Las flores malditas de Baudelaire

El 31 de agosto pasado se cumplieron 145 años de la muerte del poeta maldito, una vida llena de bohemia y exceso. Edición Cuyo lo rememora en una nota cargada de absenta y poesía escandalizadora. 

Las flores malditas de Baudelaire

Las influencias más importantes sobre Baudelaire fueron Théophile Gautier, Joseph de Maistre y en particular Edgar A. Poe.

Sociedad

Unidiversidad

Agustín Silvestri

Publicado el 03 DE SEPTIEMBRE DE 2012

Maldito, bohemio, dandi de doctrina, escandalizador, autodestructivo, genio; pero ante todo, poeta. Baudelaire nació para morir en la cúspide de la poesía y para ser sin duda uno y quizás el mayor (como Zeus entre todos los dioses) de los padres de la poesía contemporánea. Huérfano de padre cuando todavía no podía saber que era un verso; pero víctima de un padrastro al que después aconsejaría fusilar. Su padrastro que no pudo conseguir para el joven un futuro prestigioso debido a que este último eligió a las prostitutas, la absenta y la poesía.

Símbolo de una peculiaridad estética; maestro inigualable de todo dandi; el poeta es la superficialidad explícita y a la vez nos lleva al inconsciente más profundo; características que debió pagar caro una por una. Pero su peor crimen fue, sin duda, el haber golpeado con su vida (moldeada según lo más alto del arte) y poesía a la moralidad de una burguesía horrorizada.

Pero para todo crimen se debe tener un arma particular y esa, todos saben, para Baudelaire fue Las flores del mal. Aquellas bellas y malditas flores marchitas, escritas en un oscuro éxtasis poético y en el confesar públicamente, especialmente al lector, que “es el diablo quien maneja el hilo que nos mueve” y así sin más. Por eso mismo, es que Baudelaire sostenía que él era un albatros no querido, como tantos otros. Según el autor, la función principal del poeta era poder ser incomprendido. Él no se avergonzaba de su oscuridad, su simbolismo; más vale trepar sin agua ni equipos el monte Parnaso, que vivir la diafanidad vulgar que cumbe en la ciudad, en esa París del siglo XIX. Aunque el monte del parnasianismo, a pesar de las diferencias, sea para los simbolistas nada más y nada menos que aquella París.

Las flores son la bisagra de la poesía entre el Romanticismo y la Modernidad. Baudelaire es -como ya se ha dicho y no me molesta repetirlo- un nuevo Dante. Sea esto por su cuidadosa estructura como por su innegable innovación que recaería en cercanas y futuras generaciones: él engendró a Rimbaud, a Mallarme a Verlaine y así a una compleja e infinita red de influencias que llega hasta nuestros días a 145 años de su muerte. Una expiración  que - conociendo su vida- no resultó extraña; ya que una sífilis a los 46 años en aquel poeta bebedor del hada verde; fumador de hachís y eterno amante de Jeanne Duval no tiene por qué extrañarnos. 

Sin duda, su condena, su exclusión, la discriminación sobre su persona y su obra por parte de la hipócrita sociedad burguesa, no es si no el mejor premio que se le haya hecho; porque él al ser todo lo contrario a esa sociedad, al ser el gran escandalizador y el gran poeta incomprendido hace que su obra y persona valgan el doble

Más a pesar de que las flores de Charles Baudelaire sean en verdad malditas, lo más grande que tienen, tratando de olvidar cualquier prejuicio -incluso alguno que pude haber escrito anteriormente-, lo más importante es que fue un regalo de lo más alto y bello que pudo haber tenido  la literatura  en una época en que lo más seguro es que no lo mereciera. Es por eso mismo que hoy si tuviéramos algún Baudelaire dando vueltas por ahí, es que quizás no perderíamos nuestro -a veces banal- tiempo en escucharlo.



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