Ordenar la urbanización: ¿Un problema ambiental o productivo?

La construcción social del abordaje del desarrollo urbano en el piedemonte y en el campo. Enfoques y dilemas del accionar humano sobre la naturaleza.

Ordenar la urbanización: ¿Un problema ambiental o productivo?

Sociedad Unidiversidad Ciencia y sociedad / por Paula Mussetta INCIHUSA Conicet / Publicado el 20 DE MAYO 2019

En Mendoza estamos acostumbrados a escuchar que la ciudad crece de modo desordenado. El ordenamiento territorial, que pretende orientar ese crecimiento, es enfático sobre la necesidad de frenar los avances urbanos tanto hacia el oeste sobre el piedemonte, como al
este sobre áreas agrícolas.

Los discursos de ordenamiento que circulan en el espacio público no conciben de igual modo la urbanización del piedemonte que la de las áreas agrícolas (a las que llamaremos “campo” sin distinguir entre interfaz, periurbano o cinturón verde). La diferencia la plasma el mismo
Plan de Ordenamiento cuando indica que la urbanización avanza hacia “suelos de fragilidad ambiental” (piedemonte) y “de valor productivo” (campo).

La urbanización del piedemonte se configura en un discurso ambiental, mientras que la del campo se define en relación a una función productiva. Independentemente de las obviedades aparentes, esa afirmación no es obvia ni natural. Es decir, el piedemonte no es
inherentemente ambiental ni el campo inherentemente productivo (más allá de sus funciones sociales). La configuración de la urbanización del piedemonte como problema ambiental y de la urbanización del campo como problema productivo es una construcción social.

¿Qué significa esto? Significa que lo ambiental no se define sólo por las condiciones biofísicas de los territorios. Las ciencias sociales nos enseñan que los objetos ambientales son una combinación específica y contextual de procesos tecnológicos, burocráticos, sociales, culturales, simbólicos; y que cada sociedad construye, selecciona sus problemas ambientales y las amenazas asociados a ellos.

Entonces los riesgos que provocaría la urbanización del piedemonte no son objetiva e indiscutiblemente más graves que los que provocarían la urbanización del campo. Simplemente, en el imaginario del ordenamiento la urbanización del campo no es parte de
esta selección, no existe una lectura ambiental fuerte de la pérdida de suelos cultivados por urbanización como sí sucede con el piedemonte.

La urbanización del piedemonte, un problema ambiental.
La definición del piedemonte como objeto ambiental obedece en gran medida a las disciplinas que históricamente lo abordaron: geografía, hidrología, geología. Esos estudios han tenido y tienen una fuerte impronta en el ordenamiento.

Un ejemplo es el decreto provincial de inicios de este año que ordena la emergencia ambiental del piedemonte. Al margen de algunos cuestionamientos acerca del accionar de la Agencia de Ordenamiento por sobre los municipios con jurisdicción en ese territorio, el
efecto más impactante del decreto es la suspensión de obras en puntos críticos del piedemonte.

El decreto deriva de un estudio elaborado por el Instituto Nacional de Agua que estima las amenazas ambientales de la urbanización. El mismo solo considera las condiciones naturales del piedemonte y si bien se autoreconoce deficitario de aspectos de riesgo y vulnerabilidad, no problematiza por ejemplo, las formas y protagonistas de la ocupación del piedemonte.

Son las organizaciones sociales las que introducen estos temas, en especial la privatización de agua y tierra, patrimonio de los mendocinos. Si bien el decreto evita pronunciarse sobre esos puntos lo importante para la reflexión que aquí desarrollamos es que tanto el estudio como las acciones públicas que lo siguieron estuvieron fuertemente determinadas por las definiciones ambientales del piedemonte.

La urbanización del campo, un problema productivo.
Muchas experiencias en el mundo resaltan los aspectos ambientales del campo de cara a problemas similares a los que el ordenamiento mendocino afronta. A la hora de pensar estrategias para proteger estos espacios de la urbanización amplían la mirada exclusivamente productiva y los consideran territorios multifuncionales, que además de agricultura, contribuyen al aire puro, a la diversidad biológica, a la regulación del clima, el paisaje y la identidad.

Pero en el imaginario mendocino la urbanización del campo no despierta las mismas sensibilidades ambientales que el piedemonte. La narrativa de urbanización del campo es principalmente productiva y no sólo relega los aspectos ambientales a un lugar secundario
sino que también deja fuera otras configuraciones como la agroalimentaria, los circuitos de consumo, la localidad de los alimentos, etc.

El ordenamiento reserva la ambientalización del campo para referirse a las zonas no irrigadas. Es allí donde se explicitan elementos ambientales como la fragilidad atribuida también el piedemonte.

Comprender esta ausencia de elementos ambientales en la urbanización del campo nos lleva a analizar el recurso hídrico como elemento fundamental de la cultura mendocina. El agua no es un elemento ambientalmente definido cuando se discute la urbanización del campo, pero sí lo es en otros frentes cuando lo que está en juego es la defensa de una matriz agrícola frente a otras matrices posibles (minera en primer lugar). Frente a la urbanización el agua es despojada de sus atributos ambientales y se convierte en un elemento productivo,
en riego.

El campo se ambientaliza frente a la diversificación de la matriz productiva, pero no ante la urbanización. Y esto no solamente porque los riesgos producidos por esos modelos alternos de desarrollo sean objetivamente más graves que los producidos por la urbanización. Sino
porque allí se pone en juego algo mucho más profundo e identitario para Mendoza, aquello que otros ya han llamado cultura del agua, aun cuando eso productivo que queremos defender esté siendo amenazado por la urbanización. Eso también es parte de la
construcción social del ambiente.

Un punto de llegada.

En su artículo “La naturaleza no existe” Swyngedouw sostiene que lo ambiental es un llamado a un orden en el que actores con posiciones muy diferentes y a menudo antagónicas pueden encontrar una causa común en nombre de una sociedad amenazada. Uno de los resultados más notables de la construcción social del ambiente en Mendoza es la definición del problema de la urbanización del piedemonte como ambiental y la del campo como productiva.

Este pr oceso de selección ni está dado ni se impone, pero tampoco aparece de la nada. Se construye en un espacio social en el que existen reglas de juego y actores, algunos con más voz que otros. En todo caso, lo importante será recurrir siempre a análisis que permitan
visibilizar no sólo las condiciones bajo las que esas construcciones se producen sino especialmente aquellas que posibilitan el cambio social.