Encuentro de Mujeres, el espacio que hace 40 años marca el camino de una agenda de derechos
Las feministas no son disciplinadas, pero cuarenta años de encuentros demuestran que el movimiento sí lo es. La historiadora Natalia Naciff narró los orígenes de los encuentros, la persistencia y la constancia de juntarse a hablar y poner experiencias en común. La fortaleza de irrumpir en las calles de ciudades de todo el país, una vez al año, todas juntas.
La Biblioteca Mauricio López, de la Fundación Ecuménica de Cuyo, guarda un archivo sobre los Encuentros Nacionales de Mujeres. Foto: Unidiversidad
No es un efeméride estática. No es un recorte de diario amarillento que guardamos en un cajón para recordar lo que fue. Al hablar del primer Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) no hablamos de algo que pasó hace cuarenta años, sino de algo que pasa hace cuarenta años. Es una construcción viva, una marea que comenzó como un arroyo cauteloso tras la dictadura y hoy desborda en un torrente plurinacional, diverso y habitado también por las comunidades LGBTTIQA+. Las mendocinas de entonces dijeron que era como un río cuyos cauces desbordan y se van por lugares inesperados.
Para desentrañar esta genealogía de la persistencia, conversamos con Natalia Naciff, historiadora egresada y docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCUYO. La especialista se ha dedicado a reconstruir los nudos de esta historia que transformó la vida de quienes participaron y redefinió la agenda democrática de la Argentina. El encuentro con ella fue en la biblioteca Mauricio López, de la Fundación Ecuménica de Cuyo, ubicada en pleno centro mendocino. Allí, un archivo de años —cajas con cuadernos y materiales, fotografías, folletos, notas de diarios, manuscritos— le da cuerpo a la historia.
La historiadora Natalia Naciff en el archivo de la Biblioteca Mauricio López. Foto: Unidiversidad
Los hilos que tejieron el 86: antecedentes y autoconciencia
Aquel histórico mayo de 1986 en el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires que albergó al primer ENM no fue un estallido espontáneo. Fue, en rigor, el punto de convergencia de experiencias previas cargadas de una efervescencia democrática única. Naciff identifica tres hitos como antecedentes: la conformación en 1983 de la Multisectorial de Mujeres; la III Conferencia Mundial Mujer, Paz y Desarrollo, conocida como la Conferencia de Nairobi, que se hizo en 1985; y el Encuentro de Mujeres del Cono Sur, realizado en Mendoza en enero de 1986.
La historiadora contó que la Multisectorial fue una amalgama vibrante y heterogénea. Allí se sentaron en la misma mesa mujeres del Partido Justicialista, el Partido Obrero, la Democracia Cristiana, organizaciones como el CELS y colectivos como Lugar de Mujer. El 8 de marzo de 1984 marcó un hito de la historia de las mujeres argentinas. En las calles porteñas se escuchaban gritos como: "Y ya lo ve, y ya lo ve, las feministas otra vez".
María Elena Oddone sube las escaleras del Monumento de los Dos Congresos durante la primera manifestación del Día Internacional de la Mujer hecha en democracia, en 1984.
Aquel Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, la Multisectorial presentó más de treinta proyectos a los poderes Ejecutivo y Legislativo en los que consensuaron siete puntos urgentes: la ratificación de la CEDAW, de eliminación de la violencia contra las mujeres; la igualdad de los hijos ante la ley; la modificación del régimen de patria potestad; el cumplimiento de la ley de igual salario por igual trabajo; la reglamentación de guarderías infantiles; la modificación de la ley de jubilación para la ama de casa; la creación de la Secretaría de Estado de la Mujer.
A nivel internacional, el marco lo daban los EFLAC (Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe) iniciados en 1981, donde se gestaba la necesidad imperiosa de dialogar con sectores más allá de las élites intelectuales. Pero el germen metodológico, explica Naciff, es aún más antiguo y profundo: se remonta a los espacios de autoconciencia de las décadas del 60 y 70.
Juntarse a hablar de un tema que las atraviesa es, en sí mismo, un hecho feminista radical. La práctica de que tres o cuatro mujeres se reúnan para descubrir que un problema que parecía individual —la violencia, la carga doméstica— es en realidad compartido —"lo personal es político", dicen las feministas— es el ADN de los encuentros. Como señala la historiadora, esta estrategia permitió alcanzar “la conciencia de ser mujeres y los problemas que tenemos en común".
Mayo de 1986: el desborde de lo posible
Entre seiscientas y mil mujeres se dieron cita en aquel primer Encuentro Nacional de Mujeres en el Centro Cultural San Martín. No eran solo feministas de larga data; eran trabajadoras, militantes de partidos políticos, sindicalistas, exiliadas que regresaban con experiencias de militancia europea o latinoamericana, académicas y mujeres de sectores populares del conurbano bonaerense.
El logo del encuentro es el mismo, con adaptaciones, desde el primero. Cortesía Natalia Naciff
Desde ese inicio se forjaron los ejes que sostienen la estructura hasta hoy: la autonomía, el carácter federal, la autogestión (financiada, por ejemplo, con rifas y ferias propias) y la horizontalidad absoluta. Las instituciones, partidos o sindicatos pueden colaborar económicamente, pero no aparecen por ningún lado como patrocinadores ni nada del estilo. Los talleres, ese espacio donde la palabra circula y no se jerarquiza, emularon los grupos de autoconciencia: para asegurar que la palabra pudiera circular, un taller se dividía si excedía cierta cantidad de personas. En la última década, las decenas de miles obligaron a flexibilizar los criterios.
Mendoza tuvo un protagonismo vital. Viajó a Buenos Aires un contingente de mendocinas, entre las que se encontraban integrantes de la Fundación Ecuménica de Cuyo como la pastora metodista Alieda Verhoeven y Sofía D’Andrea, explicó la historiadora. Para nutrir el encuentro, llevaban desde acá la experiencia de la educación popular. Esa misma articulación sería la que, apenas dos años después, organizaría el tercer Encuentro Nacional de Mujeres en Mendoza, en 1988, un evento que desbordó todas las previsiones al reunir a más de 3600 mujeres en el Centro de Congresos y Exposiciones.
En un folleto, Madres de Plaza de Mayo de Mendoza saluda a las que vienen al tercer encuentro. Foto: Unidiversidad
Reciudadanización con agenda propia
La hipótesis central de Natalia Naciff es que los encuentros no fueron solo una consecuencia de la democracia, sino una forma específica de construirla. “La apertura democrática trajo una reciudadanización de las mujeres, pero con agenda propia. Dijeron ‘esta es nuestra agenda, estos son los pasos que queremos seguir y de esta forma'. Hubo mucha agencia, mucha voluntad de poder generar esto”.
Históricamente, la metodología de trabajo se consolidó bajo una fórmula que buscaba integrar la perspectiva de género en cada rincón de la vida pública y privada. Según explica la especialista, la forma de nombrar los talleres —"Mujer y… "— permitió que los debates fueran transversales y cubrieran un espectro amplísimo que incluía salud, medioambiente, recuperación democrática, salud mental, educación, trabajo y participación política. Esta amplitud temática fue la que permitió que sectores populares, que hasta hoy pueblan masivamente los encuentros, e incluso religiosos tradujeran sus urgencias en debates colectivos. Las conclusiones en cada taller no son abstracciones sino ejes de acción política consensuados por todas.
Desde el primero, en los encuentros han participado militantes políticas, sindicales, académicas y sectores populares. Foto: cortesía Natalia Naciff.
Esa agenda propia siempre estuvo entrelazada con los derechos humanos. Desde el primer encuentro, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, familiares y sobrevivientes participaron activamente. Los encuentros se convirtieron en el lugar donde se discutían las leyes de impunidad, los indultos de los 90, pero también la denuncia del gatillo fácil o desapariciones en democracia como la de María Soledad Morales o Guardati en Mendoza.
Del taller a la ley: el laboratorio de la sociedad
Es fundamental entender, reafirmó en el diálogo la investigadora, que los Encuentros Nacionales de Mujeres han sido el germen de las leyes más transformadoras de nuestra historia reciente en relación con los derechos de las mujeres y la agenda de género. Han sido debatidas y consensuadas en los espacios que generaron los encuentros nacionales de mujeres.
Temas que hoy son debate público, como la feminización de la pobreza, la violencia de género o el aborto, se discutieron durante décadas en esos talleres, algunos oficiales y otros paralelos. Desde el divorcio hasta la ley de amas de casa. Y si pensamos en algo más actual, los argumentos para la legalización del aborto se nutrieron de los debates entre los distintos frentes que conformaban los talleres. Incluso hitos locales como la Ley de SEOS (Servicio Educativo de Origen Social) en Mendoza nacieron de las discusiones de estos encuentros.
Organizadoras del primer ENM. Foto: cortesía Natalia Naciff
La ambivalencia de la conciencia y las enseñanzas para el presente
Ir a un encuentro es, para muchas, un viaje sin retorno. Naciff habla de una ambivalencia de la conciencia: esa sensación sorpresiva y potente de descubrir un mundo de pares con quienes se puede compartir experiencias en común para luego tener que volver a habitar instituciones, familias y trabajos profundamente patriarcales. "Cuando una vuelve de un encuentro, no ve las cosas igual nunca", explica la historiadora. El regreso implica el desafío de qué hacer con esa nueva conciencia, lo que a menudo derivó en la creación de nuevas organizaciones territoriales y grupos de acompañamiento.
En el contexto actual, donde los derechos parecen entrar en zonas de disputa o retroceso, Naciff sostiene que es vital volver a mirar ese periodo fundacional. Aquellas mujeres gestaron el movimiento en una democracia en ciernes, con miedos reales y sin derechos garantizados. Hoy, con 40 años de historia a cuestas, las que impulsaron y sostuvieron esos encuentros son maestras de persistencia.
Aquellas pioneras, en el 88 en Mendoza compararon al movimiento con un río: desborda y se mete por todos los rincones —lo político, lo sindical, lo educativo, lo laboral, lo familiar, lo sanitario, lo económico, lo ambiental— y que, lejos de querer contenerlo, hay que dejarlo fluir con toda su fuerza transformadora.
Encuentro Nacional de Mujeres en Trelew (2018). Foto: ANRed
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