Que las familias vuelvan a creer en la escuela pública

Opina el doctor Benito Rafael Parés, licenciado en Psicología, doctor por la Universidad de Salamanca. Profesor titular efectivo del Departamento de Psicología, FEEyE. Secretario de Ciencia, Técnica y Posgrado, UNCUYO.

Sociedad

Educación

Unidiversidad

Doctor Benito Rafael Parés

Publicado el 01 DE JUNIO DE 2015

Cuando pensamos en lo que vivimos hoy, debemos referirnos al “hoy” teniendo en cuenta que este hoy, es producto de una serie de acciones a lo largo de una historia reciente y remota. Actualmente, en nuestro país, observamos con asombro el éxodo de la escuela pública a la privada, porque partimos de una realidad: nuestra escuela pública fue modelo para América Latina y para muchos ciudadanos del mundo. Por ejemplo, en 1940 sólo el 7 % de los alumnos asistían a instituciones privadas (Rivas, 2010). Esto es parte de un posible análisis de una historia remota. Si miramos nuestra historia reciente vemos cómo, en los 90, un Gobierno con poder político y acompañado de numerosos organismos que lo sustentaban, se convierte en el organizador del pase a manos privadas de los bienes del Estado (ferrocarriles, YPF, compañías de agua). Muchas veces, los que no comulgábamos con esas ideas lo criticamos, pero lo hacíamos viendo cómo esas compañías estatales pasaban día a día a manos privadas.

En educación, en cambio, lo que se hace hoy repercute a los veinte años. Es por eso que en este “hoy” podemos mensurar el éxito de aquella política de destrucción de lo público. Decir “hoy” en educación implica analizar una década.

Es en estos últimos años cuando mayor daño se ha hecho, sistemáticamente y sin mucho ruido, al sistema educativo público: desvalorizando la tarea del docente, comparativamente con la de otros trabajadores; privilegiando políticas compensatorias que burocratizan la actividad del directivo y del docente, y suscitando el descontento en sectores de la clase media al promover, desde el discurso de algunos jerarcas educativos, que los alumnos no deben repetir, que no deben tener bajas notas o lo que es lo mismo, en el imaginario social, “que estudiar no es lo importante”. Si a esto le sumamos que se fomentó en la ciudadanía la organización de una actitud positiva hacia lo privado y una carga actitudinal negativa hacia lo público; es decir, aprendimos a leer las señales de prestigio de las organizaciones privadas y lo negativo de lo público, podemos entender por qué hoy muchos padres prefieren, para sus hijos, un colegio privado a uno de gestión pública.

Desde la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, en la que se reconocía el derecho de todas las personas a la educación, ha transcurrido un largo camino en nuestro país. Hoy, además, las políticas mundiales y las teorías educativas nos llevan a pensar en la necesidad de instaurar la educación inclusiva. Esto implica que los educadores fomenten entre sus alumnos la comprensión, la aceptación y el aprovechamiento de las diferencias individuales a fin de lograr mayores y mejores aprendizajes en todos los alumnos.

Como alguien a quien le fascina el reto que implica la gestión educativa y como investigador en educación, creo que el gran desafío es promover que nuestra escuela vuelva a ser una institución de referencia. Esto lo debemos hacer entre todos: guiados por el gobierno de turno, diagramando políticas de Estado que privilegien el esfuerzo por sobre el facilismo y acompañando a las familias para que vuelvan a creer en la escuela pública, con políticas de revalorización del rol docente.

No basta con declamar que apoyamos políticas de crecimiento de la ciencia en Argentina. Debemos aspirar a que cualquier ciudadano, de cualquier pueblo, pueda llegar a ser un científico. Esto sólo se hace reforzando el sistema educativo público, que es el que nos asegura que todos los ciudadanos puedan tener una educación de calidad.

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