Homenaje filial

Elisabeth Roig, hija de Arturo Andrés, recuerda en estas memorias a su padre. A través de este conmovedor ensayo, recorre las vivencias culturales y políticas que marcaron la vida de este filósofo inolvidable.

Homenaje filial

El rico aporte académico de Arturo Roig al debate contemporáneo se ve reflejado en este recuerdo de su hija, Elisabeth.

Cultura Unidiversidad por Arturo Roig, Elisabeth Roig, homenaje, UNCuyo, Filosofía Latinoamericana. / Publicado el 03 DE SEPTIEMBRE 2012

Elisabeth es licenciada en Filosofía, egresada de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Fue investigadora en el área de Antropología de la Música del Instituto Nacional de Musicología Carlos Vega. Desde 1989 ha realizado investigaciones en comunidades Tobas en el Gran Buenos Aires y en la provincia del Chaco, sobre los procesos de cambio social y musical.

A continuación el texto completo que presentó en el Coloquio Internacional Repensando el Siglo XIX. Homenaje al filósofo Arturo Andrés Roig*.

Hablar sobre Arturo Andrés Roig no es fácil para mí, porque es mi padre, mi querido padre. Pero acepté participar en este homenaje para dar, como  hija, testimonio de algunos de los valores que él nos transmitió desde la práctica misma de su vida, desde actitudes que adoptó, decisiones que tomó, que dejaron huella en nosotros. 

Tengo que reconocer con orgullo que tuve la posibilidad de acompañar muchos momentos de su vida, por haber sido, además de su hija, su alumna desde los 17 años en la carrera de filosofía, y por afinidades espirituales que me mantuvieron siempre cerca de su hacer y de su sentir.

Para ello, los invito a recorrer conmigo algunos recuerdos personales, sin duda teñidos de afecto y agradecimiento. 

Mendoza, años 72-75

En 1972 mi padre estaba en condiciones de optar por un año sabático. Venían albergando mucho tiempo con mi madre la posibilidad de pasar un año en Francia con sus cuatro hijos. Pero llegó el 73, el retorno de la democracia luego de tantos años de dictadura, y un peronismo que prometía cambios, de la mano de Cámpora. Entonces, decidió colaborar, y aceptó el cargo de Secretario Académico de la UNCuyo que le ofreciera el estimado Ing. Roberto Carretero, rector en ese período. Obviamente, el año sabático quedó en el olvido. Aceptó el cargo, y desde allí desarrolló un arduo programa de trabajo, se cuestionaron las estructuras medievales de las cátedras, se abrieron las puertas a la participación estudiantil, la universidad se llenó de vida, y de jóvenes que queríamos cambiar la historia del país. Fueron aires de profunda renovación universitaria, breve tiempo de sueños y de entusiasmo, que precedió a la más terrible represión y en nuestro caso familiar al exilio. Nunca se lo reprochamos, si bien su decisión de compromiso tuvo alcances en ese momento impensados para su vida y la de todos nosotros. 

Mi padre fue declarado cesante en la Universidad en julio de 1975, y mi madre, por ser su esposa, expulsada un año después sospechosa de ser “real o potencialmente subversiva”, como decían entonces las resoluciones de la Universidad. Pero volvamos al ´75. Recuerdo el momento inicial de la cesantía. Recién terminaba él de dictar, sin saberlo por última vez, su cátedra de Filosofía Antigua, ganada rigurosamente por concurso por los años 60. Como integrante de su última camada de alumnos, recuerdo que nos negamos a rendir la materia con el profesor Sepich, quien lo reemplazó, y nos quedamos todos libres, es decir perdimos nuestra condición de alumnos regulares, en acto de rebeldía. Eran los tiempos de Ivanisevich en el Ministerio de Educación, de Estela Martínez y de la Triple A. Entonces, recién separado de su cátedra, creó en el escritorio de la casa, en la planta alta de la calle Vicente López, su seminario de Filosofía Latinoamericana, donde se reunían entre otros Horacio Cerutti, Víctor Martín, Carlos Bazán, todos también futuros exiliados, y donde yo tuve nuevamente la posibilidad de asistir esta vez como invitada. Mientras otros usurpaban su cátedra y se destruía el plan de estudios que impulsara desde el rectorado, desde ese lugar de resistencia y sobrevivencia que era su propia casa, se debatían ideas, se compartían lecturas, recuerdo que se planificaban publicaciones en el exterior, es decir, se seguía pensando en el futuro.

El exilio en México

Luego de meses sin trabajo,  y en el caso de mi padre amenazado de muerte, logramos salir de la Argentina. Sólo mi hermano mayor, Arturo, se quedó en país, pero Horacio, Hebe y yo nos fuimos, en distintas fechas. La familia hasta entonces siempre reunida inició una diáspora que nunca pudimos desandar. Mi padre partió el  20 de febrero del 76, y todos lo hicimos gracias a la ayuda económica del entonces secretario del Consejo Mundial de Iglesias,  su amigo entrañable, el Prof. Mauricio López, el “tío Mauricio”, secuestrado a fines de diciembre del 76. 

Ya viviendo en México, recuerdo que todos los meses iba a una casa de familia, en un barrio del norte de la ciudad bastante peligroso para circular de noche,  a devolver en cuotas ese dinero, pese a su magro sueldo universitario. No había sido un préstamo, y tampoco nadie se lo reclamaba, pero él sabía que era una manera de ayudar a  que otros también salieran. Nunca lo vi ponerse en un lugar de  “víctima del exilio”, tampoco decía “soy un exiliado”, poco hablaba del tema. Sabía que era uno entre muchos, que atravesaban esa dolorosa situación.

A mediados del ´77,  poco después de enterarse de la muerte en Mendoza de su padre, Fidel Roig Matons, sufrió un principio de infarto. Lo embargó el dolor, sumado a la impotencia de la distancia, y la imposibilidad absoluta de regresar a su tierra. No obstante, siguió soportando dócilmente sus viajes de dos horas diarias por el interminable Periférico que atraviesa el Distrito Federal en su escarabajo celeste. Iba todos los días desde Colonia Nápoles hasta la UNAM de la sede de Acatlán. Daba clases a la mañana y a la tarde, como quien tiene que pagar derecho de piso en  sus primeros cargos docentes. El esfuerzo era muy grande, por la cantidad de horas de clases, por los viajes, porque no tenía mucho tiempo para sus propias investigaciones (pese a que siempre se deleitaba trabajando y buscando bibliografía en el Colegio de México), y por la distancia de su entonces acotada familia, conformada por  mi madre y mi hermana menor. El contraste era tremendo, venía de ser Secretario Académico de la Universidad en los tumultuosos 73 y 74, y ahora trabajaba nuevamente de maestro raso. Pero no se quejaba, nunca lo oí quejarse. Aceptó con humildad y agradecimiento la ayuda que pudieron darle en su momento los amigos mexicanos, valorando la experiencia con sus estudiantes y sus colegas  Entre otros, y a modo de anécdota, supo valorar la compañía de alguien que también pasó por Acatlán y con el que compartió varios meses el cubículo, el intelectual boliviano Marcelo Quiroga Santacruz,  que al regresar a su país fue asesinado por el régimen de García Mesa. 

Yo estaba en esa época radicada en Quito, pero en julio del año 77 fui a pasar unos meses con mis padres en México DF.  El departamentito en la colonia Nápoles era pequeño y sencillo. Apenas tenía un lugar para poner sus libros sobre la mesa de la salita. ¡Era un departamento sin escritorio! Me impactó en esa época el ánimo con que enfrentaba cada domingo. Me explicaba que los fines de semana era lo más duro de pasar, es, me decía, cuando uno más extraña y se deprime, entonces, como aquí hay tantas pirámides, de tantas culturas diferentes, ¡cada fin de semana nos proponemos conocer una! Mi madre preparaba una crema de porotos negros, llevaba la salsa de ají verde,  comprábamos las tortillas por el camino,  y salíamos a recorrer las rutas, para conocer, para distraernos, para conversar, ¡para desahogarnos! Ese era el espíritu que mantenía en el exilio. Nos enseñó, con su ejemplo, a no lamentarnos, a agradecer la vida que pudimos conservar y a abrirnos a nuevas realidades. Y mi madre lo acompañaba en ese espíritu. Recuerdo de esa época a los queridos amigos Daniel y Berta Prieto, con sus tres pequeñas, con quienes se integraron como familia. Muchas de esas salidas también las hacían  con ellos.

El exilio en Ecuador 78-85

La Pontificia Universidad Católica del Ecuador en Quito nos recibió a él como docente, y a tres de los hijos como alumnos. Allí mi padre fundó el Centro de Pensamiento Ecuatoriano, y dictaba sus cursos de Filosofía latinoamericana, entre otros. También daba clases en la Universidad Central, y se integró luego a la Corporación Editora Nacional, desde donde se generó la primera biblioteca de pensamiento ecuatoriano.

A través de él llegó a la Universidad Católica el Maestro Rodolfo Agoglia, que fuera rector de la Universidad de La Plata desde 1973. Asesinado su hijo Leonardo en 1976 y perseguido, llegó en medio de ese gran dolor a radicarse en Quito. Agoglia y mi padre, más allá de sus diferencias, fueron incansables amigos y compañeros durante esos años, sumaron experiencias y contribuyeron a la formación de toda una generación de nuevos jóvenes filósofos. A través de ellos, vino luego el profesor Ricardo Gómez,  que fuera Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de la Plata, preso durante la dictadura. Así, en lugar  de “padecer el exilio”, ellos reprodujeron en Quito una muestra de lo más potente de nuestras universidades argentinas. No aflojaron, la dictadura no pudo doblegarlos. Y fue un verdadero lujo estudiar en aquellas épocas con ellos. 

Su espíritu inagotablemente curioso y su profundo compromiso con el Ecuador lo llevaron a construir los Esquemas para una historia de la filosofía ecuatoriana (1977), texto primero, indicio de su amor por el Ecuador, que disparó un afán de revalorización de lo propio en los pensadores ecuatorianos. No sólo recibió la orden al mérito cultural Honorato Vásquez, sino también el cariño de tantos amigos como Hernán Malo González -quien como rector de la Universidad Católica nos recibió a todos nosotros-, Carlos Paladines, Luis Mora, Enrique Ayala -quien luego como rector de la Universidad Andina lo invitara sucesivos años a dar cursos de posgrado en esa casa de estudios-, entre otros, y el mote de ser ¡“el más argentino de los ecuatorianos”, o ¨el más ecuatoriano de los argentinos¨!.

El retorno

Luego de diez años en estado de “prescindibilidad”, ganó  el juicio a la Universidad– llevado adelante por su hermano Enrique- y en 1985 se radicó con mi madre nuevamente en Mendoza. Pero su reincorporación era demorada por una supuesta falta de recurso, que la Universidad esgrimía buscando evitar su conflictiva reincorporación, que produciría serias incomodidades a quienes se habían adueñado de esta Facultad de Filosofía y Letras. Entonces, priorizando políticamente recuperar su lugar, renunció a los diez años que le correspondían de sueldos. De este modo tuvieron que abrirle las puertas de la Facultad, y su presencia física y espiritual desafió a quienes en su momento lo quisieron convertir en un desaparecido. Fue sin duda una  gran victoria moral, y un acto de justicia. ¨No he vuelto para saludar a todo el mundo¨, le tuvo que decir en algún pasillo a una profesora que habiendo estado involucrada en su expulsión de la Universidad lo increpó por ignorarla. Ese silencio era su condena a los cómplices de la dictadura, que tanto tiempo permanecieron en esta casa de estudios.

Tenía 63 años cuando regresó, con una misión ya cumplida en el Ecuador y con una edad próxima a la jubilación. Pero esa palabra jubilación nunca la ha conocido, ni hasta hoy… ¿Pensar en jubilarse él? A partir de su regreso y durante más de dos décadas construyó y lo sigue haciendo su más grande obra educativa. Fue en el Cricyt donde canalizó y transmitió toda la acumulación y la maduración de su pensamiento, y creó con gran estrategia un semillero mendocino de investigadores sensibles al pensamiento latinoamericano.

Esto sin lugar a dudas no existe en ningún otro lugar de la Argentina, y menos en Buenos Aires, ciudad tan sorda que insiste en ponerse de espaldas a  nuestra Latinoamérica, pese al enorme contingente de bolivianos, paraguayos, uruguayos, ecuatorianos, etc. que la pueblan. Muchos fueron sus alumnas, alumnos y colaboradores en todo este tiempo.

No he vivido en Mendoza en esos años, y no quisiera ser injusta con ninguno, pero recuerdo especialmente de esos primeros tiempos a  Alejandra Ciriza, Estela Fernández, Adriana Arpini, Liliana Giorgis, Clara Jalif, Nelly Filippa, Susana Godoy, y  en años más recientes a Beatriz Bragoni, Oscar Salazar, Dante Ramaglia, Fernanda Beigel y a Marisa Muñoz, quien además de ser su discípula, ha colaborado con notable compromiso humano y generosidad a la obra de mi padre hasta hoy.

Siempre pienso ¡cuántos libros habría escrito de no ser que dirigió, desde el Cricyt más de 22 tesis doctorales!, sin contar innumerables maestrías, licenciaturas, dirección de publicaciones, etc. Entre las últimas, destaca la Historia de Mendoza, coordinada con María Cristina Satlari, y la Revista Estudios de Filosofía práctica e Historia de las Ideas, coordinada con Adriana Arpini.

Creo que siempre dio tanta importancia a su propio quehacer filosófico como a la transmisión de sus conocimientos a las nuevas generaciones. La docencia ha sido y es su gran pasión, ya desde los 16 años, cuando junto a su tan querido hermano Fidel eran maestros rurales en la zona de Lavalle. Ambos hermanos han compartido siempre un gemelo espíritu de compromiso con la cultura y el país.

Hoy

Ahora quiero comentar algo acerca de sus donaciones de libros. En el marco de este Coloquio, concretamente, ha entregado a la Biblioteca Central de la Universidad su biblioteca de pensamiento y literatura ecuatorianos. El donar colecciones completas de ella tiene que ver con que sus libros siempre fueron los de todos, alumnos, colegas, amigos, hijos. Antes ya lo hizo con gran parte de su biblioteca de pensamiento griego antiguo a esta Facultad de Filosofía y Letras, y con la de escritores mendocinos a la Biblioteca del Centro Ecuménico de Mendoza. Cuando tantas colecciones son vendidas a las universidades del exterior, especialmente a las norteamericanas que se especializan en comprar cuanto les es posible, estas donaciones que él ha realizado y sigue realizando son un ejemplo a seguir, de amor a la cultura y de protección patrimonial.

Para terminar, evidentemente no han sido sus aliadas ni la envidia, ni el rencor, ni la queja, ni el conformismo, ni el interés económico. Y sí lo han sido el altruismo, la solidaridad,  la creatividad, el compromiso consigo mismo, con su gente, con su tiempo, y con la liberación de América Latina. Siempre hacia adelante, aun en las épocas más adversas, lo he visto caminar cual un Quijote, sin claudicar, signado por sus valores y su propia verdad. Y esta actitud tiene que ver con la profunda originalidad de su obra.

Creo que sus ejemplos de vida dejan huellas no sólo para nosotros, sus hijos.

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 *ROIG, ELISABETH. Homenaje filial. Coloquio Internacional Repensando el Siglo XIX. Homenaje al filósofo Arturo Andrés Roig. Buenos Aires, Ed. Colihue, pp. 713-717. Año 2009.

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