1.º de Mayo: la participación de familias trabajadoras en huelgas forjó la cultura obrera de Mendoza
A principios del siglo XX, la expansión política de las diversas tendencias obreras alcanzó a departamentos como Godoy Cruz, Rivadavia, San Martín o La Paz. En las conmemoraciones no solo participaban obreros varones, también lo hacían mujeres e infancias.
1.º de Mayo de 1905. El socialista / Foto gentileza investigador y mejorada con IA
La historia tradicional de Mendoza ha mostrado casi siempre un Primero de Mayo protagonizado por columnas de obreros varones marchando por las avenidas céntricas. Sin embargo, el Primero de Mayo no ha sido un evento exclusivo de los socialistas, anarquistas o sindicalistas citadinos. Si desplazamos el foco de la mirada hacia la periferia geográfica y social, la conmemoración se revela no solo como jornada de protesta y rememoración por los mártires de Chicago, sino como un complejo artefacto de la cultura obrera. En la organización territorial, desde los centros industriales hasta los recónditos poblados del interior, la participación de las familias trabajadoras y de las infancias dio nuevos sentidos a la dimensión de la lucha de clases.
A principios del siglo XX, la expansión política de las diversas tendencias obreras alcanzó a departamentos como Godoy Cruz, Rivadavia, San Martín o La Paz, evidenciando una red abigarrada de militancia que descentraba el eje urbano. En estas localidades, la liturgia obrera combinaba el canto coral de himnos proletarios, la algarabía rítmica de las bandas musicales y la solemnidad del luto por los caídos en algunas represiones policiales.
Se construía así una identidad de clase que, aunque diferenciada en sus formas —del optimismo pedagógico al luto combativo—, convergía en la protesta, en la huelga general y en un mensaje internacionalista contra las “tres equis” del capital: explotación, expropiación y exclusión.
Sin embargo, la fisonomía del Primero de Mayo no se agotaba solo en la huelga; se nutría de una cultura visual y simbólica donde las prensas obreras funcionaban como ventanas a la esperanza y la rabia. Al indagar en sus páginas, la comparación entre las alegorías de La Vanguardia (1917) y La Protesta (1921) permite dilucidar dos formas de entender la participación familiar. Por un lado, el socialismo —mediante el grabado de Montini— enaltecía a la familia como la “base de la humanidad”, donde la infancia representaba la esperanza de un nuevo porvenir. Por otro, el anarquismo presentaba una estética de la ruptura. Una mujer, en representación de la Acracia, partera del ideal libertario, daba latigazos a la ley, los cañones y las cruces.
Fuente: La Vanguardia, 1.º de Mayo de 1917
Fuente: La Protesta, 1.º de Mayo de 1921
A pesar de esta divergencia estética, ambas tradiciones coincidían en la necesidad de integrar a mujeres e infancias en el hacerse clase para garantizar la supervivencia de un ideal emancipatorio.
Aquella identidad se forjaba desde las bases y, en ese proceso, la participación infantil no fue un mero adorno. En el departamento de La Paz, el Primero de Mayo de 1919 fue inaugurado por una columna de niños que, junto al veterano militante socialista Ramón Rosas, desfiló portando banderitas coloradas bajo el estallido de la pirotecnia. El evento culminó en el ámbito doméstico con un almuerzo preparado por la familia Rosas para agasajar a la “nutrida cuantía” de niños, fundiendo la política, el convite y la mancomunión generacional.
En el mundo ácrata, la infancia tomaba la palabra en las “veladas”. En 1920, en el salón de la Sociedad Francesa, la pequeña Dalila Oyarzún conmovía a la audiencia recitando "La queja" de Evaristo Carriego. La imagen de una niña declamando los padecimientos de una obrera que termina en la prostitución y el crimen es una muestra potente de cómo la pedagogía libertaria utilizaba el arte dramático para forjar conciencias desde la temprana edad. Estas veladas, que incluían obras como La voz del abismo o El desconocido, también servían para procesar traumas colectivos, como la derrota de huelgas previas debido a la acción de los rompehuelgas o “crumiros”. Las actuaciones eran realizadas por los propios obreros que, al finalizar, eran ovacionados por el público presente.
Asimismo, la agencia femenina se manifestó en múltiples dimensiones. Mientras que en 1919 las maestras lanzaban flores a los obreros en marcha, para 1920, las mismas educacionistas que habían sido endilgadas de “sovietistas” encabezaron las manifestaciones del Comité Pro Congreso Obrero, con Angélica Mendoza como oradora principal. Para 1921, el protagonismo viró hacia los márgenes de la producción y fueron las obreras del servicio doméstico, junto a las compañeras de los ferroviarios, quienes ganaron la vanguardia de la columna de la Federación Obrera Local Comunista a su paso por las calles céntricas mendocinas.
La política también se jugaba “puertas adentro” y en el ocio. Los picnics, las rifas a beneficio y los bailes familiares que se prolongaban hasta el amanecer eran espacios de encuentro y de camaradería donde se tejían lazos afectivos fundamentales para sostener la lucha cotidiana. La presencia de figuras como Juana Rouco Buela en 1921, dictando conferencias sobre la “educación mental de la mujer”, terminaba de cerrar un círculo donde la formación intelectual, las veladas y la agitación callejera convergían como dimensiones inescindibles de una misma práctica transformadora.
Observar estos Primeros de Mayo mendocinos es ver que el día de los y las trabajadoras era mucho más que un desfile. Era un conglomerado de experiencias y sociabilidades donde el viejo militante, la maestra cesanteada, la niña recitadora y la empleada doméstica daban vida al calendario obrero y lo convertían en un territorio de disputa y demostración de fuerza. De las calles de la capital a los almuerzos en La Paz, la clase trabajadora mendocina demostró que su potencia residía tanto en la huelga como en la capacidad de imaginar, conmemorar, festejar y educar para sentar las bases de un mundo nuevo.
Comité de Divulgación Científica del Incihusa
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