Je ne suis pas Charlie

¿Todos somos Charlie? Omar Gais, profesor e investigador de la UNCUYO, aporta su reflexión a la condena pública del atentado a la revista satírica francesa. Una opinión que se suma a un debate vigente.

Je ne suis pas Charlie

Escribe el Lector Unidiversidad por Omar Gais / Publicado el 09 DE MARZO 2015

La condena al hecho sangriento de París podría haberse formulado de otra manera: "No matarás", por ejemplo. O con la forma del imperativo categórico kantiano. O à la Levinas, considerando al Otro como lo absolutamente otro que no puede nunca ser reducido a algo como la extensión de mí mismo (y mucho menos, matado). O con cualquier forma universalista capaz de tutelar el valor "vida", de modo tal que valga para todos, como en la Declaración Universal de Derechos Humanos: "Todo individuo tiene derecho a la vida... (Art. 3°), a la libertad y a la seguridad de su persona". Que alguien más piense los carteles que portará la gente por las calles... no es mi tarea.

Se eligió en cambio la fórmula "Je suis Charlie" (¿Quién hace los carteles? ¿Quién los distribuye?¿Se compran?) y podría haber sido "Todos somos Charlie" o "Charliberté d'expression", para indicar la identificación con las víctimas del hecho brutal o el asunto que, algunos creen, está en el centro de todo esto. Ahora bien, advirtiendo que para cartel es largo y metiéndome en asuntos que no son los míos, creo que hubiese sido mejor diagramar, en cambio, uno más o menos así: "Nosotros no somos agelastes (y allí la explicación Kundera/Rabelais sobre 'los que no ríen'), conocemos y apreciamos la risa, el humor, pero no deseamos que sea el valor que prime por sobre todos los demás puesto que, si deseásemos expandir al mundo no occidental la proclama de los Derechos Humanos y de ese modo evitar el choque de civilizaciones anunciado en el Norte (Huntington), no deberíamos obrar con violencia ni burlándonos de sus creencias y de sus hombres sagrados".

Para cartel es largo... Me doy cuenta de que la pancarta sería grande... aunque de generosa reflexión. Pero taparía quizá la carita encendida y ofuscada de esa republicana joven francesa elevada por sobre la multitud en los hombros de un amigo. Ella, con el brazo extendido y en la punta un lápiz o un cartel, ¿sabrá oscuramente que esa fue una foto celebrada en el mayo del 68, aunque sin el lápiz? El poder de la imagen... la sociedad del espectáculo.

Pero el centro del asunto es que no puede el punto más alto de nuestros valores estar ocupado por la risa, el humor; ni aun en la cabeza de los que creen que esa es la esencia misma de la libertad. De modo que alguien detrás del primero, largo, debería sostener este segundo cartel: "Occidente ingresó hace mucho tiempo en un escepticismo que fabrica seres humanos que no creen en nada. La 'salida de la religión', la 'muerte de Dios', el 'nihilismo'; la sombra espesa hoy de un 'cientificismo' que reclama sólo para las ciencias el valor de verdad en el espacio público, nos han puesto en una situación, por decir lo menos, incómoda, puesto que los seres humanos somos dúplices, abiertos al mundo en primer lugar por los sentidos, pero habitantes también de un mundo de sentido sin el cual hay desvarío o locura. No podemos no creer, no atribuir un sentido a nuestras vidas, sin el riesgo de volcarnos a ese abismo de la sinrazón. Ni los ironistas rortianos, ni los historicistas foucaultianos ni los autonomistas castoriadianos ignoran eso. Saben, como Borges, que 'nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena...'. También el Gran Gatsby lo sabía: 'Se debería poder comprender que no hay esperanza y sin embargo estar decidido a cambiar las cosas' (F. S. Fitzgerald).

No podemos no creer, de allí que, con paradoja sólo de superficie –¡ay, gurúes del bosón de Higgs, de la máquina de Dios y la Internet de las cosas!– rebosa en salud el consumo de brujería y mancias, la formación de grupos, sectas y fanatismos varios, de talante violento algunos pero también cool otros, como en el asunto de las tribus urbanas que alojan a adolescentes sufrientes o faltos de alguna pertenencia".

Este segundo cartel es largo, me doy cuenta, de modo que un tercero, ¡más corto!, podría decir: "Dejamos por razones de espacio las distinciones sin embargo imprescindibles entre 'el humor', 'la risa', 'lo cómico', 'la ironía', 'la sátira', 'la burla', 'el sarcasmo', que serán tratados en otro cartel". Y aun un cuarto, cortísimo, que se permitiese quebrar la ecuación "burla infamante = libertad de expresión". Sobre todo si no la formula un militante comprometido con una verdad religiosa, un proyecto político, una sabiduría de vida, sino alguien que quiere vender.

"Al individuo debería permitírsele tener tanta angustia como merece la realidad". Con esta frase, Theodor Adorno no podría conducir hoy un canal de TV o una revista cultural. Y nadie querría hacerle carteles. Hace años que el código humorístico atraviesa nuestras sociedades, acompañando la cotidianidad hasta reformularla de piso a techo. Todo y cualquier cosa será presentado en las pantallas ubicuas bajo la luz (¿la sombra?) del humor, que es, en general, blando, inteligente, flexible, cool. Como la mayoría –o un buen número– de los hombres y mujeres que habitamos la sociedad humorística.

Y si, como acierta Freud, los seres humanos no somos apaciguadas individualidades espontáneamente solidarias de nuestros prójimos sino lo contrario, y nuestras vidas no pueden escapar absolutamente del sufrimiento y del dolor, aceptemos los juegos del humor y relajémonos en el entretenimiento para equilibrar esos pesares, para aliviarnos de tales infortunios. No sin andar por la vida con este saber urgente: yo no soy el único, yo no soy el centro; se trata a veces de mí pero en otras ocasiones no, hay otro centro. Hay otros. Ser adulto significa abandonar la ilusoria omnipotencia infantil, reconocer y tolerar una cantidad de restricciones. Y la libertad no consiste en hacer lo que se nos ocurra; la libertad no consiente el menoscabo del otro. Apertura de lo público, acceso a lo colectivo, universalidad de los derechos sostenidos por la ley. En cuanto al mundo islámico y otras tradiciones religiosas y culturales, búsqueda razonable y generosa de evitar the clash of civilizations.

Sin carteles, han llegado los actores al castillo de Elsinor; después de conversar un momento con el Príncipe, Polonio ordena a los servidores: "Vamos! Tratad a los actores como lo merecen!". Interrumpe casi Hamlet gritando: "Mucho mejor! Tratad a cada quien como lo merece y todos recibiremos una paliza!". 

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