La justicia cómplice

La vivencia de Luz Faingold durante los años de represión estatal evidencia, una vez más, la complicidad de la Justicia Federal. Los exmagistrados Miret y Romano, en la mira.

La justicia cómplice

Luz Faingold complicó, una vez más, a Miret y Romano con su testimonio. Foto: Guadalupe Pregal

Derechos Humanos

Unidiversidad

Guadalupe Pregal

Publicado el 05 DE MAYO DE 2015

Luz Amanda Faingold sube corriendo la escalinata de ingreso a los Tribunales Federales de Mendoza donde se desarrolla el IV Juicio por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar. Luego de un año y medio de audiencias, se sienta frente al Tribunal Federal Oral N.° 1 para relatar los acontecimientos que la marcaron para toda la vida. Es evidente que tiene una mezcla de ansiedad, por los 30 años de espera, y de agitación, por traer a la superficie aquellos sucesos de horror que comenzaron cuando tenía 17 años.

Hoy es una mujer empoderada, con una lucha colectiva que se evidencia en cada fibra de su cuerpo, un proyecto que nunca abandonó desde que inició su militancia a los 16 años. En el inicio de su testimonio relató que cuando todavía era una adolescente empezó a asistir a “reuniones de carácter político donde se analizaba la situación política del país y del mundo” y que también militaba como delegada mientras cursaba el quinto año del secundario.

Su primer encuentro con el terror se dio en julio de 1975, en ocasión de una reunión en el Sindicato de Mosaístas a la que asistieron delegados gremiales y estudiantiles. Luego de que el lugar fuera baleado por personas desconocidas, parte de los concurrentes abandonaron el sitio. Diez minutos más tarde, Faingold y otros que permanecían allí fueron detenidos por un comando de la Policía de Mendoza y llevados al Palacio Policial. “Ahí, en el D2, me recibió alguien superior que, por supuesto, me retó un poco y esperó que llegara mi papá y me buscara”, recordó ante el Tribunal.

Diferente fue el segundo hecho, el 28 de agosto de ese mismo año. Junto con su novio de aquella época, León Eduardo Glogowski, y con María Susana Liggera, fueron a la casa de otra compañera en busca de unos apuntes. Luz se quedó en el auto mientras Eduardo y Susana se bajaron. Como se había hecho tarde y no regresaban, Faingold decidió ir a buscarlos. “Reconocí la casa y golpeé a la puerta. No tuve tiempo ni de pensarlo. La verdad es que nunca me imaginé que iba a haber semejante horror ahí adentro”, relató la testigo. Por la fuerza, fue introducida a la vivienda donde el resto de los jóvenes se encontraban ya encapuchados y atados. “Me encapucharon, me empezaron a gritar, a empujar y pegar”, detalló. El grupo de jóvenes fue trasladado al D2.

Los testimonios de León Glogowski, Juan Carlos Yanzón, Hugo René Tomini y Prudencio Oscar Mochi coinciden con lo relatado por Luz Faingold sobre el ataque sexual que sufrió la primera noche que ingresó en el centro clandestino de detención (CCD) que funcionaba en las instalaciones del Palacio Policial. “Yo me quedé dura. De repente les grité: ‘¡Ustedes tienen mujeres!’. Ahí me soltaron. No sé si fue por lo que dije, pero me soltaron y me metieron a un calabozo”, reveló.

Faingold y el resto de los detenidos permanecieron una semana aproximadamente en las pequeñas celdas del D2. “Yo medio que me desenchufé, me dormía todo el tiempo… Por eso no sé a quién se llevaron o a quién traían, si habían torturado a alguien, si alguien lloraba”, explicó la testigo, quien confirmó la presencia de sus compañeros de la Organización Comunista Poder Obrero porque varias veces al día eran obligados a gritar sus nombres.

Una de las características del D2 es que no hay contacto con el afuera, a punto tal de no saber si es de día o de noche. Sólo la celda frente al ingreso tiene una pequeña abertura en la parte superior que permite adivinar el tiempo transcurrido. Para la mayoría de las personas que pasaron por esas instalaciones, el tiempo perdía las dimensiones acostumbradas y sólo podía ser calculado por los cambios de guardia, algún que otro sonido de la gente yendo al Palacio Policial a hacer trámites administrativos o los sonidos lejanos de una radio. El resto eran llantos, gritos y un doloroso silencio que hacía que esas celdas de un metro de ancho por un metro y medio de largo fueran más pequeñas y frías aún.
 

Las visitas al D2

En el tiempo de cautiverio que la menor Luz Faingold permaneció en el D2 ocurrieron algunos hechos que vale la pena destacar. Uno de ellos fue la visita de un médico o médica –la testigo no lo pudo precisar– que, además de constatar su estado de salud, le realizó un examen ginecológico. Pero sí recuerda que le dieron unos óvulos y la hicieron bañarse porque tenía una infección. Esa ducha es la única ocasión que recuerda sobre el baño, ya que cree que nunca salió para hacer sus necesidades. Esa también fue otra oportunidad en la que fue “molestada” por el personal del D2.

La otra visita fue la del entonces fiscal Otilio Romano, hoy en prisión preventiva, acusado de participar en más de un centenar de delitos no prescriptibles durante la última dictadura, luego de estar dos años prófugo en Chile.

Faingold relató que un día la puerta de su celda se abrió y un hombre “alto, joven” la miró y luego la puerta se cerró. En aquel momento sus esperanzas estaban puestas en que fuera alguien de “Minoridad” que iba a buscarla, incluso un abogado, pero no fue así. Hace unos años, Faingold reconoció a ese hombre que vio en el D2 por una fotografía en un diario digital de la provincia, en la que aparecía junto a Luis Francisco Miret y Guillermo Petra Recabarren.

En el D2, Faingold fue interrogada y cree que había alguien tomando notas de sus dichos, pero que las circunstancias eran tan confusas que no lo puede asegurar. También dijo que posiblemente haya firmado algún papel en aquella oportunidad. Estaba tan asustada que “temblaba sin parar”, pero recuerda que reclamaba porque le habían robado el DNI con el que podía comprobar su edad.
 

La salida del D2 y el encuentro con el Juez

Una noche fue sacada de su celda en el D2 y trasladada a un centro de menores ubicado en la calle Montevideo, de Ciudad, conocido como “Las niñas de Ayohuma”, donde pasó al menos dos semanas. Transcurrido ese lapso, fue llevada en una combi, junto a otros menores, al edificio de los Juzgados Federales en la avenida Las Heras, en el piso superior del edificio que hoy ocupa la tienda Balbi. Allí volvió a ver a sus compañeros quienes estaban en un pasillo. Faingold los recuerda “bastante malogrados, ojerosos”.

Fue la primera en ingresar a la oficina del juez Luis Miret, quien no tardó en amedrentarla y tratarla con desprecio. “Me recibió a los gritos, de una manera muy desagradable, acusándome y gritándome”, rememoró. Mientras relataba lo sucedido, comenzó a temblar como seguramente lo hizo mientras el magistrado la interrogaba. Miret, en su asiento de imputado, ubicado detrás de su abogado defensor, se mantuvo impasible, siguiendo con la mirada a quienes preguntaban y a la misma testigo.

En esa oportunidad, cuando Faingold estaba declarando ante Miret, su madre, Luz Casenave, entró reclamando la inconstitucionalidad del procedimiento ya que una menor no podía ser interrogada sin algún tipo de representación. Todavía se vivía en el Estado de Derecho de 1975 y, aunque la ley 20840 de Seguridad Nacional ya estaba vigente, otros aspectos procesales no habían sido modificados por esa u otra ley de la represión. En algún momento de aquella audiencia, Natalio Faingold, padre de Luz, y un abogado lograron ingresar a la sala, pero ya se estaba firmando el acta. El juez Miret no le otorgó la libertad ni accedió al pedido de los padres para que la menor regresara a su hogar, por lo que fue llevada nuevamente al hogar “Las niñas de Ayohuma” donde había pasado la noche. Allí permaneció otras dos semanas.

La causa que se investiga y que se ha alimentado hasta ahora con los testimonios de Faingold, su madre y algunos de sus compañeros como Glogowski, Tomini y Mochi, tiene a cuatro exfuncionarios de la Justicia Federal imputados. Por torturas aplicadas a una menor están acusados Gabriel Guzzo (fallecido), Rolando Carrizo y los mencionados Romano y Miret. A Guzzo y Carrizzo se les suma la acusación de omitir la investigación cuando en 1978 tomaron conocimiento de los hechos denunciados a partir de las declaraciones indagatorias en la causa que hoy es objeto de debate.


Exilio obligado

Su madre se enteró de lo que había vivido Luz en el D2 cuando, en un acto de inocencia, la niña le entregó una carta para su mejor amiga. La señora Casenave la leyó y supo que debía hacer lo imposible para recuperar a su hija. Luego de varios trámites y un viaje a Buenos Aires, se reunió con el ministro de Justicia de la Nación, el mendocino Ernesto Corvalán Nanclares, quien le aconsejó que llevaran la causa a la Cámara Federal. La privación de libertad establecida por Miret fue revocada y Luz Faingold, restituida a su hogar. “Lo que sí, yo no salía de mi casa, me lo tomé como que era prisión domiciliara”, recordó.

Luego de terminar el secundario se inscribió en la carrera de Psicología de la Universidad del Aconcagua. El 17 de marzo de 1976, a las 5 de la mañana, la familia fue despertada por un operativo militar. Luz Faingold fue nuevamente detenida y llevada al D2. La valentía de su madre, que siguió el traslado, evitó un nuevo ingreso de la menor al CCD. “Váyanse, pero sáquenla del país”, les dijo el jefe del operativo.

Ya siendo mayor de edad, sus padres decidieron que debía salir del país porque seguía pendiente el pedido del fiscal Otilio Romano de tres años de cárcel por violación de la Ley 20840. Su primera escala fue en Uruguay. Se radicó en Montevideo, donde continuó con sus estudios hasta que fue detenida por Interpol por una orden de captura expedida por el General de Brigada Jorge Alberto Maradona, máximo responsable del Ejército en Mendoza durante los primeros dos años de la dictadura militar. La justicia uruguaya negó la extradición y le dio 24 horas para salir del país debido a que la aplicación del Plan Cóndor le impedía garantizar la seguridad de la joven.

Su segunda escala la hizo en Río de Janeiro, Brasil, donde pidió asilo político al Alto Comisionado de las Naciones Unidas (ACNUR-ONU). “A los tres meses me llegó la visa a Francia. En París también tuve que volver a declarar en la Policía y me dieron la carta de refugiado y todos los papeles franceses. Permanecí en Francia hasta el final de la dictadura, cuando me volví. Llegué a Mendoza el 22 de agosto de 1984. Ya había ganado Alfonsín. Recuerdo que mi papá me decía que no podía venir”. A pesar de la negativa de su padre, con su pasaporte de refugiada política viajó hacia Paraguay, de allí a Chile y finalmente a Mendoza. En el Aeropuerto, su padre la esperaba junto al abogado Juan Carlos Aguinaga (padre), quien tenía un recurso de habeas corpus para evitar su detención. “Al día siguiente me presenté en Tribunales Federales, en el edificio donde están hoy, porque para la Justicia Federal estaba prófuga”, recordó la testigo. A pesar de ser absuelta de sus cargos, la orden de captura sobre Faingold siguió vigente hasta 1993.

Fuente: Edición UNCUYO

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