Miriam Lewin: "El cuerpo de la mujer era el botín de guerra"

Las violaciones a las mujeres detenidas-desaparecidas durante la dictadura fueron sistemáticas y representaban un castigo ejemplar a la rebeldía. El libro de Miriam Lewin y Olga Wornat, Putas y guerrilleras, narra el duro camino hacia el reconocimiento de esa violencia sexual como una forma de tortura específica y un crimen de lesa humanidad.

Miriam Lewin: "El cuerpo de la mujer era el botín de guerra"

Especiales por Edición UNCUYO / Publicado el 09 DE JULIO 2014


La violación de las mujeres secuestradas en los centros clandestinos de detención por parte de los represores es el delito que más demoró en ser reconocido como crimen de lesa humanidad. La prioridad estaba en otra parte: en la apropiación de bienes particulares, por ejemplo. Además, en el marco de una sociedad en la que tanto los sectores conservadores como los revolucionarios mantenían rígidas ideas patriarcales acerca de las mujeres y sus derechos, se hizo imposible durante décadas nombrar, visibilizar y reclamar justicia sobre esa violencia específica. El libro Putas y guerrilleras historiza y reflexiona sobre los imaginarios puestos en juego desde las mesas de torturas hasta las salas de los tribunales.

Miguel Russo entrevistó para Miradas al Sur a Mirian Lewin, autora del libro en sociedad con Olga Wornat. Reproducimos algunos pasajes de un diálogo que devela el duro camino recorrido por sobreviviente, periodista y escritora.

"Durante mucho tiempo yo me negué a escribir o a hacer informes sobre temas que tuvieran que ver con derechos humanos porque consideraba que, al ser parte de mi propia historia, yo no podía poner la distancia necesaria. Hasta que una vez, en un taller de ética periodística que cursé, el profesor me dijo que, en este caso, el haber pasado por estas experiencias vinculadas a las violaciones a los derechos humanos me daba un plus. Es como si yo fuera una sobreviviente de un campo de concentración y, a la vez, estuviera haciendo un informe sobre el tema. Un campo de concentración nazi, pongamos. Me dijo que en este caso no había objetividad periodística posible. A decir verdad, yo creo que en ningún caso la hay, en nada, en nadie, bajo ningún concepto. Pero él me decía que en este caso no estaba mal que me parara en una posición de condena, porque no había forma de no condenar estos delitos de lesa humanidad. Por eso digo que las dos posiciones son esas: la sobreviviente que lo siente en carne propia, y muchas veces ciertas heridas están en carne viva todavía, y la periodista o escritora que intenta poner un poco de distancia".


"El libro refleja situaciones muy disímiles. Violencia sexual con todos sus matices. Cada centro clandestino de detención tenía su peculiaridad. En algunos, las mujeres eran para los oficiales, en otros eran para los suboficiales y para la oficialidad quedaban los bienes materiales. En todos, el cuerpo de la mujer era el botín de guerra, pero se accedía a ellos con mayor o menor violencia física. En algunos centros clandestinos de detención hubo casos que tienen la característica del abuso sexual".

"Los niños que son víctimas de abuso sexual denuncian muchos años después porque se sienten culpables y avergonzados. Porque tienen la fantasía de que ellos podrían haberse resistido. Lo mismo les ocurre a las mujeres que pasaron por estas situaciones en los centros clandestinos de detención. Nos olvidamos que las mujeres que, a cambio de ese sexo no deseado, no requerido, no buscado, obtuvieron una llamada telefónica para comunicarse con sus hijos menores que no sabían si estaban vivos o no, si habían sido arrojados a un orfanato o los habían matado. O por llamadas a sus padres ancianos. O por una mejor ración de comida. O por una promesa de sobrevida. Entonces, si estas mujeres sienten todavía, muchos años después, que no está completo el proceso por el cual se identifican como víctimas, es muy difícil que denuncien. Eso es lo que les pasa a las víctimas. Todo ello, incentivado por el hecho de que dentro de la militancia, o del círculo de los militantes de aquella época, todavía se las sigue señalando y todavía siguen siendo sospechadas. Y qué decir de la sociedad en general".

"A nosotras se nos dice que si nos asaltan en la esquina, lo demos todo, a ver si encima, por defender unos pesos, nos matan. Pero lo primero que preguntan o lo primero que piden cuando vamos a denunciar una violación a la comisaría es que mostremos cómo pusimos en riesgo la vida para defendernos del ataque sexual. Lo que está comprobado, y lo señala Inés Hercovich en su ensayo sociológico El enigma sexual de la violación, es que lo primero que piensa una víctima de violación cuando es atacada es cómo hacer para que no la maten. Qué tengo que hacer para que este tipo no se ponga tan violento que, encima, termine matándome después de violarme. Por el contrario, cuando la víctima va a denunciar, lo primero que pide el funcionario policial es que se le muestren las marcas de la violencia. Tenemos que demostrar que luchamos hasta poner en peligro la vida para preservar la sexualidad".

"Esa cuestión del honor a la vieja usanza. Las compañeras que lograban salir de los centros clandestinos de detención les decían a sus madres que habían sido violadas y las madres decían 'que no se entere tu padre' o 'ni se te ocurra contarle a tu hermano'. O el caso del padre que, al enterarse de que su hija fue violada, quiere salir a matar al violador. Ni un abrazo, ni una pregunta a su hija. Parecería que era ese honor de hombre lo que había sido violado. Una reflexión: las mujeres siempre dejamos nuestro sufrimiento para lo último. Primero defendemos a los hijos, a los hombres, a otras mujeres. Y, por último, está nuestro propio sufrimiento. Somos como el último orejón del tarro. Y tenemos un espíritu de sacrificio tan incorporado que no nos pareció mal que, primero, la Justicia examinara los casos de las propiedades robadas a los desparecidos y recién después se escuchara “señores jueces, somos víctimas, condenen a quienes nos violaron”. Este es un reclamo muy tardío".

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