Excluimos cuando hablamos de "lenguaje inclusivo"

Por María Moreno, escritora y columnista de Página/12.

Excluimos cuando hablamos de "lenguaje inclusivo"

Sociedad Columnas por María Moreno para Página/12 / Publicado el 13 DE MAYO 2019

Como no se me ocurre ningún tema, decidí tunear –es decir cortar, intervenir y pegar– parte de uno sobre el que escribí para leer en el Encuentro Internacional de Derechos Lingüísticos como Derechos Humanos para hacerle la contra al Octavo Congreso Internacional de la Lengua Española, ambos cordobeses como el burrito del dicho. Sí, ya sé, cien veces no debo: es demasiado demagógico, de baja estofa, cebarme otra vez en onda linchamiento "facebookero" y apelar a lo que David Viñas llamaba “titeo”, esa humillación del otro, inventada por Pepe Ingenieros y heredada por Marcelo Tinelli, y volver a repetir mis cachadas porteñas sobre el hecho de que Mauricio Macri y Felipe Vl, rey de España, hubieran abierto el oficial.

Pero nobleza debería haber obligado al rey a usar con más fintas de las que se le conocen la lengua cuya soberanía magnánima había venido a anunciar. Porque he ido a guglear su retórica –olvidemos la metida de pata de llamar José a un Jorge– y me saltó su discurso pronunciado ante el Congreso de EE. UU. “España no puede ser indiferente a nada que acontezca en el continente americano, puesto que lo descubrió y trajo a él, desde 1492 y durante siglos, con sus propios hijos e hijas, la fe cristiana, la lengua española, formas europeas de vida y de pensamiento y un concepto radical de la igualdad esencial del género humano que palpita en las Leyes de Indias promulgadas por mis antepasados.

"La concepción española de la dignidad de la persona humana, expresada por nuestros teólogos y nuestros juristas a propósito del indio americano, modificó para siempre el derecho de gentes y sentó las bases del moderno derecho internacional. Una Reina de Castilla, Isabel, de la que yo desciendo en línea directa, llevada del instinto profundo que caracteriza el alma femenina, nombró almirante de la marina española a un desconocido, pero experto navegante, Cristóbal Colón, para que hiciera realidad sus proyectos y sus sueños. Las naves de España se encontraron con América, que les esperaba para entrar de lleno en la historia y convertirse en pocos siglos en singular protagonista del destino humano”.

Po favó: “lo descubrió y trajo a él”, “la fe cristiana, la lengua española, formas europeas de vida y de pensamiento”, “alma femenina”, “dignidad de la persona humana para el indio americano”, más lo más escandaloso: que América esperara a España para entrar en la historia. Y por poco decía mi tata Doña Isa, ¡qué colonialismo tan atrasado de conceptos –el exterminio como hidalguía y don de gentes–! Encima estaba hablando en el corazón del capital en el que los “adelantados” fueron otros. 

Si dan ganas de decirle “imbécil” a este borbón, no para agraviarlo, no, no, no, después de todo yo no tengo el ingenio de Don Jacinto Benavente, que, cuando se le desafió a que le dijera a no sé cual reina que era renga, se le acercó con dos rosas en la mano y le dijo “Entre la blanca y la roja, su majestad es-coja”, sino para educarlo enseñándole una de las pocas palabras del lenguaje inclusivo que ya viene cómodamente con la e incorporada: ¡imbécil! Si Mauri hizo con este hombre un dúo que ni el antiguo Dúo Dinámico o el aún más olvidado Buono Striano: ya se le veía cuando confundió a los hombres de mayo con unos destetados antes de tiempo, pensando en su “angustia” por separarse de la madre Patria, aunque ellos y sus descendientes hayan empezado por cortarle la lengua a fuerza de lecturas ainglesadas y afrancesadas.  

Es que nuestra literatura, es decir, el hecho que había desencadenado la escritura del Facundo, comienza por afuera de nuestro territorio, la cordillera que es camino para el exilio por el oeste, como lo es el río por el este, en huida y deseo grafitero de “On ne tue point les idée” que, como señala Ricardo Piglia, Sarmiento atribuye a Fourtul , pero Groussac a Volnay, pero Verdevoye a Diderot. ¿Suena alguna s sibilante, alguna j en sordina en esta frase? No. 

¿Qué lugar ocupa España en la genética de nuestros muñecos grandes de la literatura, más allá de que Cortázar sea belga, Gombrowicz polaco, Copi uruguayo y Puig hollywodense? 

Nuestra lengua porteña es Riachuelo, es decir, contaminación, color y mitología de andurrial cocoliche. Allá por la consolidación del Estado y del indio aniquilado, nosotros teníamos los gentlemen: un Eugenio Cambaceres minorizaba a inmigrantes gallegos e italianos reproduciendo en sus obras una lengua oral, supuesta deformación del porteño señorito, ese que se pasaba al francés como del Club del Progreso al Moulin Rouge sin escala en Madrid. Por suerte, los cronistas como Eduardo Wilde y Félix Lima, que son mi linaje plebeyo, habían encontrado en la reproducción fonética de los tonos venidos del idish, del gallego y del piamontés un respeto acorde al que se negaba a esa inmigración indeseada para la imaginada ciudad moderna. 

Y en buen cayetano, nuestras princesas que están tristes no son las princesas de Asturias, han sido soñadas por el modernismo en las jornadas robadas a la crónica –ganado el pan, hágase el verso–. París no es París sino teatro divertido y terrible y todo con la letra S del cuello del cisne pero torciéndolo por engañoso plumaje, de exotismo tuneado hasta borrar el modelo, hasta volverse identidad a la que seguir desplumando eternamente.  

No sé ustedes, pero yo cuando escucho RAE, oigo RAI, la tele donde Rafaella Carrá champurreaba en un castellano zucundún… 

Claro que hay una lengua desatada y que se aloca en la de los disidentes sexuales y feministas negándose a pagar peaje en aduana lingüística alguna porque siendo de reinas, es ella la que funda la ley, más loca que la reina loca de Alicia en el País de las Maravillas a la que le gustaba mandar a cortar cabezas –una versión censurada dice que eran glandes y que ella lo hacía de puro fetichismo nomás–, que en lugar de sangre azul prefiere la rosa aunque a ese color pretende secuestrarlo Bolsonaro y es la que más acepta migrantes indocumentados, o sea, palabras robadas, reinventadas, forajidas, tumberas, chanchas o susurradas de la Multinacional Lasciva. Es la que zumba en la voz de Marlene Wayar cuando se define a sí misma como un gerundio, de Lohana Berkins cuando dejó circular fuera de la lengua travesti el careteteo, el closear y lo desaforido, la de Naty Menstrual cuando hace su Batido de Trolo... ¿Qué Real Academia, salvo la de Queen, puede reglar esa saliva de brillantina?

Claro que estoy totalmente en contra del lenguaje inclusivo. Quiero decir, de la expresión "lenguaje inclusivo". Porque ¿quién incluye? ¿Desde qué centro de su magnanimidad, aunque sin coronita, levanta la barrera, firma el pasaporte y bienviene a través de e o x? Mejor llamarlo "lenguaje descentrado", sin aduana ni peaje, desalambrado, tuttifruti, culeado, es decir, donde cualquier palabra entre y salga con jugoso placer, sin Academia que valga, por la emancipación.

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