menstrual ciertos problemas de salud, un dolor muy grande o explosiones intensas, menstruaciones muy pequeñas o ciclos irregulares, todo es por algo. Cómo puede ser que no se haya tenido en cuenta la influencia que el mundo exterior tiene sobre esto: el trabajo, la presión, la explotación laboral, el estrés, detectar eso es volver a conectarnos con nuestro cuerpo. El cuerpo da señales, nuestra menstruación cumple una función y cuando no está funcionando de manera armónica, es porque algo está pasando. Hay mujeres que han desarrollado esto y han vuelto a hacer cosas como antes, no usan toallitas sino que las hacen con tela como las mujeres de hace tiempo, o la copa menstrual…

 

Que implica volver a tener un contacto directo con la sangre…

Claro, verla, sentirla, olerla, no tirarla, no desecharla, porque si lo desechás de la manera que se hace hoy, reforzás la idea de que eso es suciedad, de que es algo malo, enfermo, sucio. Además tiene que ver con políticas higienistas, todo el sistema que tiene que ver con las costumbres correctas y adecuadas para la sociedad, que necesita que las mujeres tengan higiene pero no en términos de calidad de vida, sino de control, tiene como objetivo el disciplinamiento, erradicar esos flujos que creen sucios.

 

También está eso de “que el varón no se entere”…

Claro, son cosas de mujeres, eso justamente parte de la vergüenza que te causan tus propios fluidos, por eso tenés que higienizarte, tenés que estar limpia, desodorizada, no vaya a ser cosa de que alguien te sienta que tenés olor a sangre, qué horror, tener un pantalón manchado con sangre es una vergüenza…

 

Claro, está también vinculada al pudor, desde la primera menstruación.

Totalmente, el miedo al olor, vergüenza. Está esa idea de que si se te mancha la ropa es lo peor que te puede pasar, se te arruina el día, tenés que ocultarlo, creás toda una serie de mecanismos para esconderte. Por eso hay que valorar nuestro cuerpo y las cosas que nos pasan, sintonizar con la naturaleza, sincronizar con la luna, como dice Miranda Gray. Tal vez puede parecer una experiencia mística, sin embargo qué hace del misticismo una rama menor que la ciencia, que aún sigue sin conocer cuál es el origen de la endometriosis. Así que no hay que desvalorizar un conocimiento porque parezca místico; creo que el feminismo ha logrado integrar en este sentido ese saber mitológico, propio de la experiencia, con la ciencia, el arte, la cultura, la literatura, la poesía, la historia, la tradición oral, todo para contribuir al conocimiento y aprender a conectarnos con nuestro cuerpo y con el ciclo. Las mujeres necesitamos momentos para nosotras, de introspección, de meditación, de cuidado, de bajar un cambio, comer chocolate, sentirnos queridas. Y reconocer cómo la vivimos cada una de nosotras, porque somos todas diferentes.

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