Llevaba el apellido de su padre abusador y la Justicia la autorizó a cambiarlo

Luego de un largo derrotero, consiguió que se rectificara su identidad en el acta de nacimiento y en el DNI. Ivana Puel Catriel ahora lleva los apellidos de su madre y su abuela: una reivindicación feminista y mapuche.

Llevaba el apellido de su padre abusador y la Justicia la autorizó a cambiarlo

Ivana Puel Catriel. Foto: elDiarioAR

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Publicado el 16 DE FEBRERO DE 2022

Ivana Puel Catriel llevó el apellido de su abusador durante casi 35 años. En abril de 2020, dio con una psicoanalista a través de la Red de Psicólogues que la ayudó a ver que esa situación le resultaba una molestia permanente. Gracias a eso, inició en la justicia –y en su interior– un proceso que le permitió modificar su identidad y desligarse del apellido de su progenitor, que abusó de ella entre los 3 o 4 años y hasta los 8 u 11.

Decidir encarar ese juicio fue producto de un largo proceso personal en el que tuvo que encontrarse con una serie de recuerdos difusos y un entorno dispuesto a escucharla y acompañarla, cuando todo en torno a ella le decía que pedía algo “imposible”. En noviembre de 2021, la Justicia falló a su favor, por lo que ahora espera el documento con su nombre rectificado: Ivana Puel Catriel, con los apellidos de su madre y su abuela. Una reivindicación feminista y mapuche. 

Con la psicoanalista que conoció al inicio de la cuarentena por coronavirus, quería conocer las razones por las cuales no podía vincularse de manera saludable con otras personas y con su propio cuerpo. Esto rápidamente la llevó a hablar de su apellido, de que no estaba cómoda con él. “Lo que te pica, ¿viste? Algo que no te podés rascar, que no te podés sacar”, explica Ivana. 

En su memoria estaba el recuerdo de que su progenitor le había exigido guardar el secreto. Durante los abusos, sus sentimientos pendulaban entre desear que alguien apareciera para ponerle fin o que eso no sucediera para evitar la vergüenza y el castigo. 

Luego de terminar el secundario, a sus 18 años, quiso huir de la casa donde se había criado, en Cutral Co, y partió rumbo a Mendoza. Después se instaló en Neuquén e inició el profesorado de Química en la Universidad del Comahue, en la que está a punto de conseguir su diploma. En una de las visitas que hizo a su casa familiar, con 22 años, discutió con su progenitor. No lo llama por su nombre; tampoco como “progenitor” o “padre”.

“Él era un provocador, más cuando estaba alcoholizado. Maltrataba a toda la familia, pero, sobre todo, a mi mamá y a mí. Nunca dejó de violentarnos. A mí siempre me dijo que era una puta, por ejemplo. Y esa vez, cuando estaba de visita, volvió a decírmelo y lo enfrenté. Tuvimos una discusión muy fuerte. Le dije que yo sabía por qué me decía que era una puta, que no me había olvidado de lo que él me había hecho, porque, además, en un momento, yo también me creí esa historia. Me quiso pegar”. 

La niña impotente no existía más: ahora había una mujer dispuesta a defenderse con una pinza en la mano. Por suerte, tuvo la lucidez de escribirle a su hermano, que llegó rápidamente al lugar. Cuando quiso saber qué había pasado, ella pudo –por primera vez– contar que su padre la había agredido sexualmente durante la infancia

“Mi hermano se puso muy mal. Se sintió muy culpable, se reprochaba no haberse dado cuenta. Su reacción no me ayudó. Ahí empezó otro proceso porque… si había generado esa reacción en él, ¿qué le pasaría al resto de mi familia?”, se preguntó Ivana.

Es usual que, en casos como este, muchas personas se pregunten por qué no denunció antes a su abusador. La respuesta es obvia: “No tenía las herramientas para hacerlo ni conocía mis derechos. Mis sentimientos fueron muy fuertes en la adolescencia. Me sentía frustrada porque nadie se había dado cuenta. ¿Y si no me creían? Tenía mucho enojo, mucha bronca. Tampoco sentía que mi familia me apoyara”. 

La ayuda terapéutica tampoco fue buena. El sistema público de salud evidentemente no asegura el correcto tratamiento de una persona en estas circunstancias. En los consultorios a los que arribaba, le decían que ya era tarde y hasta la culpabilizaban. Luego se acercó al feminismo y dio con la Red de Psicólogues.

Con la psicoanalista, pudo abordar esas escenas de la infancia y notar que había atravesado una situación de violencia. Sin embargo, decidió no denunciar penalmente a su abusador, un hombre de 77 años. Los hechos sucedieron hace más de 20 años y no quiso someterse a una pericia en el sistema judicial. Desistió de la idea del juicio, pero eligió avanzar por otro camino: el cambio de apellido.

Todos me decían que no se podía, desde Internet hasta las agrupaciones feministas. Yo pensaba en la Ley de Identidad de Género, me preguntaba por qué mi historia no aplicaba ahí. Me decían que fuera a la Fiscalía, al Registro Civil. Hubo abogados que directamente me dijeron que era imposible. Otros que me decían que sí y no respondían más. Cuando me preguntaban los motivos… si había confianza, lo contaba, pero si no, no”, sigue Ivana. 

Finalmente, dio con Belén Alfonso, una abogada que ya había logrado rectificar el apellido de una menor de edad. En junio del 2021, iniciaron el reclamo en la justicia, caratulado “Cambio de apellido por causa justa”. 

Alfonso detalló en un escrito los motivos de Ivana para avanzar con el proceso y ella no tuvo que declarar. A eso, sumaron un informe de dos psicoanalistas que la acompañaron: “[El apellido paterno] es un sello que arrastra y que conlleva marcas en su subjetividad y en su cuerpo, siendo necesaria la desafiliación”. La jueza de Familia de Cutral Co, Silvina Arancibia Narambuena, resolvió a su favor. 

Ivana Puel Catriel concluyó: “Sé que hay muchas personas que pasaron o están pasando por lo mismo que viví yo. Les diría que respeten el proceso, que se rodeen de gente que no cuestione sus decisiones y que tampoco les importe entenderlas. Para mí, esto es el final de un camino que fue muy difícil y necesité apoyo. Hoy tengo dos apellidos que tienen su propia carga histórica. Mi mamá y mi abuela han sido violentadas en tiempos en los que las violencias estaban invisibilizadas. Estoy tranquila y en equilibrio. Y los llevo con orgullo”.

La situación de violencia que atravesó Ivana no es una excepción. Según datos del Ministerio de Justicia y Unicef, entre 2020 y 2021, se registraron 3219 menores de edad víctimas de abuso sexual. El 36 % fue agredido en el hogar y el 74,2 % de las víctimas fueron violentadas por alguien de su entorno cercano o ámbito de confianza. Los agresores son varones en el 81 % de los casos. En el ámbito familiar, el 44,4 % de las víctimas niñas, niños y adolescentes fueron agredidas por su padre o padrastro.

Fuente: elDiarioAR

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