La desaparición de Pablo Moreno en medio de una sociedad "insolidaria"

Columnas | Sociedad

22 de enero de 2018, 11:13.


El sociólogo y docente de la UNCUYO Carmelo Cortese analiza el impacto mediático y político que tuvo en Mendoza la desaparición y reaparición del joven abogado, asesor letrado de Fadiunc. Una reseña sobre "las elucubraciones, la hipócrita moralina y un Estado autoritario".


Una mañana de un día cualquiera, una persona, sea amigo, pariente, compañero de trabajo, vecino o simple conocido, no llega al lugar donde se lo esperaba. No avisa, no responde el teléfono. Pasan las horas y no regresa a su hogar ni da aviso alguno. ¿Qué suponen que debe hacerse? ¿Buscarla, publicar el caso, solicitar ayuda? ¿O practicar la indiferencia individualista en boga? Total, yo estoy muy preocupado en mis asuntos particulares y la “otra” persona ya aparecerá. Si está viva, no pasó nada; si está muerta, no tiene solución. Reflexionemos sobre el reciente caso del abogado Pablo Moreno, las reacciones públicas en las redes y las opiniones publicadas en los medios.

Durante unas 36 horas no se supo de su paradero. La familia temió lo peor y pidió la ayuda necesaria para buscarlo. El sindicato docente universitario, donde trabaja, desplegó al máximo sus esfuerzos colaborando en el acompañamiento a la familia, recorriendo hospitales, interesando a las autoridades universitarias en el caso, enviando comunicados a la prensa. La solicitud al Gobierno no fue una acusación al mismo, sino una demanda a quien tiene la competencia, la autoridad y los recursos para encontrar a una persona. Según cierta concepción de la familia, la sociedad y el Estado (muy instalada en quienes hoy dirigen transitoriamente los destinos de la “cosa pública”), en lugar de respirar aliviados por la aparición, se condena al abogado y se lamenta por el tiempo y los gastos de su búsqueda. Pareciera que, si hubiese aparecido secuestrado o muerto, estaría justificado el esfuerzo. La pregunta es: ¿estuvo mal buscarlo? ¿Hay que descalificar la búsqueda porque “Pablo apareció por sus propios medios” ? ¿Debían desecharse las diferentes hipótesis mientras no aparecía? El solo hecho de formular y responder estas preguntas indica que algo huele mal en nuestra vapuleada sociedad. ¿No deberíamos preguntarnos primero por el estado de salud física y psíquica de Pablo? ¿Por qué no indagar primero en la conjunción de elementos objetivos y subjetivos, los que suelen dispararse en ciertas coyunturas para producir acontecimientos únicos que son inexplicables con simplificaciones maniqueas? ¿No se nos pasó por la cabeza que fue internado al llegar a Mendoza?

Es hora de terminar, de una buena vez, con el uso y la manipulación interesados. A Pablo no lo desapareció el gobierno, pero tampoco debe ser condenado por una dudosa e hipócrita moralina que sólo se aplica a los demás. Hubo quienes comenzaron a tejer conspiraciones y luego se dedicaron a lapidar a Pablo porque la realidad no coincidía con sus elucubraciones. No se trata de justificar la conducta de nadie, sino de ejercer una mirada comprensiva y una explicación racional, de rechazo a esta suerte de canibalismo social. También es hora de mirar críticamente ciertas prácticas de los “formadores de opinión”, las que instalan certezas a partir de adjetivar los hechos, de abusar de los susurros de informantes misteriosos y de escribir en potencial para esquivar responsabilidad en lo que divulgan. Se publicó “extraña desaparición”, cuando, en rigor, se trata del desconocimiento de las causas de la misma. Se citan fuentes nebulosas: “confió un pesquisa a este diario”; “rememora un investigador”.

Nos preguntamos: ¿los informes policiales se entregan a la prensa antes que a la fiscal? ¿Los pesquisas revelaron datos de problemas serios y complejos, cual programa de chismes amorosos televisivos, mientras los familiares y sus amigos deambulaban por hospitales y terminales de colectivos? ¿Acaso en las carreras de Comunicación no se enseña a chequear información, no se dan clases de ética periodística, no se aprende semiótica? Se ha colocado la competencia por la primicia por encima de la privacidad de ciertos dramas familiares; vender es la prioridad de las empresas de medios. ¿Y qué deberíamos esperar del Estado? Leo asombrado: “El caso está resuelto. Pero el enojo de los investigadores no lo está”. Y en otro lugar: “El Ejecutivo analiza demandar al abogado por 200 000 pesos, según el cálculo de la gente del gobernador Cornejo”. Ningún comunicado oficial, todas versiones. ¿Quiénes son esos “investigadores” que se enojan por investigar? ¿Por qué deberían enojarse? ¿Sólo deben investigar los casos que terminan en sangre? Los “pesquisas”, los periodistas y los ciudadanos audaces en el anonimato de la red, ¿estarían felices por hallar un cadáver antes que a la persona viva, sea cual sea el origen de una situación absolutamente propia del complejo entramado vincular familiar y social? Suena ofensiva la amenaza, advertencia o anticipo de la demanda a una persona que por razones absolutamente personales se evadió de una situación angustiante del modo que pudo hacerlo. 

Se advierte la visión ideológica de un Estado autoritario, disciplinador, exigente de obediencia ciega en los ciudadanos, pero muy indulgente con sus propias obligaciones. Un Estado que mira para otro lado con la acumulación obscena de riquezas en pocas manos. Funcionarios que usan el aparato estatal para favorecer a sus empresas. Un estado que gasta centenares de millones para dejar muy “paqueta” la vidriera de Capital mientras lamentamos la falta de infraestructura preventiva y de los recursos necesarios para evitar o contener incendios de 180 mil hectáreas.

El orden social (como organización y como entramado de relaciones) y su intersección con las vidas únicas y particulares de cada individuo no pueden ser analizados ni comprendidos con estos esquemas simplistas y binarios que hoy pretenden imponerse como único pensamiento válido. Deberíamos recordar que cada vez que en la sociedad argentina se instaló el individualismo egoísta se permitió el avance de experiencias autoritarias y represivas. La solidaridad como principal vinculo social acompaña el concepto de un Estado garante de derechos sociales, al servicio de las mayorías populares. Ni la sociedad ni el Estado son empresas privadas ni los funcionarios son gerentes que deben maximizar ganancias. Celebro que Pablo Moreno haya “aparecido vivo”, pese a que ha molestado a varios; celebro que no se hayan agotado las reservas solidarias en grandes sectores populares que colaboraron en la búsqueda.

Está abierto el necesario y respetuoso debate ideológico cultural. Está pendiente el desafío de reconstruir lazos cooperativos sociales y la construcción de otro tipo de Estado. 

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