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24 DE ABRIL DE 2026
Regresos celebrados, noches urbanas explosivas, momentos profundamente emotivos y reclamos por horarios eternos. Entre hits coreados y gaviotas, la 65.ª edición confirmó que el evento atraviesa una transición tan vibrante como desafiante.
Milo J cerró el Festival. Gentileza: Agencia UNO
La 65.ª edición del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar fue una postal precisa de la industria musical actual: diversa, emocional, global y completamente atravesada por la conversación digital. La Quinta Vergara funcionó como una playlist sin fronteras: del pop latino clásico al trap argentino, del synth británico al K-pop. Una mezcla potente que dejó grandes momentos, pero también abrió debates sobre tiempos y formatos.
Varios fueron los regresos que el público chileno celebró. El más esperado de la semana fue el de Mon Laferte, y no defraudó: se llevó el máximo galardón que entrega la Quinta, la gaviota de de platino. Juanes volvió con un show sólido, cargado de clásicos, y recordó por qué es una de las figuras más consistentes del pop latino de las últimas décadas. Gloria Estefan se presentó en ese escenario tras 43 años de ausencia, un hito histórico tras su última actuación en 1983.
También hubo espacio para el impacto y la elegancia sonora de Pet Shop Boys, que aportaron identidad y peso internacional a la grilla.
Si hubo una velada atravesada por la emoción pura, fue la presentación del dúo mexicano Jesse & Joy. Con un repertorio cargado de baladas que marcaron a toda una generación, la Quinta se convirtió en un karaoke masivo y sensible. El público respondió con celulares en alto, abrazos y lágrimas. Fue una noche íntima dentro de un festival multitudinario. Sin grandes artificios escénicos, apostaron a la conexión directa, a las letras que cuentan historias de amor y desamor, y lograron uno de los climas más cálidos de la edición. En medio del vértigo general del festival, su show fue una pausa emocional necesaria.
La jornada urbana confirmó el pulso generacional del evento. Milo J fue el artista más popular del festival. Su conexión con el público joven fue inmediata y contundente: cada verso fue coreado como si fuera un himno. Junto a él, la potencia de Yandel y la energía festiva de Ke Personajes armaron una combinación explosiva. Sin embargo, quedó una sensación compartida: faltó tiempo. Los pedidos de “¡Otra, otra!” retumbaron en la Quinta, pero el cronograma no dio margen para extender la fiesta.

La administración de los tiempos fue uno de los puntos más discutidos. Bomba Estéreo desplegó su colorido y energía característica, pero con una duración que dejó gusto a poco. Algo similar ocurrió con Matteo Bocelli, cuya presentación generaba altas expectativas y terminó siendo más breve de lo que el público esperaba. En un festival que busca abarcar múltiples géneros y públicos, el desafío está en equilibrar la grilla sin que algunos shows queden comprimidos.
Viña 2026 dejó momentos icónicos, noches emotivas y explosiones urbanas que marcaron tendencia. Sin embargo, también evidenció que el formato necesita ajustes para satisfacer a una audiencia digital que consume en tiempo real y exige ritmo constante.
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