Ni chancletazo ni permisividad: una caja de herramientas para buscar otros modos de crianza

Así lo plantea la doctora en psicología y mediadora familiar, Nancy Caballero. Dice que, sin importar las edades, chicas y chicos necesitan claridad y coherencia. Propone una comunicación y una disciplina asertivas.

Ni chancletazo ni permisividad: una caja de herramientas para buscar otros modos de crianza

Una infancia feliz. Caballero dice que ese es un derecho fundamental de niños, niñas y adolescentes. Foto Pixabay

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Unidiversidad

Verónica Gordillo

Publicado el 03 DE MAYO DE 2022

Es una caja de herramientas. Y la propuesta de la doctora en Psicología, Nancy Caballero, es que las familias la utilicen como y cuando quieran en la búsqueda de un modo de crianza que se aleje del chancletazo, de la permisividad y de la actual ambigüedad. El único objetivo –dice– es que las personas en crecimiento ejerzan uno de sus derechos fundamentales: tener una infancia feliz, lo que –asegura– significará felicidad para quienes están a cargo de su cuidado.

El 25 de abril fue el Día Internacional de la Lucha contra el Maltrato Infantil, una oportunidad para reflexionar sobre las múltiples formas de violencia y sobre la vulneración de derechos que sufren las personas durante su infancia y su adolescencia. También fue –y es– una oportunidad para reflexionar sobre los modos de crianza, para intentar modos distintos, más democráticos.

Para pensar en esos nuevos modos, Unidiversidad convocó a Caballero porque reúne teoría y práctica: es psicopedagoga, doctora en Psicología, pero también es mediadora, orientadora familiar y suele brindar charlas en las que participan quienes cuidan y quienes reciben cuidados. Ella aclara que no habla desde un pedestal, que quienes crían –ella incluida– tienen dudas, se preguntan si está bien o mal lo que hacen, si marcan demasiado el error o el acierto, cómo encontrar el equilibrio, pero que todos actúan desde el amor. La idea –explica– no es acusar, buscar un culpable, sino acompañar a los adultos con herramientas que pueden utilizar según la edad y las características particulares de quienes están a su cargo.

 

Desterrar la violencia

Antes de desplegar la caja de herramientas, la profesional propone hacer un poco de historia, porque dice que ayuda a entender. Cuenta que, a principios del siglo XX, los adultos ni siquiera besaban a los y las pequeñas para no “estropear” su carácter, que mantenían la autoridad y que las múltiples formas de violencia, especialmente los castigos físicos, estaban permitidos. En los años 60 –continúa–, con el auge del psicoanálisis, se empezó a hablar de trauma infantil, por lo que el reto no estaba permitido para evitar frustraciones: así se pasó de familias autoritarias y rígidas a otras aleatorias, es decir, sin normas. Hoy –según su punto de vista–, el modo de crianza no es vertical ni horizontal, sino excesivamente ambiguo, lo que se traduce en chicos y chicas con inseguridad e incapaces de tolerar mínimas frustraciones.

Caballero es clara cuando habla de violencia: subraya que hay que descartar cualquier forma que implique una agresión física o psicológica. Explica que –salvo cuando existe una problemática de base y se deben poner en marcha mecanismos de protección de derechos– los adultos tienen claro que una paliza es inaceptable, pero que esa claridad se empaña cuando se trata de un chancletazo, de un tirón de pelos, de un grito o una palabra descalificadora. Violencia es violencia, resalta, como para dejar en claro que no importa el modo de ejercerla.

La psicóloga trae a colación la pregunta que le repiten en su consultorio y en las charlas que brinda en distintos ámbitos: “Si a mí me criaron de esa manera y no me pasó nada, ¿por qué no puedo darle un correctivo cuando se porta mal?”. Ella da una y otra vez la misma respuesta: entendimos que hay otras maneras, que la violencia traumatiza, que lo que importa no es el adulto, sino la resonancia afectiva que nuestro accionar tiene en la otra persona, que no es un objeto, sino un sujeto con derechos, un sujeto en formación, al que se debe acompañar y respetar.

“Tenemos que aprender como adultos que la violencia es violencia en cualquiera de sus formas. Entonces, a la violencia tenemos que descartarla de todas las maneras posibles porque, además, es un mensaje de doble nivel: 'Te amo, pero te golpeo; te amo, pero te grito; te amo, pero te tiro el pelo'. Eso confunde al chico”, asegura la experta.

La profesional dice que los chicos y chicas deben tener en claro qué normas deben cumplir y las consecuencias si las incumplen. Foto: Pixabay

 

Decisiones en manos adultas

Antes de hablar de herramientas, la profesional subraya dos aspectos que considera esenciales. El primero, que la crianza es una labor que implica esfuerzo y –sobre todo– paciencia; el segundo, que los adultos deben tomar todas las decisiones que requieran de un juicio crítico y explicarlas con claridad, porque, de lo contrario, considera que se pone en riesgo la integridad física y la salud mental de los y las pequeñas.

“Nosotros, de golpe, permitimos que un niño muy pequeño decida si va o no a la escuela, si se lava o no los dientes, si se abriga o no aunque haga diez grados bajo cero, si se alimenta con comida chatarra porque no le gustan las verduras; o sea, dejamos que decida cosas que debe decidir un adulto. Está bien que le expliquemos por qué se debe hacer, pero no le pedimos permiso. Sí, puede elegir, por ejemplo, qué abrigo se pone, qué verdura o fruta le gusta más, pero no el aspecto central. Por otro lado, cuando se trata de decisiones que sí pueden tomar, por ejemplo, si les gusta ir o no a inglés, si les gusta jugar al fútbol o aprender a tocar la guitarra, si quieren tener estos amigos u otros, ahí sí nos imponemos; es decir: 'Tenés que ir a inglés, tenés que invitar a todos tus compañeros porque son los hijos de mis amigos, tenés que hacer este deporte'. Es un mensaje raro, ambiguo”, expresa la profesional.

 

Información clara y precisa

Caballero resalta otro aspecto que es esencial para cualquier edad: dar un mensaje claro, conciso y concreto, hay que resumir, propone. Dice que es necesario detallar las normas y cuáles son las consecuencias de no cumplirlas a través de una comunicación asertiva, es decir, amable, pero firme. Cuando no se cumple con esas normas –asegura–, hay que cumplir con esas consecuencias de las que ya hablaron, sea no salir o no tener celular por dos horas, porque, de lo contrario, el mensaje es confuso.

La profesional explica que es necesario tener en cuenta la edad y evolución de los y las pequeños, porque esto evita que los adultos personalicen una actitud: “Me hace esto porque no me quiere”, o “Me lo hace a mí porque no me respeta” son frases que escucha en las consultas. En este sentido, explica que –por ejemplo– hay dos edades de la obstinación: los tres años, cuando aparece el capricho, el no a todo; y la pubertad, que ella resume en la frase “No sé de qué se trata, pero me opongo”. Sabiendo esto, comenta, el adulto no personaliza y pone en marcha la única fórmula posible según su visión: una conjunción de paciencia y firmeza en cuanto a los límites y las normas generales que se deben cumplir.   

“El límite es el mismo, pero la resonancia afectiva, la calma que vos podés tener como adulto cuando sabés que es algo que tienen que ver con su etapa evolutiva y no con una cosa que te hace a vos, son distintas. Es decir, ponés el límite con firmeza, pero sin volverte loco”, expresa.

 

El mensaje coherente

La profesional marca otro aspecto que considera central en la crianza: la coherencia en el mensaje, es decir: si le dije que no, es no; si le dije que sí, es sí, y si, como adulto, comprende que me equivoqué, entonces es posible retractar, pero no porque el niño o la niña presione y haga un escándalo, sino porque me dio argumentos que no había tenido en cuenta.

“El chico necesita un adulto que sea coherente. Si hace un berrinche y nosotros cedemos, lo va a seguir haciendo siempre, y no porque sea malo, sino porque el niño necesita ser el centro de atención, y cuando hace un berrinche y consigue lo que quiere, en su cabecita dice: ‘Esta es la forma de conseguirlo’, entonces lo va a seguir haciendo”, comenta.

Caballero subraya que el berrinche requiere de algo que el adulto tiene cada vez menos, y es paciencia. Dice que aun cuando patalee o grite, hay que hacer un esfuerzo por seguir hablándole bien; retarlo, pero no ponerse a su altura, y propone un mensaje posible para repetirle como un mantra en esos momentos: “Te amo, pero no te voy a aceptar esa actitud", "Te amo, pero con esto hay que cumplir", o "Te amo, pero lo que hiciste está mal”.

“Va a seguir enojado y pataleando, pero, en todo caso, sabe cuál es el límite, cuál es la línea, hasta dónde llegar y hasta dónde no. Según la edad, podemos escuchar sus argumentos respecto de por qué cree que es injusto ese límite, e incluso rectificar si plantea algo que no se tuvo en cuenta, pero no dejar que el límite lo ponga el chico o que el límite lo ponga su berrinche”, resalta.

Caballero explica que los niños, niñas y adolescentes no pueden decidir sobre aspectos centrales que hacen a su cuidado y protección. Foto: Pixabay

 

De premios y "castigos"

Caballero asegura que, para una persona en formación –sin importar la edad–, debe existir algo que marque la diferencia entre hacer las cosas bien y hacerlas mal. Y, como les da importancia a las palabras, propone dejar de lado el concepto de castigo y adoptar el de disciplina asertiva, que resume en la siguiente fórmula: están en claro las normas y también están en claro las consecuencias por no cumplirlas.

La especialista cuenta que en los colegios donde brinda charlas, los y las adolescentes suelen hablar sobre las reglas genéricas de su casa y es usual que cuenten que tal o cual profesor, o tal o cual preceptor les arruinó el fin de semana, porque cargó su nota el viernes, y el papá o la mamá no lo dejó salir el sábado. En estos casos, ella repite el mismo ejercicio: “¿Entonces vos no quisiste salir el sábado?”, les pregunta, y la miran raro, pero ella sigue: 'Porque, si en tu casa te avisaron que, si no aprobabas, no salías el sábado, entonces no están haciendo nada más que lo que ya te dijeron, la decisión fue tuya'. Silencio primero y risas después es lo que casi siempre recibe.

“Esto, que suena tan tonto y simple, lo hago con niños muy chicos y con adolescentes, para que entiendan que, en la vida, todo lo que hacen tiene consecuencias positivas y negativas. Entonces, en la medida de la edad que tenga el chico, tiene que entender que ese reto o ese 'castigo' no es porque lo odio o estoy enojado, es porque yo le di la oportunidad de elegir entre ir o no ir, y él con su actitud, incumpliendo una norma pactada, decidió no ir”, expresa.

La profesional explica que el ejemplo anterior es una muestra de la necesidad de claridad que tienen niños, niñas y adolescentes: estas son las normas, y estas, las consecuencias por no cumplirlas; sobre todo, cumplir con esas consecuencias, porque, de lo contrario –asegura–, el mensaje es que da lo mismo hacer las cosas bien que mal, simplemente porque no hay consecuencias.

“Nosotros le decimos una cosa al chico y a los dos minutos nos desdecimos, y eso provoca que el chico esté perdido. Entonces, tenemos al niño que es el rey de la casa y hace lo que quiere, o tenemos al niño que no tiene la capacidad de afrontamiento ni para situaciones de frustración mínima. Eso se lo damos los adultos, y después le echamos la culpa al chico porque no se sabe defender o porque es un caprichoso. Entonces, preguntémonos, como adultos, de qué manera lo estamos haciendo. No importa si el padre y la madre están separados: en los grandes lineamientos, tienen que estar de acuerdo los adultos para que los niños no sufran”, afirma.

 

A la medida de las familias

Caballero explica que cada familia debe buscar la manera de poner en claro que algo se hizo mal, porque esas formas tendrán que ver con las características y personalidades de los niños y niñas, y también de los adultos. Por ejemplo, explicó que existen familias donde un reto que marque la equivocación es suficiente, pero, en otros casos, es necesario que eso se materialice: por ejemplo, no salir, no ir a tal o cual lugar, dos horas sin celular, cortar el wifi, ectétera.

La profesional también reflexiona sobre el clásico y ya famoso “ir a pensar”. Considera que, en primer lugar, sirve para que el niño o niña y el adulto bajen decibeles, la adrenalina que sube con el enojo, y, en segundo lugar, para que surta efecto, es necesario tener en cuenta las edades. Por ejemplo, dice, para cuando son más chiquitos, que no tienen noción de tiempo y espacio, el período debe ser corto y debe quedar claro que actuó mal. En púberes, sigue, mandarlos a pensar sin una indicación no sirve. Por ejemplo: "Te advertí que no podías salir sin avisar, entonces andá a tu cuarto, pero sin teléfono, compu o sin wifi", porque, si no, encienden sus teléfonos y no hay ninguna reflexión posible.

Otro de los aspectos que marca es la necesidad de ser concreto cuando el adulto pretende que reflexionen: es decir, no irse por las ramas, no sacar a relucir situaciones pasadas, sino lo que pasó hoy, ahora. Resume la profesional como respuesta adecuada: "Lo que hiciste está mal, por esto te estamos retando y esto esperamos de vos la próxima vez".

La psicóloga también habla de premios. Su visión es que nunca se debe “pagar” por algo que el adulto indica como norma central; por ejemplo, contestar bien, asistir a la escuela, lavarse los dientes, no ser una persona agresiva, porque, si ya se marcó que está mal hacerlo, ¿por qué se le debería “pagar” por hacerlo bien?. Eso confundiría al niño o niña, explica. Otra cosa –asegura– es cuando el adulto hace un regalo espontáneo para premiar un esfuerzo: considera que eso es válido, pero siempre desde el cariño y no como una forma de “pagar” por algo.

Poner a disposición una caja de herramientas: esa es la propuesta de Caballero. Herramientas para que los adultos utilicen cuando y como quieran para intentar nuevos modos de crianza que se alejen del chancletazo, de la permisividad absoluta y de la ambigüedad, y donde el objetivo central sea que las personas a su cargo tengan una niñez feliz. 

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