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11 DE MAYO DE 2026
Una película sin padres que va despojándose de géneros, guión y actores para convertirse en puro cine.
Los Salvajes de Alejandro Fadel abrió el Bafici apostando a los ruidos e imágenes de alto impacto.
Al principio de Los Salvajes, de Alejandro Fadel, hay sólo civilización: una institución del Estado con una cárcel de menores y la religión como rectora de los comportamientos. Y los seis chicos que van a romper las reglas: se escapan en un escándalo de gritos y disparos.
Es una escena muy clásica de película carcelaria, género puro, los planos son claros: las miradas cómplices entre los reos, el convencimiento del más débil, el rescate de las armas y la acción.
Pasada esa escena entramos en el espacio abierto y entonces la película empieza a ser un western, cine clásico, el escape por un paisaje salvaje y su comunión con los personajes.
Y a medida que avanzan las dos horas de este largometraje la película va dejando toda previsibilidad, van menguando los diálogos, no hay vueltas de guión, no hay sorpresas, sino pura pulsión cinematográfica que dirige a estos personajes hacia una especie de limbo religioso.
Extrañamente, Los salvajes no se parece a nada. Y sí, podríamos pensar en Apichatpong Weerasethakul o en Lisandro Alonso pero a la vez la película de Fadel va mucho más allá: es un guionista en tiempos de Nolan (el máximo fetichista del guión) que hace una película para despojarse del guión confiando ciegamente, religiosamente, en la puesta en escena, en el sonido, en el cine.
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