Múltiples sentidos de la violencia

"Al río que todo lo arranca lo llaman violento, pero nadie llama violento al lecho que lo oprime" (Bertolt Brecht)

Múltiples sentidos de la violencia

Gentileza de 20 minutos

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales Suplementos El grito de Ugarteche / por Javier Bauzá, técnico superior en Operación Psicosocial, sociólogo y codirector de la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales / Publicado el 02 DE NOVIEMBRE 2015

¿De qué manera se expresa la violencia? ¿Por qué la sociedad produce sujetos violentos? ¿Cómo afecta a los diferentes sectores sociales? ¿Qué está pasando con la trama vincular?

Son muchas las preguntas que deberíamos empezar a pensar para abrir una discusión sobre una temática tan compleja. En una sociedad múltiple, compleja y contradictoria debemos hacer un esfuerzo para comprender las leyes que la rigen. Nuestra intención, entonces, es intentar describir algunos aspectos y sus interconexiones. 
 

Los sentidos de la violencia

Podemos entender la violencia como una determinada calidad o forma de las relaciones vinculares y sociales, lo que nos conduce a estudiar la esencia de esas relaciones. En la vida cotidiana el auge del delito, con raíces sociales más evidentes o más ocultas, ha aumentado con el correr de los años.

Pero hay diversas formas y sentidos de la violencia. Por un lado está la violencia escolar, en el fútbol, en el barrio, etc., claramente identificada con el deterioro del tejido social. Por el otro, las rebeliones de amplios sectores populares, como el Mendozazo de 1972 o en el 2001, que son muy diferentes a las anteriores, ya que tienen un sentido emancipatorio o, como mínimo, se relacionan con el hartazgo de grandes mayorías hacia el orden establecido.
 

Una sociedad silenciosamente violenta

Los hechos de violencia que sucedieron en Ugarteche aparecieron en la sección de policiales, pero no son un tema policial sino un drama social. Para abordar este caso particular, o el de las 78 muertes por violencia social en Mendoza, tendríamos al menos que enunciar algunas características estructurales que no son de corto plazo. A riesgo de simplificar, nombramos algunas de ellas:

  • A pesar del discurso y de las fábricas de ‘ensamble’ de origen nacional, aún vivimos en un país dependiente económicamente. En otros momentos históricos dependimos de España, Inglaterra o Estados Unidos; quizás el cambio de los últimos años sea nuestro nuevo “socio estratégico”, como plantea Octavio Bordón: “China se ha reubicado y repotenciado en el nuevo mundo del siglo XXI”.
  • La contracara de este proceso es la concentración de la riqueza que este intercambio promueve en sus socios locales. América Latina sigue siendo una región donde reina la desigualdad: "No es la más pobre, pero sí la más desigual del planeta", afirmó hace unas semanas José Angel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Mientras se cierra la llamada "década dorada” de América Latina, caracterizada por los altos precios de las materias primas y porque las economías de la región no crecen al mismo ritmo, un informe de Oxfam estima que existe el riesgo de que 200 millones de latinoamericanos caigan en la pobreza.
  • En el mismo informe, Rosa Cañete Alonso explicó: “En términos de riqueza, la región ha experimentado desde 2000 a 2014 una mayor concentración. Actualmente, el 10 % más rico concentra el 71 % de la riqueza y el 1 % más rico, el 41 %”. Según estimaciones de Oxfam, “si no se toman acciones directas, en 2022 el 1 % más rico tendrá más riqueza acumulada que el grupo 99 % restante”. En tanto, con respecto a los altos niveles de concentración de la propiedad de la tierra, dijo que “América Latina es la región más desigual en el reparto de la tierra de todo el mundo”, donde el 64 % del origen de la riqueza proviene de la propiedad de la tierra e inmobiliaria. Esto es “una herencia que traemos desde la colonia”.
  • El negocio del tráfico de drogas, “que hoy se lleva 800 mil millones de dólares por año”, la prostitución y la trata terminan de configurar un contexto de degradación violenta de los sujetos.

Ninguno de estos rasgos explica de forma unívoca el aumento de la violencia, pero es imprescindible comprender su interconexión para intentar abordar esta problemática.
 

Entre el discurso y la realidad

Existe un mirada maniquea y errada del problema, que se manifestó por ejemplo, en los casos de linchamiento, donde por un lado están los que plantean que los linchadores eran de una clase media resentida y anti-inclusiva, y por el otro lado los que sostienen, ante la ausencia o inacción policial, el derecho de los ciudadanos de armarse o, peor aún, atacar a cualquier “sospechoso” por portación de rostro.

Hay algo así como mundos paralelos en las construcciones discursivas y en las representaciones que circulan, producidas por dos sectores del bloque dominante, ligados a una forma de discusión política que se traslada a todos los ámbitos: kirchnerismo o antikirchnerismo. Cuesta discernir si se trata de ficciones o de mundos no conectados entre sí.

Lo que en la vida cotidiana no puede ocultarse es que en las escuelas, en los centros de salud, en los barrios populares se ha producido una gran ruptura de la solidaridad, de vínculos, de afectos. Hay que intentar analizar si el individualismo, ventajeo, pisar, pasar por arriba, son excepciones, anormalidades, o si son síntomas, emergentes de esta problemática tan compleja.
 

Fragmentación de lazos vinculares

La gran dificultad para la construcción y mantención de lazos solidarios, que a su vez son el sostén del sujeto y de su identidad, se manifiesta en el quiebre de los vínculos más cercanos.

Desde una mirada psico-social, el sujeto que delinque y ejerce violencia en los otros es un sujeto que no puede elaborar su angustia y frustración, por lo que queda atrapado en el pánico; su defensa es la descarga destructiva. Más allá del beneficio inmediato del robo, el sujeto actúa en el mundo externo como un intento de destruir la angustia que tiene en su interior. El problema es que ese intento fallido de resolución de su angustia retorna sobre sí mismo, con la reactivación del círculo de ansiedad y agresión.

“Está jugado…”. El delincuente sabe de su destino de exclusión y conoce el desprecio social por su clase y por su vida. Seducido por los bienes que el orden “ofrece”, se le hace imposible desembarazarse del estigma, por lo queda librado a su suerte y a su posibilidad de rearmar redes afectivas y de sostén.

La situación de frustración cotidiana, multiplica las vivencias de pérdida e incertidumbre, genera ansiedad y confusión. Se fragilizan los vínculos y se pierde autoestima: “Si mi vida no vale… ¿por qué va a valer la del otro?”.

El sujeto no puede reconocer su propia historia, su identidad y sus necesidades. (“Formas y sentidos de la violencia social: violencia urbana, violencia estatal y violencia popular. Reflexiones sobre sus efectos subjetivos”. Marcone, Rosa. Revista Temas de Psicología Social N.° 21).
 

Respuestas colectivas

Quizá unas de las respuestas más claras que hayamos visto últimamente se relacionan con la violencia de género en las marchas por la aparición con vida de Johana Chacón y la movilización con la consigna “Ni una menos”. También, en otro orden de cosas, en las manifestaciones contra la megaminería que violentamente envenena nuestra agua y la recuperación reciente de una nieta de desaparecidos en nuestra provincia.

Esto ha implicado una lucha que identifica a grandes sectores de la sociedad con necesidades comunes. Es un proceso crítico en el que se le vuelve inevitable a las grandes mayorías saber quién obstaculiza la posibilidad de resolución de esas necesidades, y por lo tanto se hace necesario identificar a los enemigos. Comprender que las grandes empresas tienen sus representantes en el poder político, que es imposible la trata de personas sin la connivencia policial o la violencia de género sin la complicidad de los jueces, es un camino inherente a la búsqueda de justicia.

Cuando el miedo y el temor que paralizan son reconocidos, empiezan a aparecer, albergadas en la fuerza de la organización colectiva, formas más genuinas de lucha contra “estas formas de violencia”.

 

Por Javier Bauzá, técnico superior en Operación Psicosocial, sociólogo y codirector de la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales