“No es nuevo que las mujeres escribamos, lo nuevo es que nos tomen en serio”

En una charla previa a recibir el doctorado honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCUYO, la escritora, docente y crítica literaria Elsa Drucaroff desplegó un mapa agudo sobre el lugar de las mujeres en las letras, de la perspectiva de género en la crítica y sus desafíos tras la última ola feminista.

"No es nuevo que las mujeres escribamos, lo nuevo es que nos tomen en serio"

"Leo buscando conflictos de poder y los conflictos de poder no son solo de clase", dijo la escritora feminista Elsa Drucaroff. Foto: Unidiversidad

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Julia López

Publicado el 19 DE MAYO DE 2026

De ignoradas o relegadas al nicho de lo comercial hasta ocupar un lugar de prestigio estético en la actualidad, las mujeres se han hecho un lugar en la literatura. La última ola feminista trajo consigo el reconocimiento de escritoras cuyas obras trascienden las fronteras, pero también vino acompañada de una crítica sin rigor que juzga si la gente es lo suficientemente feminista cuando escribe. A través de un recorrido histórico y teórico, la escritora Elsa Drucaroff desarmó los mecanismos de exclusión que han operado sobre las escritoras y propuso una nueva forma de entender la mirada estética en conflicto con el patriarcado.

Antes de recibir el doctorado honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCUYO, la docente compartió la charla “¿Crítica feminista o literatura feminista? Pensando una política cultural para leer nuestra literatura”. Allí, Drucaroff intentó responder qué pasa con las mujeres en relación con la literatura, qué pasa con la crítica literaria en relación con el feminismo y qué pasa con la producción literaria actual y de la última década, sobre todo, en relación con el feminismo.

Mercado sí, prestigio no

Históricamente, las mujeres en el campo literario no han estado ausentes en la producción, sino en el reconocimiento legítimo. Elsa Drucaroff sostiene que siempre hubo al menos algún nicho en el mercado para las mujeres, pero ese espacio estaba estrictamente separado del prestigio. Mientras que la industria capitalista permitió que autoras como Jane Austen o las hermanas Brontë vendieran cantidades masivas de libros, la crítica académica y periodística se negaba a tomarlas en serio como artistas. En Argentina, casos como los de Beatriz Guido, Silvina Bullrich o Marta Lynch demuestran que el éxito de ventas no se traducía en capital simbólico. Para el sistema literario, las mujeres que escribían eran consideradas productoras de literatura comercial, sentimental o de "desfogue lírico", pero rara vez eran leídas como creadoras con una propuesta estética audaz.

Esta falta de legitimidad configuraba un círculo de hierro para las escritoras. Si una mujer escribía sobre la familia o el amor, era tildada de estúpida o sentimental; pero si se atrevía a una literatura cruel, cínica o ácida que desafiara las verdades establecidas, era condenada moralmente como una burguesa frívola y malvada. Drucaroff destaca que, hasta 2015 —o siendo muy flexibles, 2010— , a las escritoras simplemente no se las tomaba en serio. Es decir, sus obras no eran bibliografía en las facultades, no integraban las colecciones "serias" de las editoriales y, si lograban ser publicadas, eran ignoradas por la crítica universitaria, que a lo sumo aceptaba a una mujer como excepción para justificar el canon masculino.

En la actualidad, ya no es posible invisibilizar a las escritoras. Sus nombres son de lo más importantes en la literatura argentina actual. Y para Drucaroff, hay un consenso bastante amplio en que "el mejor narrador vivo de nuestro país" es una mujer, Samanta Schweblin.

Uno de los postulados más potentes de la charla de Drucaroff es que la opresión de género no es un fenómeno ejercido exclusivamente por los varones. Al analizar por qué el sistema literario y académico, integrado también por mujeres, replicó durante décadas la exclusión de sus pares, la especialista afirma de manera tajante: “La discriminación de las mujeres es algo que convence a toda la cultura”. No se trata, entonces, de señalar exclusivamente a los varones, porque, a menudo las mujeres son actrices activas en el sostenimiento de su propia discriminación, convencidas de que hay lugares, roles y puestos que no les corresponden por una cuestión de jerarquía y desigualdad naturalizada.

Por ello, para Drucaroff, hacerse feminista es un acto de responsabilidad y autoconstrucción consciente. No es un estado natural ni una condición biológica, sino un punto de llegada que requiere tomar las riendas de las propias contradicciones y exigir la deconstrucción tanto propia como ajena. En el ámbito literario, esto se traduce en la necesidad de una crítica que no se limite a la queja o al reproche, sino que examine y diagnostique cómo la cultura ha arrinconado históricamente a las mujeres en una posición marginal, incluso cuando ella misma no era consciente de esa situación.

La mirada femenina como hallazgo estético

Frente a la pregunta de si existe una forma específica de escribir de las mujeres, Drucaroff se aleja de las definiciones biológicas o pragmáticas. Para ella, la mirada femenina no es algo automático que surja por el solo hecho de tener vulva, sino que es un hallazgo estético y un punto de llegada político. La mirada femenina aparece cuando la escritora decide no borrar su situación cultural y biológica para intentar hablar "universalmente" —un lenguaje que a los varones se les da muy bien—, sino que trabaja desde su posición sociocultural y el lugar político que ocupa en el mundo.

Se trata de una perspectiva desde los márgenes, similar a la “mirada desde la alcantarilla” de Alejandra Pizarnik, que permite representar o construir algo que desde el centro del pensamiento universal masculino resulta invisible. Drucaroff ilustra esto con la imagen de las mujeres que, a lo largo de la historia, escuchaban las decisiones que definían el destino de la humanidad mientras servían el café desde la cocina. Esa posición lateral genera una visión del mundo distinta, una conciencia de la diferencia de poder que, cuando se conecta con la creación artística, produce una literatura que no se parece a nada de lo previsible.

La mirada bizca

El concepto central que Drucaroff recupera de la teórica alemana Sigrid Weigel es el de la mirada bizca. Esta noción define la literatura escrita por mujeres como un espacio de tensión donde conviven dos visiones simultáneas e incompatibles: la mirada patriarcal y la mirada femenina. Drucaroff explica que una obra es "bizca" porque en ella “un ojo mira desde el patriarcado, otro atisba algo distinto”. Es una perspectiva que exhibe las contradicciones entre lo que la sociedad espera de una mujer (la obediencia al mandato, la idealización de la maternidad) y lo que ella siente como su verdad profunda.

Esta bizquera no es algo que se pueda controlar voluntariamente; nace del encuentro conflictivo de la artista con su condición y a menudo fluye desde el inconsciente gracias al talento. La autora pone como ejemplo la obra de Liliana Bodoc, quien a pesar de no definirse como feminista y de replicar estructuras familiares patriarcales en sus tramas, logra una mirada femenina extraordinaria a través de su tratamiento de la naturaleza y la muerte, donde integra lo irracional y lo material de una forma ajena a la lógica masculina de la épica tradicional. Para Drucaroff, esta tensión es precisamente lo que hace que el arte sea rico e interesante: “El arte no se hizo para acariciarnos la cabeza, el arte se hizo para sacudirnos la cabeza”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Una crítica feminista de calidad frente a la mirada policial

En el tramo final de su intervención, Drucaroff advirtió sobre los peligros de lo que denominó una crítica feminista de mala calidad. Esta mala crítica se caracteriza por dos errores fundamentales: forzar los textos para tratar desesperadamente de encontrar elementos feministas en cualquier obra escrita por una mujer, por un lado, o juzgar el valor de una obra únicamente por cuán feminista es su contenido, por otro. Según la autora, una obra literaria no es buena o mala según su ideología; el arte que solo sirve para repetir una consigna política es un panfleto destinado a morir cuando pase la moda.

Drucaroff es crítica con la forma en que la cuarta ola feminista ha abordado la literatura. Señala que esta ola ha leído muy poco y de forma sesgada, actuando “como si la película recién empezara” y desconociendo la tradición teórica de sus "madres y abuelas". Esta falta de formación teórica ha derivado en una crítica directamente policial que se dedica a juzgar si los autores —las autoras, principalmente— son lo suficientemente feministas cuando escriben, llegando al extremo de la censura y la mutilación de textos clásicos en nombre de lo políticamente correcto. Drucaroff califica estas prácticas de "actos de barbarie" que atentan contra la autonomía del arte.

En cambio, propone defender una crítica feminista que no sea un reproche ideológico, sino un ejercicio de lectura de significaciones y conflictos de poder. No se trata de pedirle a la literatura que sea pedagógica o moralizante, sino de utilizar la perspectiva de género para alumbrar sentidos que la cultura ha naturalizado. Para Drucaroff, esta perspectiva debe aplicarse a todos: a hombres, mujeres y disidencias, ya sean feministas o no. La meta no es lograr una "literatura feminista" pura y sin manchas, sino una crítica capaz de valorar la mirada bizca y la tensión estética, entendiendo que la riqueza de una obra reside en su capacidad de construir mundos donde se tensan al máximo las contradicciones de la sociedad. 

“Cada momento histórico intentó imponerle a la literatura alguna obligación de enseñar algo”, repasó la escritora. En los 60 y 70 era la lucha anticapitalista —y múltiples autores fueron denostados por no encarnarla activamente en sus textos— y en la actualidad, la lucha feminista. El desafío es tomar en serio la producción de las mujeres sin encerrarlas en un nuevo corral de temas obligatorios: abuso, violación, embarazo no deseado o no tener hijos. “Estaríamos terminando de rehacer una vuelta espantosa de 360 grados para terminar encerradas en un nuevo corral de cuáles son los temas sobre los que tenemos que escribir”. 

 

 

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