Estigmatizadxs: primera parte

A 30 años de la identificación del VIH, las personas que viven con el virus continúan enfrentando situaciones de discriminación. El VIH/Sida como enfermedad social.

Estigmatizadxs: primera parte

Imagen Ilustrativa

Blog Especiales por Elizabeth Auster / Publicado el 10 DE JUNIO 2013

El sida, por su condición de tema tabú, equivale socialmente al cáncer del siglo XX, así como a la lepra de los tiempos bíblicos y la peste medieval por su fama de castigo divino. En algunos contextos incluso es difícil de nombrar, como el mismo cáncer, al que generaciones anteriores ocultaban detrás de expresiones como “la papa” o “la mala palabra”. En el siglo XXI es frecuente referirse al virus o a la infección por el virus como “el bicho”, cuando se logra nombrarlo.

El silencio se relaciona con el estigma, con la marca vergonzante que se asocia a la infección. Como da miedo infectarse o pensar en la posibilidad de haberse expuesto, se guarda silencio sobre el tema. Como no se habla, ni siquiera en el contexto urgente de una relación sexual, no se toman precauciones. Como no se toman precauciones, se adquiere la infección. Como sigue el silencio aun con la infección en curso, sigue la falta de cuidado y se infecta a otras personas.

 

Contagio y transmisión: no son lo mismo

Aunque la RAE los menciona como sinónimos, desde INADI se considera correcto no hablar de contagio sino de transmisión, ya que el primero se asocia en el imaginario social con focos infecciosos ambientales, mientras que el segundo da la idea más precisa de un agente que pasa de una persona a otra. Se trata de evitar el error de pensar que el virus puede estar en el ambiente, lo que contribuye al miedo, en lugar de utilizar a las personas y sus fluidos como vectores.

El estigma funciona de distinta manera de acuerdo a cómo se identifique socialmente a cada persona.

 

Usuarios y usuarias de drogas

Las personas con VIH que usan drogas frecuentemente cargan con el estigma de haberse infectado por el mismo uso de sustancias, por el desorden en el estilo de vida que se asocia culturalmente a ese uso. Esto, independientemente de que la transmisión haya ocurrido por compartir elementos contaminados o por conductas de riesgo bajo efecto de alguna sustancia.

El Índice de estigma en personas que viven con VIH, elaborado en 2011 por Fundación Huésped y la Red de Personas Viviendo con VIH/Sida de Mar del Plata, muestra que la culpa es el principal signo que recae sobre este sector. Usuarias y usuarios organizados buscan la despenalización del consumo y de la tenencia para consumo personal de drogas, porque la persecución policial y penal les expone a la interrupción de los tratamientos antirretrovirales, lo que afecta la eficacia del tratamiento.

 

La diversidad sexual en el contexto de la epidemia

Las minorías sexuales se encuentran en una situación particularmente estigmatizada frente al VIH/Sida, ya que desde los primeros casos entre hombres homosexuales el imaginario social relacionó la transmisión con las relaciones no heterosexuales.

Las mujeres lesbianas están invisibilizadas en el discurso del VIH/Sida. No se difunden medidas de prevención que contemplen sus prácticas. Aunque es casi nula la probabilidad de infectarse en una relación exclusiva entre mujeres, se ignora también la posibilidad de otras infecciones transmitidas sexualmente y que pueden lesionar los genitales, lo que hace más vulnerable a la mujer. También debería tenerse en cuenta que, como explica la infectóloga Fernanda Sánchez, hay mujeres lesbianas con VIH contraído en relaciones previas con varones.

En las campañas públicas las lesbianas no existen. Aunque en la actualidad las campañas hacen mención más frecuente a la necesidad de usar campo de látex en el sexo oral, la mayor parte del material de prevención que se puede encontrar es elaborado por militantes lesbianas que han organizado la información para sus colectivos. Un buen material online es la Guía lésbica/sexo + seguro del Colectivo Lambda, que es una organización española. En la guía se pueden encontrar instrucciones para hacer un campo de látex y se aclara que, si se comparten juguetes sexuales, conviene lavarlos bien y usarlos con preservativos para cada penetración. Es un detalle que no se menciona en la mayoría de los materiales circulantes.

Gais. Con respecto a los varones gais, la infección se consideró una enfermedad homosexual en sus comienzos, lo que implicó un estigma para este sector y un oscurecimiento del desarrollo real de la epidemia. El mote de “peste rosa”, que originalmente se refería a las lesiones moradas que producía el sarcoma de Kaposi, una enfermedad oportunista, se resignificó para convertirla en una enfermedad propia del colectivo homosexual.

¿Cruzados por la clase social? Según nos informan desde el Programa Provincial para la prevención del SIDA Y la Asistencia Integral del Paciente Infectado y/o Enfermo por el Virus del Sida (PAPSI), los varones que tienen sexo con otros hombres representan la mitad del total de las infecciones masculinas.

Los varones homosexuales de clase alta son menos proclives a cuidarse (más aficionados a la práctica del barebacking, sexo sin protección), pero se testean con frecuencia, continúa informando el PAPSI. Una particularidad de este grupo es que no adquieren los medicamentos gratuitos que brinda el Estado sino que los compran de manera privada, quizás como una forma de no dejar rastro de ese tratamiento en los registros públicos. Se puede conjeturar que existiría cierta percepción de inmunidad a partir del acceso a los buenos servicios de salud y a la posibilidad de cuidado higiénico, sostenida en una asociación más cultural que científica de la enfermedad infecciosa con la pobreza y la suciedad.

No se tiene en cuenta que este tipo de infección no tiene nada que ver con la higiene y que siempre se corre, además, el riesgo de contraer otras infecciones. Sin embargo, es más probable que se trate de una homofobia internalizada, derivada de la educación conservadora propia de nuestras clases altas, que lleve a las conductas de riesgo como forma de autocastigo. Por otro lado, sigue el estigma sobre este sector respecto del sida y de la donación de sangre, por lo que los varones gais no tienen permitido donar.

 

Carga y culpa

Durante la segunda mitad de los 80, la carga de la culpa de la infección heterosexual estaba sobre las personas bisexuales, porque se las consideraba un puente, un vector del virus entre la población homosexual y la heterosexual.

Al comienzo de la epidemia en los Estados Unidos, el hecho de que se esparciera entre el colectivo gay, durante la conservadora presidencia de Ronald Reagan, hizo que se la considerara un problema de los homosexuales, no un asunto de salud pública, como si los homosexuales no fueran parte de la población. Como explica la película Y la banda siguió tocando, para cuando Reagan se decidió a pronunciar la palabra “sida” en un discurso presidencial, ya habían muerto miles de personas. En ese contexto se consideraba a la población bisexual como un colectivo que esparcía infecciones y se difundían campañas como aquella brasileña de mediados de los 80, que decía: “Bisexuales, elijan: él o ella”. Teniendo en cuenta las cifras de la epidemia en ese momento, el discurso subyacente apuntaba a estigmatizar a los varones homosexuales y apostar a la abstinencia en lugar de la prevención en las relaciones heterosexuales. Actualmente, los y las bisexuales no existen en el discurso público sobre VIH/Sida, aunque el porcentaje de varones bisexuales es del 16% entre los varones infectados.

Hace un año que la población trans de Argentina (porque el derecho abarca a inmigrantes) cuenta con la Ley de Identidad de Género, y el proceso de inclusión derivado de la ley es lento y trabajoso.

En Mendoza, como en muchos lugares de nuestro país, son un sector invisibilizado en las estadísticas epidemiológicas, donde suelen entrar en la categoría de “HSH”, es decir, “hombres que tienen sexo con hombres”. La carga más pesada en cuanto a VIH/Sida la llevan las travestis, ya que en general viven condiciones de profunda exclusión, explotación y maltrato. Hacen trabajo sexual en las peores condiciones y su clientela prostituyente suele pagar más para no usar preservativo, poniendo a estas mujeres frente a la decisión de decir que sí, asegurarse la comida de hoy y exponerse a la infección, o pasar otro día con hambre. Era el dilema de las mujeres prostituidas de África hace 25 años, es el dilema hoy en la población trans que todavía no logra una inserción laboral que les permita apartarse de la idea de la marginalidad como destino.

El VIH es uno de los factores que contribuyen a que este colectivo tenga un promedio de vida de 35 años, que representa la mitad de la esperanza de vida de cualquier persona heterosexual de clase media. Las mujeres trans que hacen trabajo sexual están mucho menos empoderadas frente a la infección que sus pares cisgénero (nacidas e identificadas como mujeres), que sí han logrado organizarse y promover acciones efectivas para disminuir las cifras de transmisión en su colectivo. Este grupo es uno de los blancos más frecuentes del estigma, tanto en cuanto a actitudes discriminadoras del entorno como en cuanto a sentimientos de culpa.

Las personas intersexuales, muchas veces operadas en la temprana infancia para “normalizar” los genitales y definir un sexo, están totalmente invisibilizadas en las campañas y en el tema VIH/Sida y ETS en general.

De esta manera, presentar una suerte de panorama sobre las poblaciones estigmatizadas por la sociedad, en parte contribuye a dar un rol a la información que la convierte en necesaria. La visibilización, el empoderamiento ciudadano y el reconocimiento de la palabra del colectivo LGBTTTI son los factores que lentamente contribuyen a mejorar la situación de estos sectores de la población frente al VIH/Sida.

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