Siempre sonrientes, la dictadura del “like”

Frente a los mandatos sociales que buscan unificar a los seres humanos bajo una superflua imagen de perfección, los especialistas en diferentes áreas apuntan a volver a descubrir las emociones.

Siempre sonrientes, la dictadura del "like"

Foto: CriBytes

Sociedad Unidiversidad por Zulema Usach / Publicado el 13 DE FEBRERO 2019

La consigna para abrirse paso al éxito, parece sostener el imaginario social, no solo es mantener un cuerpo esbelto y vestir ropa a la moda. La sonrisa –limpia y libre de cualquier desperfecto bucal– debe estar presente en todas las fotos y videos que desde el otro lado de la pantalla los demás perciban. Mantenerse siempre en actividad, con la predisposición necesaria para cumplir con mil actividades en un mismo día y sin parecer agotados/as. Y, claro está, llegar al final de la jornada con pocas calorías en el cuerpo y muchos kilómetros corridos. Sonrientes, siempre sonrientes.

Como asintiendo con cada gesto a la maraña de mensajes publicitarios, repitiéndonos al oído nociones de felicidad generalizadas, los habitantes de este mundo regido por los mandatos del mercado, la productividad y el consumo han comenzado a preguntarse hasta cuándo es posible soportar semejante presión. Paradójicamente, de hecho, se trata de épocas en las que, como nunca, el consumo de ansiolíticos, antidepresivos, libros de autoayuda y terapias “anti estrés” parece ser tan vital y necesario como el agua.

¿Y las emociones? Pese al esfuerzo empresarial de intentar aplacarlas a fuerza de capacitaciones lideradas por “gerentes de la felicidad”, ellas están allí, manifestándose a cada instante, con cada situación vivida y latiendo en cada tramo de vida. El planteo humano y existencial es inevitable en este sentido para dar paso a la reflexión. ¿Cuál es el límite para no buscar ser semejantes a un robot y a la vez, encontrar un sano equilibrio con el humano que quiere adaptarse?.

Desde la psicología, el coaching y la filosofía, especialistas mendocinos reflexionaron con Unidiversidad sobre estos aspectos. José Muñoz, secretario general de la Federación de Psicólogos de Argentina e integrante del equipo de orientación y asesoramiento del Departamento de Aplicación Docente, considera que vivimos en una sociedad que obliga a las personas a los procesos de triunfo y de éxito, donde el concepto de felicidad aparece banalizado y encasillado, cuando en realidad el hecho de ser feliz no siempre puede ser alcanzado. De hecho, sostiene, no existe la felicidad permanente.

Por eso, afirma, es importante trabajar con las distintas sensaciones, contarles a otras personas cuando uno no está bien y tener en cuenta que a lo largo del día vamos a pasar necesariamente por diferentes emociones. “No es normal ni saludable verse o esforzarse en estar siempre feliz. Esa situación no sería normal en ningún ser humano”.

Muñoz dice, incluso, que los seres humanos tenemos derecho a tener un padecimiento. “Hay una estigmatización del malestar e incluso a veces nos cuestionamos el hecho de no sentirnos bien”, destaca, y recomienda que cuando aparecen circunstancias de sufrimiento, lo ideal es reflexionar, darse el tiempo y el espacio, permitírselo y, si es necesario, consultar con un especialista para que acompañe en el tránsito de ese proceso que no se resuelve de un día al otro ni tomando una pastilla. “Tampoco es bueno patologizar cada estado de ánimo”, explica, y recalca que es importante trabajar con las distintas sensaciones, contarles a otras personas que uno no está bien y tener en cuenta que a lo largo del día vamos a pasar necesariamente por diferentes emociones.

 

Escucharse y respetarse

En el plano del coaching profesional, también están vigentes las miradas que buscan ahondar en la humanidad del ser. Diana Chiani, coach ontológica profesional avalada por la Asociación Argentina que nuclea a los profesionales de esta disciplina, recalca la importancia de “volver a descubrirnos, permitirnos altibajos y, ante todo, percibir nuestros sentimientos”.

Desde el punto de vista de la profesional, es fundamental darnos cuenta de qué cosas nos están haciendo mal y cómo esto se manifiesta en el cuerpo y el alma.

“Una vez que reconocemos nuestras emociones, es bueno tratar de conocernos a nosotros mismos, ponerle un nombre a lo que nos pasa y poder charlar con alguien de confianza para que nos aporte una perspectiva”, recomienda Chiani, y aporta que otra herramienta aceptable –siempre dejando fuera los casos que requieren de un tratamiento especializado en salud mental– es escribir aquello que nos pasa para poder, en primera instancia, identificarlo.

“Cada emoción juega un papel clave en nuestra vida. No hay emociones malas, ya que cada una tiene tras de sí un fin específico y permite ayudarnos a descubrir, incluso, nuevas formas de resolver las diferentes situaciones”, explica la profesional. Por eso, dice, es fundamental diferenciar entre lo que es urgente y aquello que es importante. “Es conveniente escucharse a uno mismo, respetarse y brindarse el momento para reflexionar y actuar en consecuencia”.

 

Sin “recetas mágicas”

Al ahondar en las causas del “mandato social” existente para tener siempre un pensamiento positivo, el  psicólogo Daniel Venturini explica que se combinan varios factores. El primero, según detalla, es el que tiene que ver con un componente social, en el que la persona quiere “verse bien” en todos los ámbitos donde se desarrolla, busca priorizar la apariencia por encima de todo y se muestra profundamente preocupada (y ocupada) por “el qué dirán”. El segundo, diferenció el profesional, tiene que ver con una condición interna en la que el sujeto se niega u oculta a sí mismo su pesar, tristeza, angustia o malestar.

El tercer aspecto es el ligado a corrientes filosóficas y psicológicas que apuntan –cimentados en conceptos y experiencias demostradas de forma teórica y empírica– a fomentar el pensamiento optimista como un modo de vida que genera bienestar desde el punto de vista físico, emocional y afectivo, potenciando la capacidad de acercarnos al prójimo y multiplicando la “energía positiva”. En general, se trata de corrientes milenarias, acuñadas en el Oriente y “adaptadas” a los agitados ritmos que se viven en los países occidentales.

Ahora bien: aclarados estos aspectos, Venturini destaca que en realidad no hay ninguna terapia o herramienta que se pueda aplicar de modo “universal” y que les haga bien a todas las personas por igual. En esa línea, el profesional diferencia, por ejemplo, entre la tristeza, la angustia y la depresión.

Mientras que la primera se define como “un estado emocional normal, necesario y adaptativo que se da en alguna circunstancia normal de la vida”, la angustia viene de la mano de una intensidad emocional mayor, con consecuencias que se manifiestan en lo físico.

Por último, aclara Venturini, la depresión reviste un cuadro clínico que requiere de un abordaje específico según sus características e implica la existencia manifiesta de una enfermedad. Existen, aclaró, tres tipos de depresión: emocional (cuando se manifiesta con episodios de angustia exacerbada que es demostrada y exteriorizada por la persona), conductual (se trata de un cuadro en el cual el/la paciente se queda estático/a y pasivo/a, sin las herramientas necesarias para salir de esa situación) y cognitiva (una forma que puede aparecer enmascarada o naturalizada y que lleva a la persona a tener siempre un pensamiento pesimista o negativo respecto de sí mismo/a, el entorno y el futuro).

“Las tres formas pueden aparecer en diferente grado, combinadas entre sí o aisladas. Por eso cada caso es muy particular y requiere de un tratamiento. No hay recetas mágicas”, alerta el especialista.

Lo cierto es que, fuera de los cuadros más complejos, como los citados, todas las emociones son necesarias o importantes, aclara Venturini, y destaca la necesidad de que las personas se den su tiempo para reflexionar, respetar los estados internos de los que de otro modo no se había tomado conciencia. “Estas instancias, incluso, pueden dar lugar a una toma de conciencia sobre una situación en especial, proponerse nuevos objetivos o tomar decisiones”, profundiza el especialista.

 

La marca de la posmodernidad

La filósofa Alejandra Olaiz también aporta su punto de vista. Explica, al contextualizar el llamado “pensamiento positivo” que se quiere imponer como receta a cualquier dolor interno, que está ligado a la época posmoderna en la que vivimos, “en la que lo importante es lo que transmitimos con la imagen”.

“Hoy se medica hasta a los niños y las niñas que ‘molestan’ en un aula, porque hay un comportamiento esperable para cada edad, para cada género, para cada clase social, para cada etnia. Cuando las personas ‘no encajan’, hay un llamado de atención, algo que consultar con algún especialista, algo que decantar en una terapia”, desliza la investigadora, y cita a Platón: “Hay que saber placerse y dolerse, lo que implica también espacios para ello en cada ámbito social”, desliza la profesional al referirse a la importancia que guarda el hecho de concebirnos como seres humanos que sentimos y, como tales, tenemos la necesidad de volcar esos sentimientos en los diferentes espacios donde nos desarrollamos.