La vida cotidiana pasa por una pantalla y profundiza la exclusión de las personas mayores
Casi todo se hace por medio de un celular: turnos médicos, transporte, bancos, y la lista sigue. El día a día es un desafío para una gran parte de la población que queda al margen de este nuevo escenario digital. Especialistas en salud plantean que el problema ya no es solo tecnológico, sino también social y de derechos.
La digitalización transformó la vida cotidiana y plantea nuevos desafíos para la autonomía de las personas mayores. Foto: Unidiversidad.
Sacar un turno médico que nunca llega, recorrer interminables menús automáticos y bots para hablar con una persona, no poder cargar la tarjeta SUBE desde el celular, renunciar a una billetera virtual por miedo a una estafa o a depender de un hijo, hija, nieto o nieta para realizar un trámite online. Lejos de ser situaciones aisladas, las experiencias de Estela Maris Villarreal (71 años), Silvia Ávila (72 años), María Inés Ríos (69 años) y Elena Gordillo (72 años) reflejan una realidad cada vez más extendida entre las personas mayores: una sociedad donde la salud, el dinero, los servicios, el transporte y hasta la comunicación cotidiana transcurren casi exclusivamente a través de una pantalla que limita su autonomía e independencia.
Más que una dificultad para aprender a utilizar nuevas herramientas, especialistas en gerontología, geriatría y salud advierten que el problema radica en que cada vez más aspectos de su día a día dependen de plataformas digitales. En ese escenario, quienes no logran acceder o desenvolverse con ellas enfrentan barreras que limitan sus derechos, obligaciones y hasta el disfrute de una vida en sociedad.
El jefe de Cronicidad y Cuidados Paliativos de Damsu, Arturo Rando, advierte a Unidiversidad que una parte de la población está quedando progresivamente al margen de este nuevo escenario digital. “Puntualmente, hay diferentes grupos que quedan fuera del sistema. Por un lado, quienes no tienen acceso a internet, como ocurre en muchas zonas rurales, y por el otro, las personas mayores”.
Las barreras tecnológicas no afectan por igual a todas las personas mayores. La médica en Salud Mental Comunitaria e integrante del programa Plena Vida de Damsu, Diana Calderón, explica que, mientras algunas logran apropiarse de estas herramientas y desarrollar estrategias para utilizarlas, otras encuentran obstáculos que limitan su participación cotidiana.
La especialista señala que distintas investigaciones ya comenzaron a advertir este fenómeno. Como ejemplo, cita un estudio de la Universidad Nacional de La Plata que analiza la relación entre las personas mayores y las tecnologías digitales. Según ese trabajo, muchas políticas y plataformas parten del supuesto de que toda la población dispone de dispositivos, conexión a internet y conocimientos suficientes para utilizarlos. Esa premisa, sin embargo, dista de la realidad y no hace más que dejar a un sector de la población afuera del sistema.
La exclusión, de hecho, no alcanza únicamente a las personas mayores. La presidenta de la Sociedad Cuyana de Geriatría y Gerontología, Sandra Rojo, considera que el problema comienza a manifestarse incluso antes de los 65 años y evidencia que muchas herramientas digitales fueron pensadas para usuarias o usuarios familiarizados con la tecnología, sin contemplar las necesidades de quienes requieren más tiempo o acompañamiento para aprender.
Además, Rojo advierte que el avance tecnológico presenta una paradoja: mientras promete simplificar la vida cotidiana, muchas veces reemplaza la atención personal por sistemas digitales que dejan sin respuestas a quienes necesitan orientación.
Especialistas advierten que el acceso a la salud, el dinero y los servicios dependen cada vez más de habilidades digitales. Foto: Pixabay
La brecha digital en la salud, una nueva forma de exclusión
La salud es uno de los ámbitos donde con mayor claridad se observa cómo la vida cotidiana pasó a depender de pantallas y plataformas digitales. Pedir un turno, acceder a una receta electrónica y comunicarse con un profesional exigen habilidades que muchas personas mayores no siempre poseen. Si bien estos sistemas agilizaron numerosos procesos, también sumaron nuevas barreras y obstáculos para acceder a la atención médica.
El paliativista Arturo Rando advierte que estas dificultades no son menores: “Cuando una persona no logra obtener un turno, comunicarse con un profesional o resolver un trámite digital vinculado a su atención médica, muchas veces termina abandonando los controles. Esa falta de controles puede provocar un empeoramiento de enfermedades crónicas, que justamente son las que más afectan a este grupo etario”.
Además del acceso a turnos y trámites, Rando observa un cambio profundo en la forma en que las instituciones de la salud se relacionan con los pacientes. Según explica, la automatización de la atención redujo significativamente el contacto humano, un aspecto especialmente valioso cuando se trata de personas mayores o de pacientes que atraviesan enfermedades complejas.
“Hoy, encontrar una persona que realmente te escuche casi resulta revolucionario. Todo funciona mediante bots, respuestas automáticas o mensajes preestablecidos, y en salud —sobre todo cuando hablamos de enfermedades oncológicas o de situaciones de final de vida—, tener a alguien que escuche marca una enorme diferencia". Si bien reconoce que estas herramientas permiten optimizar recursos y reducir costos, considera que los sistemas de salud deberían incorporar mecanismos de acompañamiento específicos para las personas mayores.
Desde una mirada gerontológica, Sandra Rojo coincide en que estas barreras se potencian en un sistema de salud que todavía no terminó de adaptarse al acelerado envejecimiento de la población: “Tenemos un sistema de salud que, históricamente, no ha estado preparado ni acostumbrado a atender a una población cada vez más envejecida. La cantidad de personas mayores ha aumentado de manera exponencial en todo el mundo. En Mendoza, dentro de pocos años, vamos a encontrarnos con una realidad demográfica muy distinta y una población envejecida”.
Sostiene que la sobrecarga laboral y la falta de tiempo de los equipos de salud agravan aún más las dificultades que enfrentan las personas mayores para realizar gestiones o solicitar asistencia. “Si uno observa el funcionamiento cotidiano de los centros de salud, encuentra profesionales y trabajadores sobrecargados, estresados y obligados a atender rápidamente, pero, cuando se trata de personas mayores, la atención requiere algo fundamental: paciencia y empatía”.
Para Noralí Guliotti, psicóloga clínica e integrante del programa Plena Vida, estas dificultades suelen resolverse —cuando es posible— gracias al acompañamiento de familiares. Sin embargo, advierte que no todas las personas mayores cuentan con una red de apoyo.
Considera que estas limitaciones no solo complican la realización de trámites o gestiones cotidianas, sino que también profundizan procesos de exclusión. Por eso, el uso de las tecnologías constituye uno de los ejes del programa Plena Vida en Damsu. A través de distintos dispositivos de acompañamiento, el equipo busca brindar herramientas que fortalezcan la autonomía de las personas mayores.
Turnos, recetas y trámites digitales agilizan procesos, pero también generan nuevas barreras para muchas personas mayores. Foto: Pixabay
Dinero, bancos y billeteras virtuales: el miedo a equivocarse
Después de la salud, el manejo del dinero es otro de los ámbitos donde la digitalización redefinió las prácticas diarias. Cobrar una jubilación, pagar servicios o realizar una transferencia exigen, cada vez más, desenvolverse con aplicaciones móviles y billeteras virtuales.
Según Rando, las principales dificultades se concentran en el uso del teléfono celular y en el manejo del dinero. El especialista considera que estas herramientas fueron desarrolladas pensando en usuarios con determinadas habilidades digitales y físicas, dejando de lado las necesidades de buena parte de la población mayor.
Para Rojo, las tecnologías avanzan más rápido de lo que muchos adultos pueden aprender a utilizarlas. A ello se suman barreras emocionales que condicionan la relación de muchas personas mayores con la tecnología: el temor a cometer errores, perder dinero o convertirse en víctimas de una estafa termina limitando el uso de herramientas que hoy forman parte de la vida cotidiana.
Además del miedo, muchas personas experimentan sentimientos de vergüenza cuando no logran desenvolverse con naturalidad en el entorno digital. “Muchas veces aparece la vergüenza. Personas que han tenido una trayectoria laboral, académica o profesional muy importante sieten de repente que son ‘analfabetos digitales’. Esa sensación genera mucha frustración”, explica Guliotti. Por eso, sostiene que el acompañamiento debe contemplar esa dimensión emocional, ya que aprender a utilizar nuevas tecnologías no depende únicamente de adquirir conocimientos, sino también de recuperar la confianza para volver a desenvolverse con autonomía.
La exclusión ya no pasa solo por no saber usar tecnología, sino porque la vida cotidiana se trasladó a las pantallas. Foto: Magnific
Capacitación, accesibilidad y políticas públicas
Si la vida cotidiana depende cada vez más de herramientas digitales, el desafío ya no consiste solamente en incorporar tecnología, sino también en garantizar que nadie quede excluido de ese proceso. Por eso, los especialistas coinciden en que reducir la brecha tecnológica requiere una respuesta integral: la capacitación continua, el diseño de herramientas más accesibles y el desarrollo de políticas públicas.
Desde el programa Plena Vida —que se lleva a cabo a través de Damsu desde 2016—, Guliotti entiende que los espacios de formación deben contemplar los distintos ritmos de aprendizaje y la diversidad que existe dentro de este grupo etario: “Creo que es fundamental que existan capacitaciones accesibles y continuas, porque los tiempos de aprendizaje deben respetar otras formas de incorporar conocimientos. Muchas personas necesitan, por ejemplo, tomar apuntes en un cuaderno, anotar cada paso o aprender a partir de situaciones cotidianas hasta que esos procedimientos se vuelvan familiares”.
La psicóloga considera que esa heterogeneidad también debe reflejarse en las políticas de capacitación. Además, remarca que el desafío no depende únicamente de quienes utilizan la tecnología, sino también de quienes la diseñan y de quienes interactúan diariamente con las personas mayores.
Calderón coincide en que la reducción de la brecha digital exige un compromiso colectivo. A su entender, garantizar el acceso a las tecnologías también implica garantizar derechos. La especialista agrega que estas acciones favorecen un envejecimiento más activo y autónomo, al tiempo que destaca la importancia de fortalecer las redes comunitarias y la prevención de delitos digitales.
En la misma línea, Rojo menciona que aún existe un importante déficit de políticas orientadas específicamente a la alfabetización digital de las personas mayores: “Desde el ámbito gubernamental, no veo que exista una verdadera preocupación ni una política concreta destinada a formar o asesorar a las personas mayores en el uso de estas tecnologías y redes”.
Para Arturo Rando, cualquier estrategia debe partir de un diagnóstico previo: “Es necesario asumir que el envejecimiento poblacional ya forma parte de la realidad argentina y que las políticas públicas necesitan incorporar esa perspectiva antes de pensar soluciones concretas”.
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