“Cada 24 que pasa, estoy más segura de que estoy del lado correcto de la vida”

Así lo afirmó Mariana Herrera Rubia, integrante de la Red de Derechos Humanos y exhija de un represor de la dictadura cívico-militar. En diálogo con Unidiversidad, compartió cómo fue conocer el papel de su genitor en la dictadura y cuáles fueron sus movimientos íntimos y políticos en ese recorrido.

"Cada 24 que pasa, estoy más segura de que estoy del lado correcto de la vida"

Foto: gentileza Mariana Herrera Rubia

Sociedad

Especial #24M

Unidiversidad

Soledad Maturano

Publicado el 23 DE MARZO DE 2022

Hace varios años, nuestro país dio un paso clave para la reconstrucción de la memoria después del golpe del 76. Nos referimos al 24 de marzo de 2004, cuando, durante el gobierno de Néstor Kirchner, se retiraron los cuadros de los genocidas Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone de una de las galerías del Colegio Militar. Ese momento fue bisagra para Mariana Herrera Rubia, ya que su historia asumió un rumbo distinto. 

Luego, declarados inconstitucionales los indultos a genocidas y derogadas las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se abrió una etapa diferente para los juicios por delitos de lesa humanidad. En ese contexto, en 2012, dos referentes de los organismos de derechos humanos de Mendoza se contactaron con Herrera Rubia para declarar. A partir de allí, una puerta se abrió.  

Herrera Rubia es profesora de Lengua y Literatura, y desde hace seis años, trabaja en la Biblioteca Pública San Martín. Amante de los libros y la cultura, reconoce en la Biblioteca un espacio lleno de vitalidad que funcionó –y funciona– como sostén en momentos complejos de la expansión cultural.

Entre las actividades que allí realizan, destacó una: “En la explanada, pusimos una placa de un compañero que fue desaparecido en la dictadura militar”. La placa a la que se refiere es en memoria de Pedro Ulderico Ponce, un trabajador de la Biblioteca Pública San Martín. La acompaña una leyenda que dice: “En estas escalinatas fue detenido el 04-04-1977. Aún continúa desaparecido”.

Dentro de la sala Liliana Bodoc de la Biblioteca Pública San Martín, se dio el encuentro con Unidiversidad. Comenzó contándonos que fue a sus 22 años, entre 1991 y 1992, cuando se enteró de que su genitor había participado de la dictadura. Si bien ella sabía que él era policía, fue entonces cuando logró constatar su rol entre 1976 y 1983’. “No vivía con nosotras. Afortunadamente, se separó de mi mamá, pero fue constatar el por qué de sus acciones durante toda mi infancia, su forma de ser, por qué el rechazo. Viste que, a medida que vas creciendo, que va pasando el tiempo, te va empezando a caer información, la ficha, de por qué suceden ciertas cosas” explicó.

Nació en el año 1968, apenas ocho años antes del inicio de la última dictadura cívico-militar en Argentina. Ella, continuó, es exhija de un represor que actuó en la comisaría Séptima de Mendoza –Godoy Cruzv y luego en el ex-D2 como oficial inspector, durante el autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”.

Con su determinación y claridad, nos explicó que la familia es una construcción y que, como tal, no es algo que “sucede” naturalmente. “Yo creo que los lazos sanguíneos te hacen parientes, pero no te hacen familia. La familia es una construcción permanente de afectos”, afirmó. Mencionó a algunas personas claves para comprender su historia: Stella, su abuela y abuelo maternos, su compañero Fabián, y sus hijos e hija. 

Asimismo, destacó el rol de su abuela y abuelo maternos: “Gracias a él y a ella, pude zafar de ese legado”. Recordó que su abuelo era comunista y que, por lo tanto, estaba en una vereda opuesta a la de su genitor.

Armando un rompecabezas

Héctor Edgardo Lanza es el nombre de su genitor. Murió hace unos años, según nos contó Herrera Rubia. Falleció sabiendo que iba a ser sentenciado y juzgado. Eso es un alivio para ella. “Él murió, lamentablemente, hace un par de años. Digo 'lamentablemente' porque tendría que haber muerto juzgado y preso con cadena perpetua. Él estuvo preso en una época, después lo soltaron”.

Destacó con felicidad que este año empieza la megacausa en la que están implicados 42 genocidas, “muchos de ellos ya con condena”. El expediente que pide la captura inmediata de estos genocidas salió en agosto de 2019. Recibir esa notificación fue “increíble” y significó para Herrera Rubia “tocar el cielo con las manos”.

Al mismo tiempo, consideró que la muerte de Lanza repercute negativamente en el rompecabezas que viene armando desde hace años, dado que su fallecimiento lo deja incompleto: “Hubiera estado completo con una reparación a las víctimas, y él, juzgado y preso”. No obstante, sostuvo: “Afortunadamente, él recibió la notificación, él se enteró. Sabía que iba a caer”.

Ahora bien, para llegar al momento de la notificación, es necesario conocer un proceso complejo y largo, atravesado por momentos de mucha soledad. En ese sentido, Herrera Rubia aseguró que “los pactos de silencio van más allá de las Fuerzas”, razón por lo que no podía averiguar mucho más porque le decían muy pocas cosas. A partir de algunas pistas, empezó a reunir ese rompecabezas que continúa armando hasta hoy.

Durante los 90, cuando se enteró de que su genitor fue parte de la dictadura cívico-militar, empezó un recorrido complejo. Al respecto, ilustró: “No me podía acercar a los Derechos Humanos porque sentía una vergüenza y una culpa absoluta”. Además, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final no colaboraban en el contexto, y eso provocaba que se quedara con un “dolor absoluto y mucha bronca”.

En 2003, el proceso tomó un rumbo distinto, que coincide con una etapa de reconstrucción de la memoria en Argentina. “Vino Néstor (Kirchner) y bajó los cuadros. Eso fue para mí –y para muchas y muchos– como abrir la ventana”. En ese momento, se sintió contenida y segura. Aclaró: “Fue una bisagra. Fue un antes y un después. Me dio la oportunidad de poder contárselo a Stella”, su compañera en ese momento en el profesorado de Lengua y Literatura y en la que encontró una hermana.

A partir de ese evento histórico, se abrió una puerta enorme para Herrera Rubia. En un primer momento, no conocía más que el rol de su genitor en la Comisaría Séptima y el relato de una de sus víctimas: “Habían entrado, lo habían torturado. Pero esta persona había muerto también, entonces, digo: 'No tengo qué hacer'”. No obstante, en el año 2012, Celeste Seydell y Belén Baigorria la contactaron para pedirle que diera testimonio.

“Eso fue el pie para poder avanzar en las denuncias”, aseguró Herrera Rubia. La contactaron para dar testimonio sobre “la apropiación de la hija de la Pichona Moyano”. A partir de entonces, comenzó a asistir a la fiscalía y a declarar muchas veces. Destacó que este proceso estuvo acompañado de terapia: “Obviamente, terapia entre medio para hoy poder contestarte lo que me estás preguntando, porque, sin terapia, no podría. Porque la culpa y la vergüenza… Es un apellido cargado de horror, de sangre, de muerte, y no es fácil transitar eso. Tenía que curarme”.

 “Volví a nacer”

“Yo digo que volví a nacer, me parí de nuevo, y que no tengo un padre genocida, sino que soy exhija de un genocida” dijo con seguridad. Fue en febrero de 2019 cuando llegó la sentencia que le otorgó la “desafiliación de apellido paterno y supresión de nombre”. Herrera Rubia hizo hincapié en la importancia de ser nombrados y nombradas como nos autopercibimos y en el derecho a llevar una identidad propia. Al respecto, aseguró: “Tengo una identidad que me pertenece, la otra no era mía. Nunca me sentí identificada con ese apellido. Entonces, a partir de eso, estoy en el mundo desde otro lugar”.

También consideró que los encuentros que permitan visibilizar las posibilidades de desafiliación de apellidos y supresión de nombres son fundamentales: “Muchas tenemos un familiar genocida, pero podés tener un familiar violador, abandónico, violento. Tu mamá te crio sola y querés tener el apellido de tu mamá, o no querés alguno de los dos”. Y reforzó: “La identidad es un derecho humano. El nombre nos da identidad. Tenemos que nombrarnos como nos autopercibimos; si no, no vamos a ser hasta que nos sintamos identificados con el nombre que llevamos”.

En ese sentido, explicó que pudo hacer un proceso de sanación y que hoy no siente vergüenza ni culpa porque su historia es otra. No obstante, consideró que “siempre en el fondo hay un dolor, hay una llaga que siempre va a estar abierta. Es una llaga que siempre va a sangrar, pero de otra forma”, amplió para dar sentido a ese camino de sanación.

 

Historias desobedientes

Herrera Rubia se fue cruzando con varias personas con una historia similar a la suya y con otras que la acompañaron en esos encuentros y búsquedas. A través de Graciela Leda, presa política durante la dictadura y militante por los derechos humanos hasta su fallecimiento, conoció a Liliana Furió. Ella es exhija del genocida Paulino Furió. Para Herrera Rubia, escucharla por primera vez en la radio fue un “¿¡Qué pasó!?”.

El encuentro en la casa de Graciela Leda fue “tragicómico” dijo. En esa reunión, se enteró de que estaban armando “Historias Desobedientes”. A través de un grupo de WhatsApp, comenzaron a encontrarse exhijas e hijos de genocidas. En un primer momento, eran todas mujeres, hasta que se sumó un varón. Hoy hay más varones, pero la mayoría siguen siendo mujeres, explicó Herrera Rubia. Allí conoció a Mariana Dopazo y a Florencia Lance. Mariana Dopazo y Rita Vagliati le facilitaron sus expedientes y argumentación para iniciar la desafiliación de apellido.

Historias Desobedientes es una organización compuesta por exhijas y exhijos de represores. Se formó en el 2017, a raíz del intento de la Corte Suprema de implementar un 2x1 –por medio de un fallo– a genocidas condenados por delitos de lesa humanidad. Herrera Rubia no continuó en la organización, pero mantiene contacto permanente con algunas de sus integrantes. Incluso, se siguen encontrando en jornadas de lucha importantes, como fue en la movilización de La Plata en el marco del Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No Binaries.

Otras historias

Además de las historias desobedientes que ya conocemos por la trascendencia que han tenido, existen otras no tan públicas. Herrera Rubia nos explicó que no es sencillo hablar, por varias razones: por miedo y  porque no es fácil temer ser excluido del entorno familiar: “Es un tema de manipulación. Estos tipos no son monstruos, no son diablos, son hombres de esta sociedad, varones que disfrutan del dolor que provocan porque lo siguen sosteniendo en los juicios, no están arrepentidos. Y siguen con el mismo plan sistemático en sus familias de tortura psicológica. Entonces, no es fácil hablar para algunas personas”.

Por lo tanto, puede suceder que quizás no tengan un vínculo con su genitor o padre, pero que sí exista un temor de provocar un dolor grande en la familia. Es decir, “hay diferentes sentimientos, diferentes vivencias, depende de la relación que hayan tenido con su genitor o su papá”.

Herrera Rubia nos compartió cómo es su vínculo con ex presos y presas, madres, hijos, hijas, hermanas, hermanos, militantes de los organismos de derechos humanos. “Ahí te das cuenta de la esencia de las personas” aseguró al respecto. Jamás percibió odio; por el contrario, “siempre ha sido un tratamiento de afecto, de contención, de sostener, de sororidad”.

Enfatizó en lo afectuoso, solidario y fraterno de familiares y víctimas. Finalmente, expresó: “Cada día que pasa, cada 24 que pasa, cada juicio que pasa, estoy más segura de que estoy del lado correcto de la vida. Y lo volvería a estar, siempre. Y si pudiera hacerlo desde antes, mejor”.

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