Hay un buchón en la causa nacional

El humor equívoco de un “servicio” abre paso a los avatares de la juventud de Línea Nacional-Mendoza. Lejos de tratarse de una ficción política ambientada en el convulsionado mundo del peronismo de comienzos de la década del 70, el ejercicio de escritura apuntala la memoria histórica y hace resplandecer la alegría de la militancia juvenil.

Hay un buchón en la causa nacional

Una postal de la juventud peronista en los 70 (Fuente: www.ruinasdigitales.com)

Sociedad Unidiversidad por Eva Guevara / Publicado el 17 DE JULIO 2013

Dice Jorge Aníbal Becerra que siempre hay un disparador para empezar a relatar lo que sabemos que ha sucedido, situaciones y anécdotas cuya narración, pasados más de 40 años, será tan limitada como la memoria misma de los que participaron. En su caso, dicho disparador  fue una película de Leonardo Favio en donde una toma permite ver el cartel “Perón al Poder” con letras grandes, y más abajo, a los pies del palco,  otro que decía: “Línea Nacional Mendoza”. 

¿Quiénes fueron los insensatos que llevaron ese gran cartel hasta ese punto neurálgico del poder? ¿Por qué rigores y penurias pasaron? ¿Acaso se los recordará por ese arrojo colectivo que solo da la militancia juvenil? Las preguntas derivaron en una respuesta: el libro Línea Nacional. Informes de una militancia juvenil mendocina (Ediciones Fabro), escrito con el objetivo de recuperar experiencias personales como esta del cartel pero, fundamentalmente, impedir la pérdida de la memoria colectiva de aquella época. 

Y es que ese es el riesgo detrás de los rótulos y simplificaciones: a los militantes de la Línea Nacional se les decía “fenicios”, al producirse la alianza FEN (Frente Estudiantil Nacional), y a los pocos años prácticamente se los tuvo a todos como parte de la agrupación Guardia de Hierro; no obstante, pese a ese nuevo armado, Jorge Aníbal Becerra viene a sacar a la luz una personalidad propia, además de una identidad provincial. 

Becerra no solo es un ex compañero del grupo, tuvo una destacada actuación como basquetbolista en el Club Barrio Cano, en la Selección Mendocina y en la Selección Argentina donde llegó a ser su capitán. También es un referente del Movimiento Social del Deporte y autor de ocho libros de cuentos y relatos. 



Entre dichos relatos, hay uno escrito para conmemorar un aniversario del 17 de octubre. En él está contada la anécdota de cuando salieron de pintada y pegatina un 16 a la noche para que al día siguiente, Lanusse  y su gobierno en Mendoza encontraran toda la ciudad llena de mensajes. Ocurrió que el compañero a cargo de la conducción del grupo se subió descalzo sobre los hombros del basquetbolista –más de 2 metros– pero su olor a pata hizo que la “operación” tuviera que parar unos minutos antes de que llegara la policía y se produjeran las corridas de rigor, con “el jefe” descalzo ya que había perdido sus zapatos. Y cuando todo terminó, se cantó la marcha vivando a Perón a unas pocas cuadras del patrullero. 

Según Becerra, pese a que el relato pudo ofender al protagonista en su vida profesional adulta (a nadie le gusta que digan que tenía olor a pata) la consecuencia fue positiva; este no solo se emocionó con el cuento, sino que le sugirió al compañero que escribiera otras anécdotas de esa época con la misma impronta: sucumbiendo a la tentación de resolver una historia entretenida y real a la vez.

Como en esa época había muchos “informantes” (burdos infiltrados que se auto-delataban), Becerra se valió de Tito, un nombre real escrito en el prontuario de uno de los compañeros para inspirar a “su relator”. A lo que le agregó un invento: Asdrúbal Azcárate, el Jefe que controla el espionaje de Tito.

A través de los informes de Tito y de los contrapuntos con el Jefe, el lector verá alumbrar la peronización de unos jóvenes que buscaban su identidad antes de que aparecieran las diferencias de proyecto dentro del peronismo y se profundizaran enormes contradicciones ideológicas. Sin la pretensión de ser un compendio de crecimiento político, salen a la luz anécdotas de la conducción, como aquella que transcurre a largo de una cena en la casa de Pedro Cámpora (mendocino, hermano de Héctor J. Cámpora) donde estuvieron “el Cabezón” y la “Gringa” (o sea, Alberto Flamarique y Cristina Zuccardi), para cuyo relato el autor se vale de la fotografía aparecida en la edición del 9 de abril de 1973 del diario Los Andes
 



En dicha cena ocupa un lugar destacado el presidente electo y odontólogo peronista de San Andrés de Giles, Héctor J. Cámpora, así como también Ignacio Rucci, Rodolfo Galimberti, y los dos Pedro Cámpora, padre e hijo. Justamente este último fue el primero de la familia en militar en la Juventud Peronista y, de tanto mencionarlo a Héctor por el lazo sanguíneo, le quedó el mote de “tío”. Lo curioso es que el más destacado en la fotografía del periódico es el Cabezón, sobrado de actitud porque ya estaba decidido ir a discutir con Cámpora el rumbo que estaba tomando el peronismo. 

Se trataba pues, de una “operación de alto vuelo” que terminó con un duro cruce en la pieza matrimonial con el delegado para la juventud Rodolfo Galimberti. “Los voy a hacer echar del peronismo", le gritó Galimberti a Flamarique. A lo que este contestó: “Y a vos te va a echar Perón”. Otras tantas situaciones no son menos relevantes en cuanto a su aporte histórico documental, por ejemplo, en la que se narra cómo fue que tuvo lugar en el Hogar y Club Universitario un juicio al rector Julio J. Herrera. Desde Línea Nacional se lo acusaba de “asociación con empresas extranjeras, con organismos financieros internacionales y con el estado neo-colonial para acentuar y afianzar la dependencia y la penetración imperialista en nuestro país” así como también de asociación ilícita “por reprimir a los estudiantes con la Policía Federal y con la Policía Provincial”. 

En ese tramo del relato surge de inmediato la amarga sensación de frustración de aquel régimen de alianza entre las autoridades universitarias y la dictadura-militar. Las respuestas pasaban siempre por el plano de la represión; de hecho, se habían desplegado todas las fuerzas de choque y anti-tumulto para impedir la realización de ese juicio, pero todo salió según lo planeado por la muchachada, de ahí la impotencia. Para peor, el informe Tito resultaba ser una copia textual de lo publicado en la crónica que hizo el diario El Andino. Era lo último que les faltaba: que además de constatar la ineficacia de los métodos represivos, perdieran la pulseada ante los jóvenes estudiantes que veían cómo sus actividades salían retratadas en el diario "tal como efectivamente habían ocurrido".   


            

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