En primera persona

Testimonios de médicos que renunciaron a residencias.

En primera persona

El Hospital Central fue donde los maltratos resultaron más graves y donde más renuncias se registraron. Foto: Archivo / Prensa Gobierno de Mendoza.

Sociedad Especiales Ley de Residencias Médicas / por Milagros Martín Varela / Publicado el 16 DE NOVIEMBRE 2018

Hace falta coraje para denunciar a quienes tienen poder sobre uno o una. Hace falta valor para atreverse, principalmente en ámbitos sumamente herméticos, para romper el silencio. Fue con gran temor que, en 2016, siete médicos residentes de primer año volvieron a pisar esos lugares -que para ellos fueron prácticamente de tortura y a los que hasta el día de hoy les es difícil pensar en volver- y renunciaron.

Se trata de los hospitales Central, Lagomaggiore y Perrupato. El primero es donde se registraron más casos de golpes, violencia verbal, ilícitos y renuncias de residentes. También es el que más expectativa genera en muchos médicos recién egresados de sus carreras, ya que para acceder a realizar las residencias médicas en ese nosocomio es necesario obtener un puntaje muy alto en examen de concurso.

Para realizar esta nota, se tomaron testimonios de tres personas que renunciaron a sus residencias médicas por violencia de sus superiores. No se especificarán sus identidades a fin de resguardarlas, como tampoco se revelará en qué centro de formación o en qué especialidad habían ingresado con sus exámenes hace más de dos años.

Prácticamente estas tres personas coincidieron en que lo peor no eran los golpes en la espalda que te dejan sin aire, los llamados “riñonazos”, ni estar hasta tres días dentro del hospital sin alimentación ni descanso, ni los baldazos de agua helada cuando se quedaban dormidos ante la fatiga, ni tener que ir a probar un bocado en el baño porque si los veían comiendo les extendían las horas de guardia. Lo peor, aseguraron, fue el maltrato psicológico, la humillación, el “psicopateo”.

Como al ser golpeados ellos no reaccionaban con violencia, los trataban de “blanditos”, “los que no se aguantan nada”, los que hacían todo mal, los culpables de todas las complicaciones que pudiera llegar a tener un paciente. Más allá de que, cuando les pedían control de salas y olvidaban tomar algún dato (por ejemplo, la presión del paciente) –error que podía cometer cualquiera y más aún en el primer año de formación en las residencias médicas, en condiciones inhumanas y sin ningún médico referente de planta a quien pudieran consultarle– les decían: “Al menos inventate algo”.

Por otro lado, bajo una máscara de falsos principios éticos, les decían que tenían prohibido mentir. Esto, sin contar los riesgos que puede conllevar para un paciente el hecho de que un médico "se inventara" algo acerca de él; muchos más de los que puede significar olvidar tomar un dato y la posibilidad de regresar a la sala y apuntarlo. También, a los residentes de primer año –cuentan ellos– sus superiores (principalmente de tercero y cuarto) les rompían las historias médicas que hacían.

A algunos de ellos la situación terminó por afectarlos tanto que necesitaron asistencia psiquiátrica. No conforme con llevar a una persona a tal nivel de deshumanización, se reían y burlaban de lo que producía en ellos el maltrato constante. “Yo no pedía que me trataran como a un médico de planta, un superior a ellos. Pedía que me trataran como a una persona”, aseguraron dos de los testimonios. Uno de ellos agregó que la objetivización no era sólo con ellos, sus pares, sino también con los pacientes: “No piensan en el paciente, es un objeto para ellos”.

Esta cultura de violencia, este sistema perverso que no busca más que reproducirse a través de generar broncas y resentimientos entre pares y hacia los pacientes, tuvo un revés cuando estos siete médicos decidieron no solamente renunciar, sino también denunciar. Romper el silencio, poner blanco sobre negro –aunque ellos lo vivieron con mucho miedo– terminó por ser un acto de resiliencia y también de resistencia.

Como dice Víktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido, a una persona “le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino”. También fue importante que optaran por acompañarse el uno al otro, por no caer en la bronca que sus superiores trataban de incentivar cuando –por ejemplo– ante un error mínimo de uno, dejaban sin turno de almuerzo a todo el grupo arbitrariamente e incumpliendo la Ley 7857 de Residencias Médicas.

Es hoy que, gracias a este grupo de profesionales, no sólo ellos sino todos los que optan por la noble profesión de la medicina pueden renunciar a sus residencias y animarse a denunciar a conciencia de que, si bien queda un largo camino y muchos maltratos que erradicar, ya no les pueden decir: “No inventen nada, porque acá las cosas no cambian más”. Las cosas ya empezaron a cambiar.

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