Sociedades fragmentadas

Un análisis acerca de cómo la pandemia ha revelado aún más las consecuencias que deja la desigualdad en sus múltiples facetas: social, económica, educativa, tecnológica.

Sociedades fragmentadas

Foto: Freepik.com

Sociedad Otras Miradas por Unidiversidad / Publicado el 02 DE SEPTIEMBRE 2020

La pandemia del coronavirus ha revelado de la manera más cruda las múltiples divisiones que atraviesan las sociedades contemporáneas y la profundización de la desigualdad en sus múltiples facetas a lo largo de todo el mundo, en especial, con particular gravedad, en América Latina y el Caribe.

En consecuencia, se hace cada vez más necesario repensar los modelos de organización de nuestras sociedades de cara al futuro. Procesos previos como el teletrabajo, la educación a distancia, la precariedad laboral y la polarización en los mercados laborales se han acelerado en estos últimos meses de confinamiento. De igual manera, la brecha digital y la desigual adopción de las tecnologías se han profundizado en las sociedades. Esto ha tenido un impacto significativo en los sectores sociales que no tienen acceso ni a internet ni a un computador personal. Se puede afirmar que la situación causada por la pandemia ha actuado como un catalizador de procesos de cambio o tendencias previas, y en consecuencia, ha ocasionado cambios sociales, tecnológicos y económicos profundos.

Por otro lado, los niveles de desigualdad en la región han crecido. Según un reciente informe elaborado por Oxfam, 73 de los multimillonarios que existen en América Latina y el Caribe han incrementado sus fortunas en un total de 48 200 millones de dólares entre marzo y junio pasados, período en el que la COVID-19 se propagó por la región. Esta suma equivale a un tercio del total de recursos previstos en paquetes de estímulos económicos adoptados por todos los países de la región para auxiliar a los más pobres, a los desempleados y trabajadores informales durante la pandemia. Hasta 52 millones de personas podrían caer en la pobreza como consecuencia de la pandemia, lo que significa un retroceso de 15 años en los logros alcanzados anteriormente. Un total de 140 millones de personas se encuentran en la economía informal (lo que representa alrededor del 55 % de la población económicamente activa). Este fenómeno afecta especialmente a las mujeres, que, además, cargan con la responsabilidad de los cuidados y tareas en el hogar. Por último, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), es también la región en la que más empleo se va a destruir a causa de la informalidad laboral.

Desde una perspectiva más global, ya antes de la pandemia estaban aconteciendo fenómenos particulares. El Brexit en el Reino Unido, la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, el ascenso de la extrema derecha en Europa y la crisis de la Unión Europea nos obligan a encontrar respuestas sobre lo que está sucediendo en el mundo y nos lleva a cuestionar los paradigmas económicos dominantes en las democracias occidentales y, especialmente, en América Latina, que constituye la región más desigual del planeta.

Estos hechos nos obligan a conectar los puntos y sacar conclusiones de todos estos eventos que aparentemente no tienen relación a priori. Atrás quedaron los "años dorados" del capitalismo de posguerra, cuando existían pujantes clases medias y las sociedades estaban más integradas.

En Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña y muchos otros países, muchas personas han descendido de la clase media hasta el punto de que la idea de movilidad social se ha puesto en tela de juicio. El principal punto de este artículo es evidenciar que la desigualdad ha crecido en las últimas décadas dentro de los países, y demostrar que esta tendencia coloca a las sociedades en una situación de mayor tensión social y polarización política. Algunos datos pueden ayudar a ilustrar este argumento.

En primer lugar, se puede afirmar a nivel general, de acuerdo con numerosas investigaciones realizadas al respecto en los últimos años, que la desigualdad en las sociedades contemporáneas se ha incrementado en las últimas décadas. Según Oxfam Internacional, el 1 % más rico de la población posee más del doble de riqueza que 6900 millones de personas en el mundo. Tan solo 4 centavos de cada dólar recaudado se obtienen a través del impuesto a la riqueza. Los super ricos eluden hasta el 30 % de sus obligaciones fiscales. En consecuencia, la evidencia apunta a que existe una mayor concentración de ingresos y riquezas en élites que escapan a la tributación de los Estados y resguardan su riqueza en paraísos fiscales.

En segundo lugar, se puede hablar de varios tipos de desigualdades. Según Bernardo Kliksberg, se pueden mencionar seis clases de desigualdades: desigualdad en los ingresos y la riqueza, acceso a la educación, salud, nuevas tecnologías y formación de una familia. El autor también hace referencia al accidente del nacimiento. En otras palabras, afirma que el hecho de haber nacido en un determinado contexto social sigue determinando en la actualidad la vida de esa persona en la mayoría de las sociedades. En consecuencia, si una persona nace en circunstancias desfavorables, él o ella enfrentarán más dificultades a lo largo de su vida. Desafortunadamente, en muchas sociedades, este problema es una situación urgente que requiere atención inmediata, por lo que es clave diseñar políticas públicas efectivas para atacar estas desigualdades en sus distintas dimensiones. 

En tercer lugar, es necesario repensar el papel del Estado y su importancia en la redistribución de la riqueza y el ingreso. Se necesita un Estado regulador eficiente. Un Estado que fomente la competencia y que proporcione servicios públicos de alta calidad (educación, salud y transporte) para toda la población. Una economía que equipare y permita el desarrollo de las personas que la integran.

Además, se necesitan reformas tributarias progresivas y es importante encontrar mecanismos de cooperación entre los Estados para detener los paraísos fiscales (como ha revelado el escándalo de los Panama Papers). Además, debe hacerse una mención especial al acceso a la educación de alta calidad. Atrás quedaron los tiempos en que la educación pública estaba disponible para todos/as y las sociedades estaban más integradas en muchos países. Actualmente, esto se puede ver en muchas sociedades, como Estados Unidos, donde su sistema educativo se ha fragmentado y estas desigualdades de origen se reproducen. Por lo tanto, la educación juega un papel clave para cerrar las brechas que resultan del nivel socioeconómico de las personas.

Por último, pero no por ello menos importante, existe abundante evidencia de que la desigualdad causa serios problemas y tensiones en diferentes aspectos de la vida social. Según el investigador británico en desigualdades sociales Richard Wilkinson, la desigualdad causa dificultades en el funcionamiento de las sociedades, tensiona los sistemas políticos, afecta el ahorro y la formación de capital. Además, provoca una mayor violencia, da como resultado una mayor tasa de criminalidad, produce una mayor cantidad de divorcios, ya que afecta la cohesión familiar, y finalmente, perjudica la cohesión social. Todos aspectos negativos que afectan la vida en comunidad.

En conclusión, es esencial repensar los paradigmas que guían las decisiones de política económica, considerando que la economía debe estar vinculada al desarrollo humano de una manera sostenible. El paradigma dominante se ha enfocado más en la eficiencia y menos en la igualdad de oportunidades. Por lo tanto, es hora de conciliar estos dos elementos.

Por otro lado, también es necesario repensar el progreso tecnológico. En momentos en que se informa acerca de significativos avances en robótica, inteligencia artificial, digitalización y automatización, estas tendencias pueden acentuar las brechas. Si los Estados no intervienen eficazmente para capacitar y reinsertar a las personas en los mercados laborales a través de políticas públicas, la situación puede empeorar. La característica principal de nuestro tiempo es la aceleración de este progreso tecnológico a niveles sin precedentes en la historia, un hecho que obliga a los Estados a regular este progreso para no cruzar límites éticos que pongan en peligro a la humanidad.

En definitiva, los Estados deben tener un papel más activo en equilibrar las oportunidades para aquellos que quedan rezagados del progreso tecnológico. Como lo plantea el historiador israelí Yuval Harari haciendo referencia a un futuro distópico, la biotecnología y el surgimiento de la inteligencia artificial pueden dividir a la humanidad en una pequeña clase de "superhumanos" y una gran subclase de "personas irrelevantes".

En consecuencia, de no realizarse los cambios necesarios, es factible que estemos a punto de presenciar la conformación de sociedades extremadamente desiguales. Estas conclusiones son aún más evidentes en América Latina, donde las brechas en la distribución del ingreso son más amplias que en otras regiones, brechas que tienen unas raíces históricas concretas en el pasado colonial de la región.

En pocas palabras, la desigualdad es una decisión política que no debe naturalizarse como algo normal, sino que debe interpretarse como el resultado de determinadas decisiones y políticas concretas que configuran y afectan el funcionamiento de las sociedades. La desigualdad es un elemento corrosivo en las sociedades que destruye los lazos sociales y mina la confianza en las instituciones políticas. El paradigma dominante ha apuntado a naturalizar este estado de cosas, asumiendo el atomismo social como si se tratara de algo normal y predeterminado.

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