¿Los sismos de Mendoza se comportan igual que los de Venezuela?

Mendoza está entre las provincias con mayor riesgo sísmico de Argentina, pero las fuerzas que generan los terremotos son diferentes a las de aquel país. Varios lugares mendocinos están levantados sobre fallas activas.

¿Los sismos de Mendoza se comportan igual que los de Venezuela?

Hace más de cuatro décadas, Mendoza registró su último gran terremoto de magnitud 6,2. Foto: Impres

Sociedad

Unidiversidad

Ernesto Gutiérrez

Publicado el 04 DE AGOSTO DE 2026

Los dos devastadores terremotos registrados recientemente en Venezuela volvieron a poner a los movimientos telúricos en el centro de la escena, sobre todo en Mendoza, una provincia ubicada en una de las regiones de mayor actividad sísmica de la Argentina. Cómo se comportan acá las placas y fallas geológicas y qué se sabe de ellas actualmente. El geólogo José Mescua, investigador independiente del Conicet Mendoza, especialista en Geología Estructural y Tectónica y profesor de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCUYO), respondió estos interrogantes para armar un mapa que permita entender dónde estamos parados y qué diferencias hay con aquel país latinoamericano. 

El especialista dijo que primero hay que entender cómo funciona el subsuelo en ambos lugares. Aunque tanto Venezuela como Mendoza son regiones sísmicas, las fuerzas que generan los terremotos son diferentes y eso modifica sustancialmente el tipo de eventos que pueden esperarse.

"La zona donde ocurrieron estos sismos en Venezuela tiene una historia sísmica muy conocida y estudiada. Allí los terremotos están asociados al límite entre dos grandes placas tectónicas, en esa región interactúan la placa Sudamericana y la placa del Caribe. A diferencia de lo que ocurre frente a las costas chilenas —donde la placa de Nazca se introduce por debajo de Sudamericana—, en Venezuela ambas placas se desplazan lateralmente una respecto de la otra", explicó.

Ese movimiento horizontal provoca que enormes bloques de roca permanezcan trabados durante décadas o siglos, acumulando tensiones hasta que finalmente liberan esa energía mediante terremotos de gran magnitud. En esta oportunidad fueron de 7,2 y 7,5 en un corto intervalo de tiempo. "Es parecido a lo que ocurre en la falla de San Andrés, en California. Son placas que se rozan y se desplazan lateralmente. Ese contexto geológico es muy distinto al de la provincia".

Venezuela sufrió dos terremotos devastadores, pero el mecanismo geológico es diferente al que afecta a Mendoza. Foto: Prensa Libre.

Que Mendoza no comparta el mismo mecanismo tectónico que Venezuela no significa que esté libre de grandes terremotos. Muy por el contrario. La provincia integra una de las regiones de mayor peligrosidad sísmica de Argentina debido al proceso de subducción que ocurre frente a la costa chilena, donde —como ya explicó el especialista— la placa de Nazca, del Pacífico, se introduce lentamente por debajo de la placa Sudamericana. Ese fenómeno geológico es el responsable de buena parte de la actividad sísmica del oeste argentino y también de Chile. El último terremoto registrado en Mendoza ocurrió el 26 de enero de 1985 y alcanzó una magnitud de 6,2. 

Como consecuencia de ese proceso tectónico, la provincia posee alrededor de 15 fallas geológicas activas —La Cal, Barrancas, Cerro de La Gloria, Punta del Agua, entre otras—. La compresión entre placas genera esfuerzos que se transmiten hacia el interior del continente y se liberan a través de estas fracturas geológicas, también llamadas fallas. Muchas de ellas se ubican en el piedemonte y en sectores del Gran Mendoza. Algunas atraviesan zonas urbanizadas y otras permanecen ocultas bajo depósitos sedimentarios o áreas donde el crecimiento urbano modificó el relieve original.

El problema, dijo Mescua, es que la mayoría de estas fracturas en la provincia presentan tiempos de recurrencia extremadamente largos. Es decir, pueden transcurrir cientos o incluso miles de años entre un terremoto importante y el siguiente. Paradójicamente, esa baja frecuencia representa una ventaja y una desventaja. El especialista indicó que, por un lado, disminuye la probabilidad de que ocurran terremotos destructivos en períodos cortos, pero por otro, dificulta enormemente reconstruir el comportamiento histórico de cada falla, es decir, saber cómo funcionan.

Entre las fallas más estudiadas se destaca La Cal, al norte del Gran Mendoza, aunque dista mucho de ser la única estructura con potencial sísmico. También existen investigaciones recientes sobre la falla Melocotón, ubicada en el piedemonte en el límite entre los departamentos de Las Heras y Godoy Cruz, a unos 19 km al oeste de la Ciudad, donde mediante análisis geológicos y dataciones de materiales de decenas de miles de años fue posible estimar la velocidad promedio con la que se desplaza la estructura.

Sin embargo, este tipo de trabajos demanda equipamiento especializado, campañas de campo, estudios de laboratorio y recursos económicos que no siempre están disponibles, menos ahora que los recortes presupuestarios del gobierno nacional alcanzan al sistema científico argentino. Para investigadores e investigadoras conocer con mayor precisión el comportamiento de las fallas sísmicas —más aún en Mendoza— es clave para reducir riesgos, planificar ciudades más seguras y salvar vidas.

Una ciudad levantada sobre fallas geológicas

Cuando se habla de terremotos, la mayoría de las personas piensa inmediatamente en el movimiento de edificios, casas, objetos, etc., provocado por ondas sísmicas. Sin embargo, existe otro fenómeno menos conocido y que puede resultar aún más destructivo. Se trata de la ruptura superficial de una falla activa.

Según el especialista en Geología Estructural y Tectónica, si un terremoto ocurre a poca profundidad, el terreno puede fracturarse y desplazarse varios centímetros o incluso metros. En ese caso, cualquier construcción levantada exactamente sobre la traza de la falla puede sufrir daños irreparables, independientemente de que haya sido diseñada bajo normas antisísmicas. "Las construcciones están preparadas para soportar las ondas sísmicas, pero no para que el suelo se rompa debajo de ellas", indicó.

Por ese motivo, regiones altamente sísmicas como California establecen franjas de protección alrededor de las fallas activas donde determinadas construcciones están restringidas. Mescua consideró importante que Mendoza avance progresivamente hacia criterios similares. El problema, aclaró, es que varias ciudades mendocinas crecieron antes de que existieran estudios geológicos detallados. Un ejemplo de esto es lo que ocurre con la falla La Cal. Fuera del área urbana su ubicación está perfectamente identificada, pero en la ciudad, donde la intensa urbanización modificó el terreno mediante rellenos, excavaciones y obras, es difícil determinar con precisión el recorrido exacto de la misma.

Desde hace más de tres décadas distintos trabajos científicos proponen reservar corredores de seguridad mientras se profundizan las investigaciones. Sin embargo, modificar el trazado de una ciudad consolidada representa un desafío urbanístico, económico y político de enorme complejidad.

El último terremoto registrado en Mendoza ocurrió el 26 de enero de 1985 y alcanzó una magnitud de 6,2. Calle Paso de los Andes y Roberto Ortiz. Tintoreria Luxor. Foto: Impres

Para el investigador, el verdadero desafío no consiste en instalar miedo, sino en recuperar la cultura sísmica que históricamente caracterizó a Mendoza. "Cada vez que ocurre un sismo fuerte todos vuelven a preguntarse si podría pasar algo parecido en Mendoza. Después el tema vuelve a quedar en segundo plano", dijo.

Según explicó, esa pérdida de interés tiene una razón sencilla: "Como los grandes terremotos mendocinos ocurren con largos intervalos de tiempo, las nuevas generaciones pierden progresivamente la memoria colectiva de esos desastres"

Por eso insiste en que el camino debe apoyarse sobre cuatro pilares: profundizar las investigaciones científicas, mejorar el ordenamiento territorial, fortalecer las políticas de mitigación y sostener programas permanentes de educación y simulacros.

Porque, aunque hoy resulte imposible saber cuándo llegará un terremoto, la experiencia internacional ha demostrado que las consecuencias de un desastre natural dependen tanto de la fuerza del sismo como del nivel de preparación de una sociedad. “Comprender mejor el territorio y planificar en consecuencia sigue siendo la herramienta más efectiva para reducir sus consecuencias cuando finalmente llegue", sostuvo Mescua.

El movimiento entre las placas de Nazca y Sudamericana genera las principales fallas activas mendocinas. Foto: Gemini.

¿Puede un terremoto activar otro en un lugar diferente?

¿Es posible que un sismo importante, como el que ocurrió en Venezuela, desencadene otro sobre una falla cercana? Desde el punto de vista físico, la respuesta es afirmativa. "Cuando una falla libera energía, modifica el estado de toda la región circundante. Si otra estructura cercana ya se encontraba próxima a romperse, ese cambio puede favorecer un nuevo terremoto. Aunque también el movimiento puede aliviar la tensión de otras regiones", dijo Mescua.

Este fenómeno de liberación de energía fue observado en distintos lugares del mundo. Uno de los ejemplos más estudiados ocurrió en Turquía durante 2023, cuando, según Mescua, dos terremotos de enorme magnitud se produjeron sobre fallas diferentes en un intervalo relativamente corto. “Muchos especialistas describieron aquel episodio como un verdadero doblete sísmico", agregó.

Sin embargo, trasladar automáticamente ese escenario a la provincia sería un error. "En principio, por el contexto geológico de Mendoza no es lo esperable", dijo el especialista, aunque aclaró que la naturaleza siempre nos puede sorprender.

La afirmación resume una de las principales limitaciones de la sismología moderna. Hoy científicos y científicas son capaces de identificar fallas activas, reconstruir terremotos ocurridos hace miles de años, estimar velocidades de desplazamiento e incluso calcular probabilidades de ocurrencia a largo plazo. Lo que todavía nadie puede hacer es predecir el momento exacto en el que ocurrirá un terremoto. Por eso, Mascua explicó que el objetivo de estos estudios no apunta a generar alarma sino a conocer mejor el peligro sísmico para planificar el crecimiento urbano y reducir los daños futuros.

 

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