Ayotzinapa

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25 de septiembre de 2017, 19:33. Por: Enrique Pfaab / Especial para Unidiversidad.



Ayotzinapa

Imagen simbólico de los 43 estudiantes desaparecidos hace tres años.


Han pasado tres años, pero no ha pasado nada. En México sigue habiendo 43 estudiantes desaparecidos. Aún con el dolor de hoy, después de los dos terremotos que asolaron el país este mes, septiembre sigue siendo el mes de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos. Hace tres años y hoy, se puede hacer el mismo viaje a Ayotzinapa y regresar sin respuestas.

Ayotzinapa es una conjunción de palabras náhuatl, lengua de aztecas y de algunas comunidades nativas. La traducción literal al español sería “tortuga preñada cuatro veces”.  Atoyl, tortuga; Oztli, preñada; Nappa, cuatro. Pero no sería correcto traducirla así porque el significado que le dan los que la usan es otro, mucho más completo: amor a los hijos actuales y los del porvenir.

Pero desde hace tres años Ayotzinapa también es sinónimo de sangre, de muerte, de ausencia. Quizás una gran parte de México lo es.

Para la geografía Ayotzinapa no es un pueblo, no es una región. Apenas es un sector rural de los suburbios del pueblo de Tixtla, con poco más de 20 000 habitantes y uno de los 81 municipios del Estado de Guerrero, aquel que en su extremo occidental tiene a Acapulco con lo que en otra época eran sus cotizadas playas de arenas blancas.

En Ayotzinapa hay un solo camino. Nace en la ruta principal, que zigzaguea entre sierras, desde la ciudad de Chilpancingo de los Bravos, la capital del Estado de Guerrero, hasta el pueblo de Tixtla.

El único camino es de tierra y apenas tiene un kilómetro. Baja hacia un valle húmedo y fértil. Hay algunas casas humildes y dispersas a la vera. Al final de todo está la Escuela Normal Raúl Isidro Bustos. Es un internado de varones que quieren ser maestros. Fue fundada en 1920 y ahora la matrícula supera los 500 alumnos. No solo es gratuita, sino que además se les pide a los ingresantes que demuestren sus bajos recursos. No tiene director. Está dirigida por un Consejo, conformado por profesores y estudiantes.

De allí salieron la noche del 26 de septiembre de 2014 los 43 normalistas desaparecidos, los seis que fueron asesinados, los 23 que resultaron heridos. Entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre del 2014, la policía municipal de Iguala (a una hora de viaje de la escuela), el ejército mexicano y miembros del grupo narco Guerreros Unidos persiguió y atacó a estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Además otras tres personas, que quedaron en el medio del ataque, murieron a balazos esa noche.

Tres años después hay más de medio centenar de detenidos y procesados, pero aún no se ha esclarecido cómo se organizó el ataque conjunto contra los estudiantes y qué se hizo con los desaparecidos.

La investigación sostiene que el principal responsable y quien ordenó el ataque fue José Luis Abarca, en ese momento alcalde de Iguala, y su esposa María de los Ángeles Pineda, hermana de tres hombres integrantes del cártel Guerreros Unidos.

La policía municipal que respondía a Abarca, contando con la colaboración de miembros de Guerreros Unidos, ejecutaron el ataque y la posterior desaparición de los 43 normalistas. “¡Ahora sí, pinches chamacos, a ver si tienen muchos huevos!”, gritó uno de los jefes policiales mientras ordenaba disparar, declaró un testigo.

En tanto se sostiene que el Ejército liberó la zona y, al menos para los familiares, luego colaboró para el ocultamiento e incineración de los restos de los estudiantes.

El motivo de Abarca, según se dice en la investigación, es que le resultaban incómodas las actividades militantes de los estudiantes. A pesar de que el alcalde dijo que se fue a dormir temprano esa noche, hay registros probados de que durante la noche del 26 y la madrugada del 27 habló 35 veces por su celular con miembros de la Policía Municipal y también hay 15 llamadas que se hicieron del teléfono de su mujer.

La historia es más compleja que este resumen. Tan compleja como la de todo México.

Y no tiene final.

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