La crisis invisible de Haití

Jorge Elías es periodista. Dirige el portal de información y análisis internacional El Ínterin y es columnista en la Televisión Pública Argentina.

La crisis invisible de Haití

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Internacionales Columnas por Jorge Elías / Publicado el 18 DE FEBRERO 2019

Jovenel Moïse ganó dos veces las presidenciales de Haití: en octubre de 2015 y en noviembre de 2016. Las primeras resultaron impugnadas y, finalmente, anuladas tras violentos disturbios. Las siguientes se vieron empañadas por denuncias de fraude. Demoraron más de un mes en ser validadas. El Hombre Banana, mote de Moïse por ser un empresario de ese sector, saltó a la política gracias al apoyo del cantante de carnaval Michel Martelly, presidente desde 2011 hasta 2016, y del partido de centroderecha Tèt Kale. De ambos y de uno de sus antecesores reclaman los haitianos en protestas multitudinarias una explicación sobre los recursos obtenidos de Petrocaribe.

Las protestas, que coinciden con el segundo aniversario del gobierno y exigen su renuncia, se desataron por la decisión de Moïse de declarar una urgencia económica. Las acusaciones por la malversación de los fondos de Petrocaribe involucran a Moïse y a algunos de sus funcionarios, así como a los gobiernos de Martelly y del fallecido René Préval. Comenzaron en 2018 por la depreciación del gourde (la moneda haitiana) y por la crisis de la electricidad a raíz de la falta de gasolina. El acuerdo con el FMI derrapó entonces en alzas en las tarifas de los combustibles por la eliminación de los subsidios. Seis de cada 10 haitianos viven con menos de 2,50 dólares por día.

La violencia dejó un tendal de muertos, saqueos y destrozos, y derivó ahora en el cierre provisional de embajadas, entre ellas, la de Argentina, a cargo de Pedro von Eyken, custodiada por gendarmes argentinos. La Cámara de Diputados no pudo aprobar el presupuesto de 2019. En medio del caos, no satisfizo a los haitianos la promesa tardía del primer ministro, Jean-Henry Ceant, de investigar el destino de los fondos de Petrocaribe, un pozo ciego de corrupción creado en 2005 por el presidente venezolano Hugo Chávez para venderles petróleo a precios irrisorios a los países del Caribe a cambio de lealtad a la revolución bolivariana.

Esas operaciones, como ocurrió en otro país centroamericano en apuros por las irregularidades y por la represión del gobierno, Nicaragua, redundaron en beneficios para Haití: algo así como 4000 millones de dólares, según una comisión del Senado y una auditoría del Tribunal de Cuentas, casi el doble de la deuda pública del país. Líderes opositores y del Grupo Petro Challenger, que exige justicia por las anomalías en Petrocaribe entre 2008 y 2016, encendieron la mecha de las protestas en un país en llamas, el más pobre del hemisferio occidental, mientras el mundo no quita los ojos de Venezuela, acaso por sus recursos, la emergencia y la pulseada entre Estados Unidos, Rusia y China. 

Haití debe saldar en 25 años la deuda con Venezuela con un interés simbólico. Los fondos de Petrocaribe, dice la auditoría, fueron destinados a proyectos sin planificación ni estudios y sin respetar los plazos legales. Las compañías creadas para la ocasión por empresarios cercanos al gobierno transfirieron dinero al exterior sin haber terminado las obras. Moïse invirtió 600 millones de dólares en el colapsado sistema energético sin resultados a la vista. Tampoco pudo determinar la auditoría el destino de 100 millones de dólares para planes sociales.

El desmadre provoca un terremoto político después de otro terremoto, uno real. Se trata del terremoto devastador de 2010, con sus 300 000 muertos, en un país expuesto en forma periódica a otras catástrofes naturales, como los huracanes.

En 2017, Moïse asumió la presidencia en una fecha emblemática: el 7 de febrero. Esa fecha marcó en 1986 el final de la dictadura de François Duvalier, Papa Doc, instaurada en 1957 y continuada tras su muerte, en 1971, por Jean-Claude Duvalier, Baby Doc, presidente vitalicio desde los 19 años. Papa Doc suspendió las garantías constitucionales y sustituyó al ejército regular por una fuerza parapolicial, los Tonton Macoutes. En casi tres décadas, liquidó a 30 000 haitianos y desvió fortunas hacia el exterior. En 1990, el sacerdote Jean-Bertrand Aristide ganó las elecciones. Lo derrocó al año siguiente el general Raoul Cédras. Estados Unidos repuso en 1994 al presidente depuesto. Lo sucedió Préval, su discípulo. Aristide, reelegido en 2000, creó otro cuerpo parapolicial.

La ingobernabilidad, cruz de Haití, no parece preocupar a sus vecinos latinoamericanos, concentrados en la crisis venezolana. Moïse no reconoció en la OEA al gobierno de Nicolás Maduro iniciado el 10 de enero, un punto de inflexión después de más de una década de lealtad a Venezuela. La única inquietud de la República Dominicana, con la cual Haití comparte la isla La Española, ha sido reforzar la seguridad en la frontera para evitar la inmigración y el contrabando. Un comunicado del Core Group, integrado la ONU, la OEA, Alemania, Brasil, Canadá, España, Estados Unidos, Francia y la Unión Europea, poco y nada logró para domar el terremoto, imperceptible para otros.   

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