“Hemos fracasado como sociedad”
El excapellán de las cárceles de Mendoza, Roberto Juárez, remarcó que tanto el Estado como la sociedad no han logrado abordar con políticas públicas e inclusión la problemática del contexto de encierro y la reinserción de las personas privadas de la libertad.
Roberto Juárez, excapellán de las cárceles de Mendoza. Foto: Unidiversidad.
Fijar dato - reinserción y reincidencia
Esta nota fue redactada por Ernesto Gutiérrez sobre la base de las entrevistas realizadas por todo el equipo de Unidiversidad.
Publicado el 27 DE AGOSTO DE 2026
“Hemos fracasado como sociedad”, definió Roberto Juárez, excapellán de las cárceles de Mendoza. Con esa frase, el sacerdote resume la realidad de las personas privadas de la libertad: un Estado que no logra revertir las causas del delito, que no otorga las herramientas necesarias para que no reincidan, que no consigue articular estrategias con distintos sectores para reinsertarlas fuera del contexto de encierro, y una sociedad que prefiere señalarlas antes que entender las falencias que originan y profundizan la problemática. Dice que la discusión sobre las cárceles no puede reducirse a la seguridad o al castigo. Es un entramado de factores sociales, familiares, económicos, educativos y políticos.
“Tenemos que hacernos cargo de ese fracaso”, afirmó y vinculó esa situación con el modo en que se organiza actualmente Mendoza: “Una provincia feudalizada, porque lo que más crece acá son los lugares de encierro, cárceles y barrios privados. Es 'me encierro y te encierro', ese es el esquema social que estamos viviendo hoy”, remarcó.
Juárez conoce de cerca las complejidades del encierro y los obstáculos que existen para que una persona que pasó por la cárcel pueda reconstruir su vida al recuperar la libertad. Tiene más de tres décadas de experiencia dentro del sistema penitenciario mendocino, primero como voluntario junto al reconocido padre Jorge Contreras y luego, en 2005, como capellán, hasta su retiro obligatorio en 2023 (cargo que hoy está acéfalo).
Actualmente, desde su lugar como acompañante espiritual, sostiene que la discusión sobre las cárceles no puede reducirse a la seguridad o al castigo. Desde su mirada, la educación, la capacitación laboral y la contención familiar son herramientas fundamentales para ese proceso. Su testimonio también pone en discusión el rol del Estado y de la sociedad frente a quienes atraviesan una condena.

Roberto Juárez, excapellán de las cárceles de Mendoza. Foto: Unidiversidad.
Una “causa perdida” que todavía puede tener salida
Juárez recuerda que comenzó a acompañar al padre Jorge Contreras en 1992. Durante aquellos años participó de distintas acciones vinculadas con las condiciones de detención en el penal Boulogne Sur Mer y la colonia penal Gustavo André junto a organismos internacionales. De esa etapa conserva una frase de Contreras que, más de dos décadas después, continúa definiendo su perspectiva: “Trabajar por la cárcel es trabajar por una causa perdida”.
La expresión, lejos de significar una renuncia, representa para el excapellán el reconocimiento de que se trata de una problemática incómoda para una sociedad que muchas veces prefiere no mirar. “Hablar de cárceles es una molestia para nuestra sociedad, no sabemos qué hacer, cómo enfrentarlo, lo queremos esconder, le queremos poner una bomba y que vuele todo; es trabajar por una causa perdida”, sostuvo.
Detrás de esa mirada crítica aparece también una convicción: “Sabemos, quienes nos ponemos a trabajar, que tenemos la esperanza de que no todo está perdido porque hay personas y seres humanos que siempre son rescatables”.
Su recorrido dentro del sistema penitenciario comenzó como acompañante de Contreras, quien fue el primer capellán del clero de Mendoza. En 2005 y mediante una ley provincial, Juárez asumió formalmente la capellanía y permaneció en ese rol hasta el 30 de noviembre de 2023, cuando alcanzó la edad de retiro obligatorio. Desde entonces, asegura, ese espacio quedó sin alguien que lo ocupe de manera permanente. Pero volvió a las cárceles como acompañante espiritual. Una vez al mes concurre a Almafuerte I, Almafuerte II, Agua de las Avispas y Boulogne Sur Mer para celebrar misa.
Ese recorrido también le permitió construir una mirada sobre las causas que llevan a una persona a delinquir. Para el sacerdote, no existe una única explicación. Es un entramado de factores sociales, familiares, económicos, educativos y políticos. En su experiencia pastoral, especialmente durante su paso por zonas vulnerables como el barrio La Gloria o La Triple Frontera, observó problemáticas como el consumo de drogas, la violencia, la delincuencia y la disgregación familiar. Para el excapellán, intervenir sobre esos factores antes de que una persona llegue a la cárcel resulta indispensable.
El sacerdote cuestionó la dificultad de las instituciones educativas mendocinas para contener a niñas, niños y adolescentes atravesados por situaciones complejas. Además, planteó que muchas escuelas necesitan herramientas que excedan la enseñanza tradicional y que permitan acompañar social y psicológicamente a quienes se encuentran en contextos de vulnerabilidad.
A su entender, el resultado de no abordar esas realidades es una sociedad cada vez más punitiva. “Hoy creo que lo que incide desde lo político es esta sociedad punitiva y cruel que terminamos siendo. El otro es el peligroso, el enemigo y en vez de ver cómo restaurar el tejido social, al contrario, lo vamos cortando todo, excluyendo en lugar de generar una realidad que vaya en favor de disminuir la delincuencia”, manifestó.

“Siempre lo he dicho y lo sostengo, los únicos ámbitos de la libertad que hay en la cárcel son la educación y la fe”, afirmó Juárez. Foto: Unidiversidad.
Educación y capacitación: las herramientas para recuperar la libertad
Dentro de esa discusión, la educación aparece para el párroco como uno de los principales caminos posibles. No solamente como una herramienta para mejorar las posibilidades laborales de una persona privada de libertad, o al recuperarla, sino también como una forma concreta de recuperar autonomía. “Siempre lo he dicho y lo sostengo, los únicos ámbitos de la libertad que hay en la cárcel son la educación y la fe”, afirmó.
Durante los años en los que trabajó con jóvenes adultos, de entre 18 y 21 años, procuró transmitirles una idea sencilla: estudiar, aprender y capacitarse podía significar una forma de recuperar capacidad de decisión. “Traten de aprender a leer, a escribir, estudien, capacítense porque si no desarrollan la cabeza, el pensamiento, otro lo va a hacer por ustedes y los va a usar. Así que lo mejor que pueden hacer es educarse, para pensar y hacer libremente”, detalló.
En ese punto, recordó especialmente la llegada de la UNCUYO al ámbito penitenciario a través de la iniciativa de Educación Universitaria en Contexto de Encierro (EUCE). Para Juárez, aquella experiencia significó mucho más que la posibilidad de acceder a contenidos académicos. “Siendo capellán mayor me puse muy contento cuando la universidad llegó y generó un espacio para no solo aprender a leer y escribir sino permitirle a quienes estaban ahí criterios de juicio, de pensamiento y de elección responsable”, expresó.
La educación, entonces, aparece como una herramienta que puede operar durante la condena y también después de ella. A esa formación se suma la capacitación laboral, necesaria para que quien recupera la libertad encuentre una alternativa concreta frente a un mercado de trabajo que muchas veces resulta inaccesible para alguien con antecedentes penales. Pero la realidad que describe Roberto muestra una distancia importante entre el objetivo legal de la reinserción y su aplicación concreta. “Los que por ahí han podido quizás realizar un estudio, capacitarse o terminar una carrera no son tantos”, explicó.
El problema, además, no termina cuando se abre la puerta de la cárcel. Según el sacerdote, el propio encierro puede generar consecuencias profundas sobre quienes permanecen durante años dentro de ese sistema. “La cárcel crea discapacitados sociales”, sostuvo. La expresión apunta a las dificultades que puede producir la vida intramuros para adaptarse nuevamente a una sociedad que continuó funcionando mientras la persona permanecía detenida. “Es un mundo complejo, difícil y duro”, describió.
Por eso cuestionó la ausencia de una evaluación sistemática de los procesos de reinserción. “Yo siempre lo digo: si tuviéramos que evaluar por la gente que sale y cómo sale, nos echan a todos, pues no estamos cumpliendo realmente con lo que la ley dice”. De hecho, para Juárez, la reinserción plena continúa siendo excepcional. “Quien logra una plena reinserción en lo laboral, en lo social, es algo excepcional”, expresó.

“Yo siempre se los dije a los párrocos en sus iglesias: 'Ustedes tienen familias de presos'", expresó el excapellán. Foto: Unidiversidad.
La familia y una sociedad que todavía no sabe cómo recibir
Si la educación y la capacitación constituyen herramientas fundamentales durante la permanencia en prisión, el regreso a la sociedad plantea otro desafío: la existencia de una red capaz de acompañar a quien recupera la libertad. En ese proceso, considera que la familia ocupa un lugar central. “Tener la contención de la familia es clave”, afirmó. Pero esa contención no puede pensarse únicamente como una responsabilidad de los familiares. Para Juárez, también las instituciones sociales y religiosas deberían acompañar a las familias de las personas detenidas.
“Yo siempre se los dije a los párrocos en sus iglesias: 'Ustedes tienen familias de presos. Vean cómo acompañar esas familias porque ellas tendrán que recibir luego a la persona que sale en libertad'”.
En ese punto, criticó las condiciones que atraviesan muchas familias durante las visitas penitenciarias y recordó la película "La mujer de la fila" como una representación de esa realidad en Mendoza. “Si pasamos acá ahora por la zona de Plantamura en la Ciudad de Mendoza, esa 'mujer de la fila' se convirtió en filas de carpas esperando la visita, que me parece terrible porque hay niños, hay mujeres. En Almafuerte ocurre lo mismo y a nadie le importa porque son familias de presos. Creo que en eso tenemos una deuda grande porque estamos condenando a las familias”, sostuvo.
La problemática, de esta manera, no queda limitada a quien está privado de libertad. También alcanza a quienes esperan afuera, sostienen vínculos, atraviesan dificultades económicas y deben prepararse para recibir nuevamente a una persona que pasó años dentro de una estructura de encierro.
Para el sacerdote, la sociedad mendocina tampoco está preparada para asumir plenamente ese regreso. El desafío requiere revisar las respuestas construidas alrededor del delito y abandonar una lógica exclusivamente basada en el castigo. “Creo que falta mucho por trabajar como sociedad, todo esto después, lógico, se refleja en políticas duras, rígidas y punitivas”, señaló. Frente a la tradicional discusión entre una justicia punitiva y una justicia garantista, propone una tercera alternativa. “Hay una vía superadora que es la justicia restaurativa, pero acá, en Mendoza, eso todavía está en pañales”.
El cambio, reconoce, no es sencillo. Implica modificar la manera en que se piensa el delito, la cárcel, la víctima y también a quien cometió un delito. “Es un cambio de mentalidad grande, a nosotros los mendocinos creo que nos va a costar mucho, casi un milagro va a ser, pero bueno, espero que alguna vez nos demos cuenta de eso”.
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