León Nijensohn: su legado en docencia universitaria

En ocasión del aniversario de la UNCuyo, es oportuno honrar al doctor León Nijensohn, un lúcido intelectual que, con sus 95 años, es uno de  los pocos sobrevivientes de la camada inicial fundadora de esta Universidad Nacional.

León Nijensohn: su legado en docencia universitaria

Aula de la Escuela de Lenguas de la UNCuyo, Foto: Centro de Documentación Historica de la UNCuyo.

Sociedad

Unidiversidad

Prof. Mg. Fabiana Mastrangelo

Publicado el 26 DE AGOSTO DE 2013

El profesor emérito León Nijensohn, con sus 95 años de edad, describe una trayectoria de entrega a la docencia universitaria y a la investigación científica, tareas que desarrolló en la UNCuyo desde 1942, tres años después de su fundación. Se recibió de ingeniero agrónomo en la Universidad de Buenos Aires en 1939. El rector Edmundo Correas lo contrató en el año 42 para trabajar como profesor. Nijensohn comenta de aquel período que encontró en Mendoza tres factores excepcionales: el Rector, la calidad de las primeras camadas estudiantiles y sus colegas profesores en cuanto a la preparación, la formación de discípulos y la investigación.

Según Nijensohn, la misión de la universidad es intervenir activamente en la creación, adaptación y perfeccionamiento de nuevos conocimientos, criterios, técnicas y destrezas. En Ciencias Agrarias, esto es indispensable para dar respuesta a los problemas específicos que plantea cada caso. En este sentido, reconoce la impronta que dejaron en las primeras generaciones de ingenieros agrónomos los siguientes profesores: Ferrari, Marín, Itoiz (estos son doctores en química) y, entre los ingenieros agrónomos, Covas, Schnak, Ortiz Maldonado, Ponce, Schiel, González, Maveroff, Christensen, Stura, Hurtado Delgado, Contardi, Belcaguy, Pontis, Tizio, etc. Algunos de ellos tuvieron un injustificado alejamiento temporal o permanente que dejaron a la universidad privada de valiosos docentes e investigadores.

El profesor León Nijensohn también sufrió un forzado e injustificado alejamiento temporal de la universidad. El Diario Los Andes del día viernes 8 de agosto de 1946 publica en "Vida Estudiantil", el siguiente artículo que refleja la defensa de la calidad académica del ingeniero Nijensohn por parte de los estudiantes:

1º) Que se considera al Ing. León Nijensohn, entre los profesores más capacitados de esta casa, a la que ha honrado con sus conocimientos profesionales y dedicación de maestro. Da prueba de ello el hecho indiscutible de que a través de cinco años de permanencia en la cátedra de química agrícola, se distinguiera como un profesor laborioso logrando imponerse entre sus alumnos por su ascendencia personal basada en su rectitud y capacidad científica (...).

Yo vine como estudiante en el mes de julio y no había oído hablar de la UNCuyo. En Mendoza había varios egresados de la UBA. Uno de esos profesionales dirigía la Bodega Trapiche, se trataba del ingeniero Raúl Benegas. En aquel momento su firma pasaba por un momento de prosperidad a pesar de la crisis de la década del 30 y nos invitó a todo el curso al hotel de Cacheuta. Nos tocó un día que nevaba. Para mí y para mis compañeros fue una experiencia hermosa. Recuerdo que en la noche nos deleitamos mirando caer la nieve.

Yo me gradué en diciembre de 1939, el primero en lograrlo dentro de mi promoción. Rendí nueve materias entre noviembre y diciembre, seis con "sobresaliente" y el resto con "distinguido". De repente comprendí que se me había terminado la carrera: solo tenía 21 años. Inmediatamente conseguí un trabajo en una empresa que pretendía elaborar productos insecticidas, sobre la base de plantas naturales de la cuenca del Amazonas que contenían un compuesto, la rotenona, inocuo para animales de sangre caliente, pero altamente tóxica para peces e insectos Trabajé en eso el primer año luego de graduarme y desarrollé un método biológico para evaluar su efectividad en diversas preparaciones como plaguicida agrícola y ganadero.

No. En aquella época existía la "adscripción honoraria a un instituto o cátedra", para lo cual había que tener un promedio alto. Además, la asistencia puntual comprometida era rigurosamente controlada. Me adscribí al Instituto de Investigaciones Químicas de la UBA durante los años 40 y 41, y concurrí, como alumno libre, a clases en la Facultad de Filosofía. Durante el año 40 seguí las tres introducciones: a la Literatura, la Filosofía y la Historia.

Lo recuerdo con especial estima porque fue él quien me invitó a ingresar a la UNCuyo, me prestó su apoyo para armar la cátedra en los primeros tiempos y se alegró mucho cuando me nombraron académico en plena época de mi 'no confirmación'. Él se preocupó cuando a mí no me ratificaban durante la época del gobierno militar. Siguió mi carrera hasta el final, aunque ya no era rector. Se interesó por mis progresos y me alentó, quizá orgulloso de haberme designado en 1942. Fue en Mendoza donde conocí a quien luego fuera mi esposa, Mary Bekerman, nacida en Godoy Cruz y de una familia tradicional mendocina. Con ella tuve tres hijos, que al casarse se hicieron seis, y de ese modo formamos una gran familia.

La Facultad de Ciencias Agrarias se convirtió en un centro de excelencia de riego dentro de América Latina. Venía gente de otros países a especializarse. Había grandes profesores como Tizio, Grassi, Pontis. Con Grassi trabajé en estrecha colaboración; luego él se radicó en Venezuela para dirigir un Centro Latinoamericano de Aguas en Mérida, dentro de un programa al que tuve el honor de contribuir como participante invitado al seminario fundador.
Por el ambiente de libertad científica que reinó en nuestra Facultad, sin presiones políticas y menos partidarias. Esa época de apogeo fue desde el año 1958 y durante toda la década de 1960, hasta principio de los setenta. Luego sobrevino la época negra.

Había un entusiasmo por aprender. En eso quizá intervenía un factor selectivo: los dos primeros años eran bastante rigurosos, especialmente por las disciplinas duras química, física, matemática. Esto ocasionaba un gran desgranamiento en la primera etapa de la carrera que favorecía a los cursos superiores donde yo dictaba mis clases.

Yo nunca fui cesanteado pero estuve "esperando mi confirmación". Al asumir Cámpora se declararon caducas todas las designaciones y sujetas a posterior confirmación. Estuve desde esa época hasta casi el final del gobierno militar sin confirmar. Por otro lado, fue durante esa época cuando fui notificado con el honor de haber sido elegido como miembro de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, el primero de Mendoza.

Yo no era el prototipo del "sabio en la torre de su castillo", sino que siempre expresé mis ideas y les advertía a mis estudiantes sobre la importancia del respeto a las libertades y derechos individuales.

En la Facultad de Ciencias Agrarias tuvimos una experiencia muy buena con la intervención estudiantil en el Consejo Directivo de Ciencias Agrarias; los alumnos siempre guardaron la inquietud de querer saber más y la de no bajar las exigencias. Sus críticas siempre fueron constructivas.

El movimiento reformista y los alumnos, en Agrarias, lucharon para que se les enseñara más, hasta se quedaban voluntariamente fuera de hora. Uno de los principios de la Reforma establecía como no obligatoria la asistencia a las clases teóricas. Nosotros encontramos una manera inteligente y aceptada por los estudiantes de evitar la ineficiencia educativa por la no asistencia a clases sin ir en contra de los principios reformistas.

Había tres horas de teoría seguidas por tres horas de práctica. Se dejaba medio día libre para que trabajaran o para que estudiaran. Estaban tan sincronizadas las clases que el que venía a las prácticas y no a la teoría no entendía nada. También implementamos un sistema de becas. Esa época coincidió con la creación del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), que estuvo muy bien dotada económicamente. Un porcentaje de su presupuesto se destinaba al fomento de la investigación agrícola y conseguimos becas para estudiantes que colaboraban en la investigación. Con los subsidios del INTA como del CONICET pudimos desarrollar la investigación y la incorporación de becarios en varias cátedras. Yo fundé, conjuntamente con el profesor Grassi, el Instituto de Suelos y Riego.

Al final de mis clases entregaba un cuestionario anónimo sobre temas que yo había hablado en la clase. De esta forma observaba qué habían entendido y qué no, y destinaba el comienzo de la próxima clase a aclarar puntos críticos. A continuación de las clases explicativas, en las que permitía que los alumnos me interrumpieran con sus preguntas, venían las clases prácticas. Además de las explicaciones orales llevaba escrito en cartelones –hechos por mí– los principales puntos de la clase y sus contenidos esenciales. Esta era una de las formas para que los alumnos siguieran su desarrollo y, además, para no dispersarme con el entusiasmo que sentía y trataba de contagiar. Frecuentemente surgían preguntas de las que a veces extraje mis mejores ideas, que fueron motivo de trabajos de investigación.

En mi materia, no había mucho material y menos en castellano. Por esta razón, los alumnos me grababan las clases y luego yo las corregía. Muchos temas tuve que desarrollarlos e investigarlos personalmente y adaptarlos de la producción extranjera. Es importante en la relación profesor-alumno que el profesor esté entusiasmado con su clase, con lo que está diciendo y que sus explicaciones sean fruto de lo que investigó y de lo que aprendió en la literatura actualizada.
Cuando los alumnos estaban en capilla, les permitía que trajeran todos los libros o materiales que quisieran. No era repetir de memoria sino saber interpretar. Si no estudió y asimiló los conocimientos necesarios no podía interpretar las preguntas. Eso me dio siempre buenos resultados. Algunos profesores después imitaron este procedimiento. En algunas ocasiones los muchachos tenían vergüenza de rendir mal porque sabían que yo sufría junto con ellos. Trataban de no darme ese disgusto. Tuve ese placer.

Cuando yo tenía 80 años, porque en Argentina no había doctorado en las ingenierías y se consideraba que el título de ingeniero era el máximo. Cuando, por iniciativa de nuestra facultad y con apoyo del Consejo Superior, se creó el doctorado, uno de los requisitos era el de cursar Filosofía de la Ciencia, básicamente era epistemología. Cursé esta materia y presenté un trabajo sobre filosofía y ciencia. En este sentido, opté por evitar la palabra 'creo' y la reemplacé por 'considero', 'pienso', etcétera, porque al decir 'creo' renuncio a pasar mi argumentación por el tamiz de la prueba objetiva y racional. Luego, mi tesis doctoral versó sobre mis "Aportes conceptuales y experimentales al diagnóstico y manejo del suelo y del agua en la agricultura de regadío".

Su promedio no ha sido superado. En una investigación reciente de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCuyo, él aparece como el graduado con el promedio más alto desde la fundación de esa facultad en 1950 hasta la fecha (2013). Mi hijo rendía con todos 10 y venía con la "cabeza baja" cuando era sólo el 10 sin el "felicitado". Me refiero a toda esa aureola de respeto por la sabiduría que rodeaba mi ambiente familiar; ser profesor universitario implicaba ese amor por la sabiduría.

Es el de alguien que ha aportado a su disciplina valores que trascienden a su persona, que ha formado discípulos, que ha contribuido a su especialidad con trabajos originales y ganó ese título como culminación de una carrera.

La autoridad docente se la dan los alumnos, no se las da nadie más. Yo sabía que nadie conoció mejor a nuestros profesores que nosotros, sus alumnos. Como así también quienes fueron mis alumnos conocen mejor que nadie mis debilidades y mis fortalezas.


"Consideraciones acerca de la aceptación de la renuncia de un profesor"

Frente a la situación planteada en la Escuela de Agronomía de la Universidad Nacional de Cuyo, ante la renuncia presentada por el Prof. Ing. León Nijensohn y su posterior aceptación, los estudiantes de la Escuela de Agronomía reunidos en Asamblea extraordinaria, acordaron dar a publicidad una resolución en la que expresa lo siguiente:

Mantuvimos un diálogo con León Nijensohn en el que observamos su alta estima y entrega a la docencia universitaria, como así también su formación científica, humanística y abierta a lo diverso.

Previo a su contratación como profesor en la Universidad, ¿cómo conoció Mendoza?

Conocí Mendoza por primera vez en 1939, en el viaje de fin de carrera que hicimos con la Facultad que en aquel entonces era de Agronomía y Veterinaria de la UBA. Éramos un grupo de más de cien estudiantes. Mendoza me impresionó como una isla de trabajo, de progreso en sus oasis regadíos y de pulcro señorío en su centro ciudadano. Me impactó la pavimentación, las arboledas, la febril actividad en lo que se llamaba la zona alcoholera. Me pareció, desde el primer momento, una ciudad con clase. Algo distinto. En aquel momento yo pensé que si tuviera que dejar Buenos Aires, me iría a Mendoza.

El acto inaugural de la UNCuyo se hizo el 16 de agosto de 1939, si bien legalmente, el decreto de creación fue del 27 de marzo del mismo año. ¿Usted visitó Mendoza antes o después del 16 de agosto?

Yo vine como estudiante en el mes de julio y no había oído hablar de la UNCuyo. En Mendoza había varios egresados de la UBA. Uno de esos profesionales dirigía la Bodega Trapiche, se trataba del ingeniero Raúl Benegas. En aquel momento su firma pasaba por un momento de prosperidad a pesar de la crisis de la década del ´30 y nos invitó a todo el curso al hotel de Cacheuta. Nos tocó un día que nevaba. Para mí y para mis compañeros fue una experiencia hermosa. Recuerdo que en la noche nos deleitamos mirando caer la nieve.

¿Cuándo se graduó y cómo se inició en la actividad laboral?

Yo me gradué en diciembre del ´39, el primero en lograrlo dentro de mi promoción. Rendí nueve materias entre noviembre y diciembre, seis con sobresaliente y el resto con distinguido. De repente comprendí que se me había terminado la carrera: sólo tenía 21 años.

Inmediatamente conseguí un trabajo en una empresa que pretendía elaborar productos insecticidas, sobre la base de plantas naturales de la cuenca del Amazonas que contenían un compuesto -la rotenona- inocuo para animales de sangre caliente, pero altamente tóxica para peces e insectos Trabajé en eso el primer año luego de graduarme y desarrollé un método biológico para evaluar su efectividad en diversas preparaciones como plaguicida agrícola y ganadero.

¿Se desvinculó de la Universidad?

No. En aquella época existía la "adscripción honoraria a un instituto o cátedra" para lo cual había que tener un promedio alto. Además la asistencia puntual comprometida era rigurosamente controlada. Me adscribí al Instituto de Investigaciones Químicas de la UBA durante los años ´40 y 41, y concurrí, como alumno libre, a clases en la Facultad de Filosofía. Durante el año ´40 seguí las tres introducciones: a la Literatura, la Filosofía y la Historia.


En 1942 lo contrató el rector de la UNCuyo, Edmundo Correas. ¿Cómo lo recuerda?

Lo recuerdo con especial estima porque fue él quien me invitó a ingresar a la UNCuyo, me prestó su apoyo para armar la cátedra en los primeros tiempos y se alegró mucho cuando me nombraron académico en plena época de mi 'no confirmación'. Él se preocupó cuando a mí no me ratificaban durante la época del gobierno militar. Siguió mi carrera hasta el final, aunque ya no era rector. Se interesó por mis progresos y me alentó, quizá orgulloso de haberme designado en 1942. Fue en Mendoza donde conocí a quien luego fuera mi esposa, Mary Bekerman, nacida en Godoy Cruz y de una familia tradicional mendocina. Con ella tuve tres hijos que al casarse se hicieron seis y de ese modo formamos una gran familia.

La década del 60 es llamada "la edad de oro de la universidad argentina". ¿Qué características tuvo la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNCuyo en esa época?

La Facultad de Ciencias Agrarias se convirtió en un centro de excelencia de riego dentro de América Latina. Venía gente de otros países a especializarse. Había grandes profesores como Tizio, Grassi, Pontis. Con Grassi trabajé en estrecha colaboración; luego él se radicó en Venezuela para dirigir un Centro Latinoamericano de Aguas en Mérida, dentro de un programa al que tuve el honor de contribuir como participante invitado al seminario fundador.

¿Por qué cree que se convirtió en un centro de excelencia la Facultad de Ciencias Agrarias?

Por el ambiente de libertad científica que reinó en nuestra Facultad, sin presiones políticas y menos partidarias. Esa época de apogeo fue desde el año '58 y durante toda la década de 1960, hasta principio de los setenta y luego sobrevino la época negra.

¿Qué rasgo distintivo encuentra en la Universidad de la época de oro?

Había un entusiasmo por aprender. En eso quizá intervenía un factor selectivo: los dos primeros años eran bastante rigurosos, especialmente por las disciplinas duras -química, física, matemática-. Esto ocasionaba un gran desgranamiento en la primera etapa de la carrera que favorecía a los cursos superiores donde yo dictaba mis clases.

Fue durante ese período cuando pude organizar congresos latinoamericanos de la ciencia del suelo con base en Mendoza y, también, cuando junto con un grupo destacado de colaboradores, comenzamos un largo y fructífero proceso de investigaciones científicas y publicaciones para estudiar la difícil problemática de la relación de agua y suelo, en particular en terrenos áridos y semi-áridos, como los de nuestra región de Cuyo.

¿Usted nunca fue cesanteado?

Yo nunca fui cesanteado pero estuve "esperando mi confirmación". Al asumir Cámpora se declararon caducas todas las designaciones y sujetas a posterior confirmación. Estuve desde esa época hasta casi el final del gobierno militar sin confirmar.

Por otro lado, fue durante esa época cuando fui notificado con el honor de haber sido elegido como miembro de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, el primero de Mendoza.

Sus colegas afirman: "A Nijensohn todos los gobiernos universitarios lo respetaron por su nivel académico". ¿Qué opina al respecto?

Yo no era el prototipo del 'sabio en la torre de su castillo' sino que siempre expresé mis ideas y les advertía a mis estudiantes sobre la importancia del respeto a las libertades y derechos individuales.

¿Qué diferencia encuentra en la Universidad cuando los gobiernos eran elegidos por Asamblea Universitaria y cuando había intervención?

En la Facultad de Ciencias Agrarias tuvimos una experiencia muy buena con la intervención estudiantil en el Consejo Directivo de Ciencias Agrarias; los alumnos siempre guardaron la inquietud de querer saber más y la de no bajar las exigencias. Sus críticas siempre fueron constructivas.

El movimiento reformista, ¿cuándo y cómo funcionó en Agrarias?

El movimiento reformista y los alumnos, en Agrarias, lucharon para que se les enseñara más, hasta se quedaban voluntariamente fuera de hora. Uno de los principios de la Reforma establecía como no obligatoria la asistencia a las clases teóricas. Nosotros encontramos una manera inteligente y aceptada por los estudiantes de evitar la ineficiencia educativa por la no asistencia a clases sin ir en contra de los principios reformistas.

¿Cómo daban las clases teóricas y prácticas? ¿Implementaron sistema de becas?

Había tres horas de teoría seguidas por tres horas de práctica. Se dejaba medio día libre para que trabajaran o para que estudiaran. Estaban tan sincronizadas las clases que el que venía a las prácticas y no a la teoría no entendía nada. También implementamos un sistema de becas. Esa época coincidió con la creación del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) que estuvo muy bien dotada económicamente. Un porcentaje de su presupuesto se destinaba al fomento de la investigación agrícola y conseguimos becas para estudiantes que colaboraban en la investigación. Con los subsidios del INTA como del CONICET pudimos desarrollar la investigación y la incorporación de becarios en varias cátedras. Yo fundé, conjuntamente con el profesor Grassi, el Instituto de Suelos y Riego.

¿Cómo era su forma de dar clases?

Al final de mis clases entregaba un cuestionario anónimo sobre temas que yo había hablado en la clase. De esta forma observaba qué habían entendido y qué no y destinaba el comienzo de la próxima clases a aclarar puntos críticos. A continuación de las clases explicativas, en las que permitía que los alumnos me interrumpieran con sus preguntas, venían las clases prácticas. Además de las explicaciones orales llevaba escrito en cartelones – hechos por mí - los principales puntos de la clase y sus contenidos esenciales. Ésta era una de las formas para que los alumnos siguieran su desarrollo y, además, para no dispersarme con el entusiasmo que sentía y trataba de contagiar. Frecuentemente surgían preguntas de las que a veces extraje mis mejores ideas que fueron motivo de trabajos de investigación.

¿Qué fuentes utilizaban los alumnos para estudiar?

En mi materia, no había mucho material y menos en castellano, por esta razón, los alumnos me grababan las clases y luego yo las corregía. Muchos temas tuve que desarrollarlos e investigarlos personalmente y adaptarlos de la producción extranjera. Es importante en la relación profesor-alumno que el profesor esté entusiasmado con su clase, con lo que está diciendo y que sus explicaciones sean fruto de lo que investigó y de lo que aprendió en la literatura actualizada.

¿Cómo tomaba los exámenes finales?

Cuando los alumnos estaban en capilla les permitía que trajeran todos los libros o materiales que quisieran. No era repetir de memoria sino saber interpretar. Si no estudió y asimiló los conocimientos necesarios no podía interpretar las preguntas. Eso me dio siempre buenos resultados. Algunos profesores después imitaron este procedimiento. En algunas ocasiones los muchachos tenían vergüenza de rendir mal porque sabían que yo sufría junto con ellos. Trataban de no darme ese disgusto. Tuve ese placer.

¿Cuándo presentó su doctorado?

Cuando yo tenía 80 años porque en Argentina no había doctorado en las ingenierías y se consideraba que el título de ingeniero era el máximo. Cuando por iniciativa de nuestra facultad y con apoyo del Consejo Superior se creó el doctorado, uno de los requisitos era el de cursar Filosofía de la Ciencia, básicamente era epistemología. Cursé esta materia y presenté un trabajo sobre filosofía y ciencia. En este sentido, opté por evitar la palabra 'creo' y la reemplazo por 'considero', 'pienso', etc., porque al decir 'creo' renuncio a pasar mi argumentación por el tamiz de la prueba objetiva y racional. Luego, mi tesis doctoral versó sobre mis "Aportes conceptuales y experimentales al diagnóstico y manejo del suelo y del agua en la agricultura de regadío".

Es muy importante la cultura general de un académico, además del conocimiento científico y técnico de la disciplina.

Así es. En mi formación familiar tuve algo muy importante: me eduqué en un ambiente donde no había miedo de hablar. Mi padre era doctor en odontología, tenía mucha cultura humanística y literaria y fue él quien me impulsó a seguir una carrera académica dentro de la universidad. Mi padre y mi madre vinieron muy jóvenes, a principios del siglo pasado, de Rusia. Comencé mi formación cultural leyendo de la biblioteca de mi padre. Mis padres, ambos, tuvieron el privilegio de cursar en Europa el 'Gimnasio' (el secundario). Además del ruso, dominaban el francés y el alemán, y a los pocos meses de su llegada a la Argentina, el castellano. En general, el ambiente de mi familia era de mucho respeto y amor a la cultura.

Aparte de mi interés por lenguajes y por geografía e historia, el hecho de que mi hija menor se casara con un médico originario de la Ciudad del Cabo, Sudáfrica y que mi hijo lo hiciera con mi nuera, oriunda de la Ciudad de México, expandió mis intereses a entender y estudiar otras culturas. Dos de mis hijos, y varios nietos y bisnietos, radican en los Estados Unidos de Norteamérica y en frecuentes viajes he podido adentrarme en mucho de la cultura local. Al enviudar, gracias a la abnegada presencia y constante ayuda de mi hija Silvia y mi yerno Alberto, he podido sobrellevar estos difíciles años en mi querida Mendoza. Mis padres me inculcaron el amor al judaísmo y al sionismo, y en el año 2010 fui honrado al ser reconocido como uno de las 200 personalidades judías más influyentes en los 200 años de vida independiente argentina (1810-2010).

Su hijo también ha heredado ese amor por el conocimiento. Fue medalla de oro de medicina.

Su promedio no ha sido superado. En una investigación reciente de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCuyo, él aparece como el graduado con el promedio más alto desde la fundación de esa facultad en 1950 hasta la fecha (2013). Mi hijo rendía con todos 10 y venía con la "cabeza baja" cuando era sólo el 10 diez sin el felicitado.

Me refiero a toda esa aureola de respeto por la sabiduría que rodeaba mi ambiente familiar y ser profesor universitario implicaba ese amor por la sabiduría.

¿Cuál debe ser el perfil de un profesor universitario?

Es el de alguien que ha aportado a su disciplina valores que trascienden a su persona, que ha formado discípulos, que ha contribuido a su especialidad con trabajos originales y ganó ese título como culminación de una carrera.

¿Qué idea tiene de autoridad docente?

La autoridad docente se la dan los alumnos no se las da nadie más. Yo sabía que nadie conoció mejor a nuestros profesores que nosotros, sus alumnos. Como así también quienes fueron mis alumnos conocen mejor que nadie mis debilidades y mis fortalezas.