La mama coca: alimento, medicina y resistencia cultural

La hoja de coca es parte de una tradición milenaria que los americanos defienden por sus propiedades y beneficios, a pesar de las trabas del narcotráfico y las manipulaciones de la industria farmacéutica. Manuel Seminario, peruano que recorre el continente a bordo del "cocamóvil", un minialmacén andante pleno de productos hechos a base de esta planta sagrada, resalta lo esencial que es incorporar este alimento a la vida cotidiana.

La mama coca: alimento, medicina y resistencia cultural

Presidente Evo Morales Ayma.

Sociedad Unidiversidad por Emma Saccavino / Publicado el 11 DE JULIO 2013

Los antiguos pobladores de la región andina concebían la hoja de coca como un principio de buen augurio que sacraliza momentos cruciales de la existencia; el nacimiento, el matrimonio, la agricultura y la muerte son ofrendados a la que los pueblos andinos bautizaron la “mama coca” pues, al igual que otros elementos de la naturaleza, está sexuado y tiene su propio espíritu.

Aunque la Iglesia Católica se encargó de erradicar la planta por considerarla “aliada del diablo” durante la conquista, su cultivo es una práctica milenaria que los originarios han transmitido y conservado. La coca fue, además, una forma alternativa de mitigar la sed, el hambre, el frío, el cansancio y otras condiciones adversas para los trabajadores americanos, gracias a las múltiples propiedades que aporta la hoja al ser consumida en forma de té o simplemente al masticarla.

Han sido múltiples las investigaciones que han aportado datos certeros sobre los beneficios de la hoja de la planta de coca. Sin embargo, aun a esta altura del siglo XXI, la inmediata relación que una buena parte de la población establece entre el consumo de coca y la comercialización de la cocaína sigue vigente.

Las pruebas químicas la destacan como una excelente medicina para el sistema digestivo, el síndrome de altura (vértigo, vómito), el agotamiento físico y los cólicos, los dolores de muelas y reumáticos. En forma de emplasto, sirve para curar heridas por su acción antiséptica. Gran efectividad ha demostrado también para aliviar el dolor de garganta y la ronquera. Además, aumenta el oxígeno celular gracias a sus alcaloides, como la globulina y la piridina, y por ello el hombre andino fue capaz de desarrollar civilizaciones a 2000 metros de altura sobre el nivel del mar.

A pesar de que la Organización Mundial de la Salud aclarara, a mediados de 1990, que el consumo de té de coca y el mascado de la hoja son totalmente inofensivos para la salud humana, continúa hoy la lucha por la despenalización que prohíbe el consumo y la producción derivada de la hoja de coca, con el propósito de no dejar morir una de las prácticas más antiguas e identitarias de la región andina.

En enero de este año, gracias a una lucha sostenida de Evo Morales, se materializó un avance considerable: Bolivia festejó la despenalización del masticado de la hoja de coca dispuesta por las Naciones Unidas. El presidente de Bolivia sentenció que la medida constituye "un triunfo internacional de Bolivia frente al imperio". Pese al valor de esta conquista a nivel simbólico, mucho hay por hacer, pues esta ley solo regirá en ese país, donde masticar coca es una práctica milenaria.

Entre tantas pruebas de las virtudes medicinales de la hoja, entre tanta defensa auténtica del presidente boliviano, entre tanto tabú y tanta demonización de la planta por su relación con la benzoilmetilecgonina, o cocaína, aparece un personaje que en el 2011 inició una travesía inédita por toda América Latina a bordo de su "cocamóvil". Manuel Seminario tiene 56 años y un día decidió dedicar su tiempo a resignificar esta planta con una fortísima carga identitaria. En su paso por Mendoza, nos habla de su viaje y de su motor vital: la coca.

 Un cocalero profeta

“La coca es un quitaflojera natural, no hay energizante que se le compare. El mundo está cansado. Es algo a lo que yo he bautizado 'fatiga crónica universal'. La coca es, además, un superalimento. Conocer ese dato es fundamental para incorporarla a la vida cotidiana”, cuenta Manuel con un vigor que de pronto transmuta en sosiego, virtudes que, destaca, solo puede aportar la milenaria planta.

El peruano tiene su propia producción y transporta en su cocamóvil, que es algo así como una tienda rodante, una serie de productos como harina, barritas nutritivas, galletas, galletones, caramelos. En su paso por la provincia, ha habido un intenso interés de la prensa local por difundir este proyecto.

¿Por qué cree que puede ser esto? ¿Puede ser que los altos índices de consumo de cocaína hagan que en la provincia se sumen al afán de los pueblos andinos por destacar las bondades de la planta sagrada, que no es más que echar por tierra el prejuicio que lleva a asociar esta planta con la droga?

Igual, es un interés particular. Lo que está pasando en Mendoza es sui generis. Tal vez sea la época Inti Raimi, no sé. La razón es extraña, pero desde que partí con el cocamóvil de Perú no había vivido algo así; de hecho, ni en Perú ni en Bolivia hemos contado con el apoyo de la prensa. Aquí incluso ha sido extraña la actuación de la Policía, que me ha permitido llegar hasta acá de lo más bien. Pero con la coca es así, todo es un misterio. Es como que el universo se está abriendo a un nuevo pensamiento, que contempla, por fin, a esta ancestral y sagrada hoja.

Hoy sos una suerte de portavoz de la coca, ¿cuál fue el punto de origen del itinerario?

La peregrinación comenzó en 2011, en una Harley Davidson 1200. Pero tuve dos accidentes muy fuertes, uno de ellos en La Paz, en el que casi no la cuento. Entonces volví a Lima y en 2012 volví a salir, ya a bordo de la camioneta cocamóvil tal cual la ves ahora. Las cosas se pusieron más cómodas, porque puedo llevar y mostrar los productos, que es el único modo de que sepas qué te estoy mostrando.

El cocamóvil tiene la magia de que adentro es una tienda, entonces nadie puede negar que lo que llevo adentro son alimentos. Los policías parecen niños: agarran las cosas, las miran, se ríen, es una cosa muy bonita. Cada puesto policial es una aventura, pero no de tensión, contra lo que yo pensaba, sino de asombro.

Es un paso grande, si se tiene en cuenta que, en general, se maneja todavía un nivel de ignorancia bastante alto respecto de las consideraciones sobre la hoja de coca, que, podríamos afirmar, es casi como la antípoda del alcaloide que se obtiene de ella. ¿Seguís viendo resquemor en la gente?

Cuando recién empecé con esto hablaba, por ejemplo, de harina de coca, y no sabés la cara que ponía la gente al mostrársela. “Yo sé que ustedes esperaban que les mostrara un polvo blanco y no verde”. Y no sabés cómo se sonrojaban, pues verdaderamente era lo que pensaban y lo que aún piensa mucha gente. Y si la harina de coca es resultante de la molienda de la hoja, es lógico que el producto sea verde. Por eso nosotros hemos adoptado un dicho: “Ni negra –por la Coca-Cola-, ni blanca –por el clorhidrato de cocaína–: verde”.

 

¿De dónde y de cuándo viene la identificación de la hoja de coca como droga?

En realidad, el prejuicio acerca de la hoja de coca se creó a partir de la prohibición del año 61. Hasta ese momento, la coca tenía un uso legal y cotidiano en todo el mundo, de hecho había muchos productos en el mercado elaborados a base de esta planta, varios de ellos por los europeos, que siempre se mostraron muy interesados por sus bondades. La cocaína nace alrededor de 1860 de la mano del científico alemán Albert Niemann, quien logra extraer el alcaloide, lo fija a unas sales clorhídricas y saca el clorhidrato de cocaína.

Las primeras prohibiciones comenzaron a principios del 20, causadas por una serie de metidas de pata de Freud: él fue quien la utilizó de forma experimental para curar, entre otras cosas, la adicción al opio, pero lo que no calculó fue que esas personas se volvían adictas a la cocaína. Luego de una serie de casos que terminaron muy mal, vinieron las consecuencias: la Coca-Cola la sacó de sus ingredientes, en 1949 la ONU formó una comisión de investigación de la planta y puso a cargo a un poderoso empresario yanqui ligado a la industria farmacéutica, llamado Howard Fonda. Fíjate a quién pusieron en el tema, ¿no? Eso ya marca una tendencia de lo sinvergüenzas que son, pues el tipo ya vino lleno de prejuicios y con objetivos claros: imagínate que una de las pruebas que hicieron consistió en aplicar un test de inteligencia italiano a una población aymarahablante.

Los resultados, obviamente, fueron desastrosos, pues las preguntas estaban traducidas automáticamente del italiano, entre otras falencias que hablan de cómo estuvo orquestado todo. Y fue a partir de estas pruebas que, en 1950, salieron a decir: “La hoja de la coca es la causante del embrutecimiento del poblador andino: miren los resultados”, y aquí presentaron como evidencia todos los exámenes de coeficiente intelectual. Mira a lo que condujo esa serie de malos entendidos.

Citamos aquí dos fragmentos de los textos de los artículos 26 y 49: “Las partes obligarán a arrancar de raíz todos los arbustos de coca que crezcan en estado silvestre y destruirán los que se cultiven ilícitamente”, “la masticación de hoja de coca quedará prohibida dentro de los 25 años siguientes a la entrada en vigor de la presente Convención”.

Este informe fue –cómo no– objeto de durísimas críticas por su evidente arbitrariedad, su falta de sustento teórico y sus connotaciones racistas. Se criticó también la calificación profesional y los intereses paralelos de los miembros del equipo, la metodología aplicada y la selección caprichosa y uso incompletos de la literatura científica que existía en ese entonces en torno a la hoja de coca.

 

Supercoca

 

¿Cuáles son, concretamente, los beneficios de la harina de coca respecto de la harina blanca?

Bueno, es que directamente no tiene ni punto de comparación con la harina blanca de trigo, que ni siquiera tiene nutrientes. La harina blanca que compramos a diario solo tiene volumen. En el proceso del refinamiento se pierde todo el alimento. Si te pones a buscar un poco, verás que, paradójicamente, la coca es una de las plantas más investigadas.

Lo que sucede y sorprende a miles es que esta planta prácticamente cura todo, por lo que compararla con el trigo sería muy ingrato para este cereal. Incluso comparándolo con un superalimento como la quinoa, llamada “la semilla de los dioses” por la cantidad de aminoácidos que porta, es superior. La quinoa se destaca sobre todo porque tiene 18 por ciento de proteínas, que es muchísimo: pues la coca tiene 19,9 por ciento. Y eso que son muy pocas las plantas que contienen proteínas.

Tiene 2097 miligramos de calcio por cada 100 gramos de hojas. La leche tiene 220. Imagínate, está más de la décima parte por debajo. Tiene las cuatro formas de presentación de la vitamina B. Las señales del poder de la coca parecen no tener fin: la Universidad de Harvard concluye en un informe que, si una persona consumiera 100 gramos de hojas de coca al día, podría cubrir todos sus requerimientos nutricionales, ¡con 100 gramos! Y pensar que hay tantos prejuicios. Hay también el concepto insano respecto de que los agricultores de la coca están mal alimentados: “¡Mirá, solo viven de comer coca, eso los tiene desnutridos, drogados y ni comen!", dicen. ¿Y qué van a comer, si se están nutriendo con la planta? ¿Es que siquiera les da la honestidad para considerar este aspecto? Ves ya cómo todo depende del cristal con que se lo mire.

¿En qué creés que reside ese valor sagrado de la coca?

Como en otros aspectos tengo que decirte: ¡cómo saberlo! Yo me remito a peregrinar y mostrar su valor alimenticio, tan poderoso que habla por sí solo. Y a poner sobre el tapete el hecho de que llevamos más de medio siglo intentando erradicar esta maravillosa creación de la madre tierra. Esta forma de mostrarla me parece más fructífera, más novedosa y más elocuente que ninguna.

Al ser alimento, es medicina. Yo suelo decirle a la gente: “¿Para qué me hablas de tu enfermedad? Más bien toma la coca y luego dime qué te curó”. Y con este razonamiento camino Latinoamérica, además de ir con la misión de ponderar su valor ritual. Ahora mismo vamos a concretar un ritual muy simple, que consiste en tomar tres o cuatro hojas de coca, nunca una, porque en la cosmovisión andina nada es uno, todo es concebido en términos de dualidad; agarrarlas entre tus manos y darles tu aliento. Luego estableces un contacto profundo y un compromiso con su espíritu y, por último, le agradeces a ella y a la tierra, o le pides a través de las palabras “kawsay paj”, que quieren decir “por la vida”. Tener esto en mente es esencial: que todas nuestras acciones sean por la vida, y la vida implica salud.

Nosotros hemos sido diseñados para estar sanos, y no hacemos más que contaminarnos permanentemente, entre otras cosas, con alimentos que nos perjudican la salud y, a la vez, alejarnos de aquellos que tienden a mejorárnosla, como es el caso específico de la hoja de coca. Pues entre todos los superalimentos, hay algo especial que tiene esta planta, algo por lo cual nuestros ancestros la consideraron sagrada: solo con ese hecho ya nos dejaron un mensaje implícito, ¿no crees? Yo creo que a buen entendedor, pocas palabras.

Y si hay algo que podemos afirmar a ojos ciegos es que nuestros ancestros eran gente sabia, pues se alimentaban de manera sana, mantenían una relación armoniosa con la naturaleza y sabían respetar a los apus (divinidades preincaicas asociadas a las montañas). ¿Cómo no vamos a seguir su camino? Hay que entender de una vez que todos somos uno, y hay que evitar que esa conexión se pierda. Yo creo que reivindicar la coca es hacer algo en este sentido, y esto es lo más importante, incluso más que la cantidad de propiedades alimenticias de la planta.


La música del ritual empieza a sonar de fondo y marca el fin de la charla con este peregrinopsicólogo y periodista que da su vida por defender las bondades medicinales y nutricionales de uno de los productos más valiosos que dio nuestra tierra, y que fue abandonado a la mala fama por una sociedad ambiciosa, desinformada y temerosa.

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